12 de mayo de 2017

Epitafio

Pablo Cingolani

El agua, el fuego, la calma, la tempestad, la vida, la muerte, son un solo impulso, nada jamás podrá detenerlos a ninguno: morir no es un drama, no es cruel, no es el fin, es el destino

Ayer era un hombre que caminaba entre los hombres: el viento acariciaba mi rostro. Ahora estoy en algún lugar que desconocía, no sé si son sombras las que me seducen o me acechan, no sé si son las virtudes que no cortejé, no sé si son las deudas que me traje desde la vida

El espíritu vuela vaya uno a saber a dónde; el cuerpo yace en la tierra o es ceniza en la noche más oscura o polen el día más brillante de todos, ¿acaso importa?

Algunos me invocaran, algunos me lloraran, recordándome. Otros me estarán esperando en vano. Donde yazco o vuelo, no importan el bien o el mal, no importan las distancias o las dudas

Dentro de diez mil años, ¿quién se acordará de mí? ¿Quién sentirá los pesares que sentí? ¿Quién se alegrará con mis alegrías?

Crucé todos los desiertos. Libré miles de batallas. Me perdí en selvas inmensas. Huí de las ciudades. He vagado sin saber. He padecido violentos vientos pero también amé, amé profundo. He vivido, sí que lo hice, pero ahora estoy muerto

No me arrepiento de nada. Salvo de no haber bebido más vino con mis amigos. Salvo de no haber cantado más y más fuerte junto a ellos bajo el sol y las estrellas.

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