Tres historias con sirenas


Pablo Cingolani
 
1. Hallazgo de unas sirenas
 
Algo fascinante es esto: vienes caminando por los cerros de Apolobamba, sientes el aire puro, liviano y puro, ves nevados a la distancia, caminas, caminas y a veces sientes el peso de tus pasos, de tu mochila, de tus pensamientos y crees que no vas a llegar nunca a ninguna parte, sientes eso prometeico que atesora, para bien o para mal, la montaña, y cuando ya no sabes si empeñarte o rendirte, de pronto, aparecen.
Aparecen los dos milagrosos lagos que encierra esa cordillera: uno se llama Suches y el otro, Cololo.
El Suches, es un lago espectral, enigmático: cerca de sus aguas hay una iglesia en ruinas. Su historia es tremenda: fue destruida por las llamas de un impiadoso rayo. Suches era un centro minero próspero antes que eso suceda. Era principios del siglo XVII. Su riqueza de oro, junto a la de Sunchulli, en el corazón de Apolobamba Sur, los convertía en los dos asientos mineros más importantes de la colonia temprana al norte de Lago Titicaca. Hay documentos que prueban que los españoles traían mitayos desde Copacabana para laborar esas minas. Illapa, el rayo, acabó con Suches y un sismo inundó la mina de Sunchulli. El temor cundió. Dios se vengaba de los codiciosos. Ambas fueron abandonadas. La leyenda sobrevivió. Allí está la iglesia de muros ennegrecidos para probarla.
El Cololo es un lago más amable. Es mucho más largo que ancho. En su desembocadura, hoy se asienta un pueblo llamado Antaquilla. Sus moradores vivían del contrabando con Perú –el límite es un riacho que corre risueño a pocos kilómetros- hasta que también se descubrió oro al lado y adentro de las casas mismas. El pueblo sigue igual de desolado antes de su pequeño Klondike pero, de seguro, algunos de sus vecinos amasaron fortuna y luego se marcharon.
Una vez, llegamos a Antaquilla desde el Este, atravesando las montañas desde San Juan de Hilo Hilo. Llegando, experimentamos lo que contaba: la fascinación del hallazgo. El lago Cololo estaba ahí. Insomne y majestuoso. Caminamos hasta el pueblo. No había nadie, como (casi) siempre. Teníamos que volver a Pelechuco, la capital seccional, donde nos esperaban Reynaldo, Marina, los amigos, una copa, contar la historia…
Una land cruiser destartalada nos levantó al filo del atardecer: llegaríamos a la noche a Pelechuco pero llegaríamos. Cruzar el paso de Katantika –a cinco mil metros de altura- es siempre temible, más cuando acaba el día. Traca, traca, tra, traca, trá: el bicho mecánico sufría pero la esperanza es lo último que se pierde: llegaríamos.
Palabras de circunstancia, casi un discurso, un ritual: Gracias, compañeros, por hacernos el favor de llevarnos, no saben cómo se los agradecemos, se imaginan si nos agarraba la noche –ellos nos miran como si ya fuéramos charqui, helados por la cumbre- allá arriba en el Katantika… decía, iba diciendo mientras distribuía, a manos llenas, coca, lejía y un cigarrillo y su lumbre por nuca.
No hay nada que hacer cuando la fraternidad entre los seres humanos se desata, cuando ya está servida la mesa de las confesiones, cuando una cosa lleva a la otra, de forma irreprimible e inevitable.
Queríamos llegar a “Pele” para contarle a Reynaldo y a Marina nuestra historia pero no sabíamos que aún faltaba el final de la historia, el final de otra historia de travesía por esa cordillera tan arisca y tan bella que es la cordillera de Apolobamba.
Fue cuando el acompañante del chofer de la camioneta, mirando el lago Cololo que se extendía debajo de la ripiada, pitando fuerte el Derby que le acababa de encender, volteó su cabeza hacia mí y me lanzó en el centro sensible de todos mis anhelos:
‒¿Sabes gringo que en este lago hay sirenas?
La humanidad es eso: un lazo, un sentimiento, un código emocional compartido. Miré también al lago, contemplé tanta belleza que comenzaba a diluirse entre las sombras, pité también mi Derby y, simplemente, le dije:
‒A ver, hermano: contame.
 
