Existencia del otro en el desmadre

Roberto Burgos Cantor

Roberto Burgos Cantor
Nadie tiene el derecho de interpretar los silencios ajenos. Pozo insondable. O las voces de los otros. Con su secreto destinatario. A su manera son formas de instalarse en el mundo. Rechazo o radical negación.
Hoy, nos quejamos de esos callarse y de los susurros, o gruñidos, monocordes y repetitivos con que los jóvenes se mueven en los tiempos y los ámbitos que les correspondieron con fatalidad sin opciones. No es fácil saber qué representan, si desdeño, tedio temprano, desinterés, conformidad sin salida.
La queja, casi todas las veces, parte de comparar la juventud del quejoso con esas manifestaciones de la juventud de hoy que aún carecen de un adecuado entendimiento. Y es posible que en la comparación esté el defecto que impide entender. Que aleja y torna inútil la posibilidad de comunicación. El deseo de saberte en ti y para el cual resultan torpes mis viejos códigos, mis valores ¿? derrotados.
Insistimos, como quien se aferra al único y endeble madero que le permite sobreaguar en la tormenta total, en las acumulaciones de doctrinas, sistemas, tratados, summas, religiones, que adoptamos con orgullo.
El insalvable abismo que hay y se demuestra a diario, entre tales invenciones sociales, filosóficas, postulaciones de un orden, indagaciones del inescrutable interior humano, si es que existe, y la vida encabronada que se aplica a destruirse, no es precisamente una historia ejemplar.
Tal vez sea este colosal absurdo, esta impostura sin redención, la que apartan con dura distancia los jóvenes. Y sin saberlo, esos gruñidos, esas salmodias que no son mantras, ese negarse a hablar con el lenguaje heredado de categorías mentirosas o juegos de fantasías, a lo mejor constituyen la génesis de algo.
Al ser humano adulto, el que copula con fugaz entusiasmo y engendra criaturas, el que se viste según su disfraz, el que imposta la voz según su discurso, le ha faltado humildad para oír los sonidos del otro, las corrientes subterráneas del universo que ni siquiera conocemos y ya pretendemos invadir.
¿Por qué amaestrar a los jóvenes en este fracaso sin perdón? Desvergüenza o cinismo, irresponsabilidad o soberbia, igual, estamos perdidos en nuestra propia y mediocre invención.
Otra vez los dioses, invento de nuestra soledad nos hacen maniquíes de la muerte. Los parlamentos, congresos, ramas del poder público, ejercen el ridículo, estimulan la corrupción sin pudor.
Pido entonces una oportunidad para la poesía. Que los jóvenes a partir de su negación de este desastre, coman poesía. “No sé qué quiero decir, sé/ que quiero decirlo.” Lo trajo de un viaje por el Orteguaza, Aleyda Nubi, mi amiga. O “Yo nací un día que Dios estaba enfermo” del que escondía a Mallarmé en el Machu Pichu. O “Nos dio el amor la única importancia”, Neruda o Gatica. Según Caín, da lo mismo.
Tantos así que refundan la vida. Incitan a bailar y reír.

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