17 de mayo de 2017

Enfermedades ridículas


Roberto Burgos Cantor

Podría suponerse que entre las finalidades de las democracias, una de significación consistiría en regular, sin sentimientos de fracaso, la comprensible aspiración humana de ser mejores en una sociedad que genere pertenencias colectivas. Ello supone un acatamiento sin esguinces por parte de los gobernados y de los gobernantes.
Sin embargo, por estos años aciagos, un brote agresivo de la enfermedad de la inmortalidad, parece inocularse en los gobernantes. Su semilla, bacteria o microbio tiene una glándula desconocida en la cual se mimetiza hasta regarse por el organismo.
Su movimiento ambicioso lo pone en actividad la tentación de querer un tiempo más para seguir mandando. Ello supone la magnificación de un pretexto para tan alocado designio. La economía.
La delincuencia. El cumplimiento de cuanto no se alcanzó en el turno de ley.
En este momento la enfermedad ha enriquecido sus síntomas. Ahora el de creerse único, insustituible, y el grosero desconocimiento de los otros que ven burlada la ocasión legal de su postulación.
Las democracias no contemplan períodos de aprendizaje para el gobernante. Tampoco califica desempeños para propiciar una vez más. Tal vez se resolvió el delirio de repetir períodos de mando con la organización de los partidos políticos. Hoy, nadie cree en ellos. La crisis que los carcome, abrió el campo a los líderes providenciales, sus esfuerzos solitarios, los nuevos lenguajes.
Pero la enfermedad de la inmortalidad no se cura con la satisfacción de las reelecciones o con el destino adverso que frena avaricias desbocadas.
Hace pocos años los gobernantes, templanza de los años, jugaban con metáforas de buen humor. Retirados, escribían en los periódicos, presidian tertulias, organizaban sus memorias, enviaban cartas. Algunos se iban al servicio exterior. Los recovecos silenciosos de El Vaticano. Los grandes problemas teológicos eran competencia de los expertos. Respondían peticiones de un municipio remoto con el ruego de que ayudaran a una beatificación. La niebla del Támesis que vendaba los ímpetus de nuevas aventuras de poder. La Madre patria protegida por la benemérita y la visión ejemplar de los ancianos dictadores en El Retiro, esperando otro llamado del pueblo.
Uno, López Michelsen, con ironía dijo que los ex presidentes eran como los muebles viejos. Se los guardaba pero no se sabía dónde ponerlos. Había escaramuzas por quisquillosidades. El hábito colombiano de nunca terminar de sacarse los clavos. Era otra generación donde los años devolvían a la realidad. Las polémicas que suscitaban las miradas del arte las tramitaban los parientes. Visiones de Lucena, Beatriz González, Botero.
Los siguientes, a pesar de la juventud son dominados por la enfermedad. Interfieren al gobernante. Viudos de eternidad como el ánima sola se consumen en su fuego.


Imagen: "Insomnia", Vladimir Leleiva

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