 
2. Espejos, sirenas, azares.
 
 
Fue una mañana fría, como la de hoy. Una sirena, herida por un arpón, llegó hasta un muelle. Los marineros ya estaban bebiendo en la taberna, jugando naipes, cantando con el ron, peleando entre ellos, lanzando loas a los siete mares. Un niño jugaba en la playa mientras recogía almejas para el almuerzo. Vio aproximarse a la sirena y, como imantando, acudió hasta ella. Mírame, niño, le dijo la bella, me han lanceado, estoy lastimada, necesito auxilio, sé amable: busca algo o a alguien para curarme. El niño, sin saber qué decir, corrió hasta la taberna. Allí estaba su tío, Jonás, bebiendo mares y contando de esa vez que tuvo que pasar el invierno en la una isla del fin del mundo, tras que los indios de las canoas incendiaron la goleta con la cual había cruzado por primera vez –remarcaba eso: por primera vez- el Cabo de Hornos. El tío Jonás y sus compañeros de juerga y todos y cada uno de los parroquianos de la taberna se rieron del niño. Tomás –así se llamaba el niño-, Tomás querido, bribonzuelo, le decía su tío mientras lo alzaba entre el tumulto de borrachos y lo llevaba hasta la puerta, las sirenas no existen, son cuentos, cuentos antiguos, cuentos demasiado antiguos, inventos de marinos que han perdido la gracia del mar, locos o afiebrados. Vuelve a la playa a jugar y déjate de beber a escondidas los restos de cerveza: te hace afiebrar a ti también. Tomás, sin saber qué hacer, corrió hasta el muelle. La sirena había desaparecido. Corrió por la arena hacia el faro, gritando, llamándola, pero la sirena no apareció.  Pasaron algunos años, Tomás, ya crecido, fue soldado de infantería en la Gran Guerra. Defendió Amberes del asedio alemán. Una noche, patrullando una ribera del estuario del Escalda, creyó escuchar una voz entre las sombras y la lejanía, una voz que lo llamaba o pedía socorro o agradecía. Algo latió profundo dentro de él: era una voz conocida. Esa noche, desbordado de felicidad, no pudo dormir cuando recordó que la voz que había escuchado no era otra que la voz de la sirena. A la mañana siguiente, tan fría como la de aquella vez cuando niño y tan fría como la de hoy que lo evoco, Tomás volvió a correr a su encuentro. La bala disparada por un francotirador de Bremen se lo impidió.
 
 
3. La sirena de Puno
 
 
Esto creen los mayas o los sioux, no recuerdo bien. Dicen que de noche, la tierra, el fuego, el agua, el aire, suben y se meten en los huesos de los hombres como humos verdes o salados, y que esa es la materia de los sueños. Por eso, digo: nuestros sueños pueden ser tan vívidos, tan sentidos, cuando dormimos.
¿Cómo explicar sino a la sirena de la portada de la iglesia de San Lorenzo en ese Potosí enclavado en medio de las montañas? Es una sirena soñada o añorada de alguien que o la soñó o la vio, realmente, y luego la labró en la piedra. Las sirenas más cercanas a ese Potosí colgado de los cerros se hallan en el lago Titicaca, a unos 700 kilómetros en dirección noroeste.
Hay dos sirenas famosas, míticas ya: Quesintuu y Umantuu, las mujeres-peces que pecaron con los dioses. Ellas quedaron atrapadas en las aguas del lago sagrado de los Andes cuando estas se plegaron en los pleistocenos del mundo y el océano Pacífico se elevó junto con sus arenas, corales, perlas y las sirenas más. Pero no son las únicas sirenas por más que ellas sean las más célebres. Hay más sirenas. Una, otra, es la sirena con charango de la catedral de Puno.
 
