27 de junio de 2017

“A los norteamericanos les gusta leerse a sí mismos”

Edmundo Paz Soldán
Gonzalo León

Edmundo Paz Soldán es un escritor boliviano que vive hace más de veinte años en Estados Unidos, desde hace un tiempo enseña literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y desde hace otro tiempo decidió abandonar los agentes literarios y las grandes editoriales y comenzar a publicar en editoriales independientes, como Páginas de Espuma y Malpaso en España y Metalúcida en Argentina. No es el camino habitual del escritor que ha tenido cierta repercusión en la crítica y reconocimiento entre sus pares, pero Paz Soldán no es un escritor típico. Es más, es el escritor boliviano más sólido de la actualidad. Desde Estados Unidos observa y cuenta lo que es la batalla entre el poder de Trump, que no le interesa lo multicultural y la figura del intelectual, y el contrapoder, presente en las grandes ciudades y en las universidades, donde lo multicultural y la figura del intelectual sí tienen cabida. Entre las novelas que ha publicado se cuentan Norte, Palacio Quemado y El delirio de Turing y los libros de cuentos Las visiones y Amores imperfectos. Paz Soldán no sólo es un conocedor de la literatura latinoamericana y de lo que sucede en Estados Unidos, sino además de la literatura chilena, a la que considera una de las más rigurosas escrituras y trabajadas del continente.


–Yo tengo una gran deuda con José Donoso, porque cuando estudiaba en Buenos Aires en los años 80, entrevisté a Donoso en una feria del libro, y como tantos otros escritores le entregué mi manuscrito y lo leyó. Y pese a que no le gustó, cosa secundaria para lo que él era, esto es, un escritor consagrado, me trató muy bien, y desde ese momento comencé a leer todo lo de José Donoso y lo que él me recomendó. A partir de ahí comenzó una relación muy sostenida con la literatura chilena que se ha ido renovando con autores de las nuevas generaciones.


–¿No sabía que te interesaba la literatura del cono sur?
–Sí, hay dos cosas que siempre me han interesado: la literatura del cono sur y la literatura andina. En un curso de literatura latinoamericana, que comprende a más de veinte países y que termina siendo muy injusto, lo que siempre veo que está representado es la literatura chilena y la literatura argentina, pero la chilena creo que es una de las literaturas más sólidas de América Latina.


–¿Y en qué se sostiene esa solidez?

–Se ha dicho que lo más fuerte de la literatura chilena es su poesía, pero la escritura chilena, quizá por la influencia precisamente de su poesía, es una escritura muy trabajada y rigurosa, e incluso en los narradores que tal vez no sean buenos novelistas hay un trabajo con la prosa, y eso creo que más me interesa. En El obsceno pájaro de la noche, de Donoso, aparte de la construcción de ese mundo fantasmagórico, hay un trabajo con el lenguaje que me interesa mucho, sobre todo por el registro de lo coloquial, de las voces más populares. Ese oído afinado está en general en la escritura chilena.


–Además de ser un observador de la literatura chilena, has participado activamente en ella: por ejemplo, en la edición de los cuentos de Alberto Fuguet, donde escribiste un prólogo muy lúcido.
–A mí me propuso la Diego Portales que hiciera la antología de ficción, porque iba a ser la antología de no ficción, y yo me acordaba muy bien de cuando conocí a Fuguet, que fue a partir del libro de cuentos Sobredosis, donde trabajaba muy bien el habla coloquial. Pensé que era un buen momento de rescatar la narrativa de Alberto Fuguet, de releer sus cuentos y de ver su trabajo narrativo.


–La narrativa chilena es más permeable a la narrativa norteamericana que la narrativa argentina y también más permeable al mundo editorial español. Estando en Estados Unidos, ¿sientes esa diferencia?
–En el caso de Fuguet es más obvio; pero en general la literatura latinoamericana de los últimos años ha estado en un diálogo muy intenso con la literatura norteamericana, y ahí si hay una excepción es la literatura argentina, que tiene una adscripción muy fuerte al género de lo fantástico, de la ciencia ficción y del horror, es decir a los géneros populares, eso está, a diferencia de la literatura norteamericana, en el centro. Muchos escritores argentinos contemporáneos, que han sido traducidos para el mercado norteamericano, como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Martín Felipe Castagnet tienen un trabajo con esos géneros y me parece que es parte de una tradición muy fuerte y larga, desde Leopoldo Lugones y siguiendo con Borges y Bioy Casares. En Chile ha aparecido algo similar con Álvaro Bisama, Mike Wilson y Francisco Ortega, pero creo que es algo más reciente. Pero esto no es sólo una diferencia entre la literatura argentina y la chilena, sino que es una diferencia entre la literatura argentina y el resto de las literaturas latinoamericanas. Durante muchos años el cuento que se impuso en Latinoamérica fue el cuento de Raymond Carver o el de Richard Ford, que son continuaciones de un realismo que viene de Hemingway pero que comenzó con Chejov. Quizá en Argentina no están tan pendientes de la literatura norteamericana, aunque eso no significa que no se la lea.


–A propósito de Carver, ¿de qué hablamos cuando hablamos de literatura latinoamericana? ¿Tiene características definidas, un modo de escritura específico, o es sólo una etiqueta? Porque pareciera que lo latinoamericano no es lo mismo en Argentina, México, Chile o Estados Unidos.
–Creo que tiene que ver con la adscripción a un campo académico. En Estados Unidos son muy fuertes los Estudios de Área, que definen claramente lo que es cada cosa. Así por ejemplo cuando tú dices literatura andina sólo se refiere a lo que se escribe en Perú, Ecuador y Bolivia. Cono sur sería Uruguay, Argentina y Chile. Son clasificaciones discutibles que se pueden complejizar, pero tiene que ver con cómo enseñas una entelequia llamada literatura latinoamericana, que reúne a más de veinte países. Además dentro de la literatura latinoamericana está la literatura caribeña, y hay países que salen perdiendo: Paraguay, todo Centroamérica y Venezuela quedan sueltos o desprendidos de otras clasificaciones, como caribeña, andina o cono sur.