Puno, Puno, Puno. Cuando culminaban nuestras expediciones en la selva y subíamos para volver a casa, San Juan del Oro era un oasis (había cerveza fría), Sandia era la seguridad de un buen descanso, una cama caliente (allí vivía Juvenal) y Puno, la ciudad de Puno, era una pequeña Babilonia. En Puno, había todo: luces, calles, callejuelas, bares, ruido, carros y gente, mucha gente. Puno era nuestra certeza de que habíamos regresado.
Recostada sobre las orillas del lago Titicaca y franqueada por las montañas de los Andes, en Puno, terminaba “la raya”, la línea que dividía dos mundos que eran, a la vez, complementarios: el mundo quechua y el mundo aymara. La raya, a su vez, partía en dos la plaza de armas donde también se situaba la catedral y sus sirenas.
La historia de la sirena tallada en el frontispicio de la catedral de Puno me la contaron en uno de esos bares babilónicos donde, a veces, sonaba algún grupo de rock y otras veces te contaban historias como la de la dama, la sirena puneña, la sirena de Puno.
 
Había una vez un minero, un minero gordo y español que tenía minas en el cerro de Laykacota, el cerro de Puno. Los indios sufrían los abusos y la explotación de este minero, gordo y avaricioso. Látigo les daba a sus mineros, garrote les daba, cepo si insistían en quejarse y rebelarse. El minero gordo, me dijo mi testimoniante en el bar rocanrolero de la ciudad de Puno, el maldito minero gordo se llamaba Pascual, así se llamaba. Traé por favor dos cervezas más –le dije a un pibe que atendía las mesas (era el mismo que luego tocaba una Fender medio uso pero que sonaba infernal y que se la había comprado en Tacna)
Resulta que… ¿cómo me dijiste que te llamabas, hermano? –Pablo, le digo-, resulta Pablo que también había un indio, un indio esclarecido, un indio medio poeta, que laboraba en la mina, que era succionado [sic] por este infame del Pascual, el gordo, el minero, ¿me sigues, Pablo? Sí, respondo, escueto: no vaya a ser que se pierda el hilo, el hilo de la conversación, el más trascendente de todos los hilos. Bueno –prosigue mi narrador- este indio mientras trabajaba de día en la mina se la pasaba cantándose huaynitos, cómo consolándose, como entreteniéndose, como para no pensar en la puta mina y en el gordo malvado. Todos los otros indios, lo creían loco.
Tristeza não tem fim, felicidade tampoco -me sorprendió mi interlocutor que luego me aclaró que había vivido tres años en Curitiba, vendiendo aguayos-, resulta que ese indio, llamémoslo Julián, llamémoslo Gabriel, llámalo como vos quieras, gaucho, de día penaba en la mina y se cantaba sus huaynos y de noche… bueno, de noche, se iba, se fugaba, se iba… ¿A dónde se iba, hermano? –lo apuré porque nuestra densidad etílica me hacía temer por el final de la historia.
¿Sabes dónde se iba Julián, Gabriel o cómo quieras llamarlo? Se iba al lago, mira… -y señalaba un lugar en la distancia que eran las luces de la isla Estévez, la isla del lago donde está el hotel- ¿lo ves? – y yo no sabía de qué me hablaba si del hotel, del lago o de Julián, Gabriel o cómo quieran llamarlo.
Allí hacia el amor con la sirena. La sirena era su amante –me aseguró tan seguro cómo que se estaba sirviendo su decimonoveno vaso de cerveza, Cusqueña por si acaso. Luego la remató, gloriosamente, como deben terminar todas las historias que vale la pena contarlas: un día, se cansó de la mina, de Pascual, de ese gordo cejudo, y se fue, y porque la amaba tanto y para no olvidarla jamás y para que nadie jamás la olvide, fue y la talló en piedra, en la piedra de la catedral, en la piedra de la catedral de Puno.


*Publicado originalmente en el blog Sugiero Leer (mayo/11/2017)
Imagen: Sirena de la catedral de Puno.


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