–¿Cuáles serían entonces las características de la literatura latinoamericana o esta entelequia apela al territorio solamente?
–Es nada más que el territorio. Ahora en cuanto a escritores, al menos en el mundo académico fueron muy importantes los escritores del Boom, pero ahora hay otros escritores que están siendo estudiados: Julio Ramón Ribeyro y Clarice Lispector. Es curioso que después de la enseñanza del Boom habitualmente venía la del post Boom, donde estaban Manuel Puig, Reinaldo Arenas, entre otros, y más tarde la literatura testimonial, pero con la nueva reinterpretación de los 60 Ribeyro y Lispector han pasado a ser centrales.

–Tengo entendido que actualmente la literatura latinoamericana en Estados Unidos es muy de nicho y que no tiene la importancia de, por ejemplo, las elecciones presidenciales, donde la comunidad latina es decisiva. ¿Es realmente así?
–Primero habría que hacer una distinción que se hace allá: literatura latina es en estricto rigor aquella escrita por latinos pero en inglés, como el peruano Daniel Alarcón o el dominicano Junot Díaz, y la literatura latinoamericana sería la traducción de textos originalmente escritos en español. Ahora si está lo suficientemente representada es asunto de mercado y de modas. Yo cuando llegué y durante un tiempo la literatura latinoamericana no estaba de moda, para decirlo así brutalmente: seguía publicándose a Vargas Llosa y a García Márquez. Un editor me dijo una vez que no hacía distinción entre literatura latina y latinoamericana, pero prefería publicar literatura latina porque así no gastaba dinero en traducción. Lo que sí ha pasado en los últimos años es que el mercado ha hecho eclosión en parte por el fenómeno Bolaño que ha influido mucho en la apertura de las editoriales: “Si ha pasado Bolaño, algo más tiene que haber detrás”, dicen esas editoriales. Pero eso ha coincidido con una generación muy potente de traductores y traductoras que han vivido o viven en Latinoamérica, y al mismo tiempo han aparecido muchas editoriales chicas, como Open Letter o Coffee House, mucho más comprometidas con la idea de una literatura global, y no sólo publican a latinoamericanos, sino también a africanos, europeos del Este. Ha habido una especie de tormenta perfecta en los últimos cuatro o cinco años, y ha pasado algo muy curioso: al mismo tiempo de autores jóvenes se ha descubierto a Sergio Pitol o a César Aira.

–¿El interés por lo latinoamericano es un interés genuino o de mercado?
–Yo creo que es un interés genuino, pero que coincide con este momento tan tenso de la situación norteamericana, que es casi como un país esquizofrénico, que tuvo una apertura multicultural durante los años de Obama y que ha tenido esta especie de reacción negativa y brutal con la aparición de este discurso nativista y cerrado de Trump. En estos momentos hay dos modelos de país que, como decía un vicepresidente de mi país para referirse a otra cosa, es “un empate catastrófico”. Hay un sector del país que ha apostado por una apertura y a un modelo de sociedad más multicultural en el que la traducción de autores de otros países ocupa un lugar fundamental, y por otro lado está esta cerrazón de otra parte del país que incluso te puede llamar la atención si te escucha hablando español en la calle. Es muy difícil generalizar y decir este es el Estados Unidos que está triunfando, ahorita el que está en el poder es el que está cerrado, pero el abierto está muy presente en las grandes ciudades, en las universidades, y está tratando de enfrentarse a lo que viene de Trump y el poder.


–Entonces el rol del intelectual en Estados Unidos existe en las grandes ciudades y universidades, en este contrapoder que describes.

–En Estados Unidos hay pocos intelectuales públicos a la manera de una Susan Sontag, en general el trabajo del intelectual ha estado muy conectado a las universidades, y es un discurso que sí tiene llegada, pero quizá no lo encuentres de manera frontal en una página del New York Times o en la televisión. Es otro tipo de circulación del discurso crítico, funciona distinto a Latinoamérica, donde siempre hemos tenido la figura del intelectual público, y distinto al modelo del intelectual francés.


–¿Esto que describes es de ahora, con Trump, o ha sido de siempre?
–No, yo creo que es de siempre. No hay tanta tradición de intelectual público en los Estados Unidos, pero eso no implica que no haya voces comprometidas o disidentes a lo que está pasando, lo que pasa es que su campo de influencia es otro.


–Pese a Trump, ¿puede que la literatura latinoamericana esté pasando por su mejor momento en Estados Unidos?
–Yo diría que una vez estaba casado con una norteamericana y le recomendé una película a mis suegros, fuimos al cine y de pronto salieron los subtítulos y mi suegro se espantó: “Oye, no me dijiste que era en traducción”. El asunto es que le gustó la película, pero en general hay ciertas prerrogativas del Imperio, una de ellas es que al norteamericano no le gusta ver películas en traducción; de la misma manera no le gusta leer literatura en traducción. De hecho, no sólo no les gusta leer en traducción, sino que cuando a los escritores locales les piden listas de los autores que les gustan nueve de diez son norteamericanos. Por eso digo que a los norteamericanos les gusta leerse a sí mismos.


–¿No has sentido la tentación de escribir en inglés?

–No. Nunca he sentido que mi inglés tuviera los matices que tiene mi español y debe ser porque yo llegué tarde a los Estados Unidos, tarde con veintiún años. Quizá sea diferente cuando llegas de adolescente, además yo llegué muy metido con la tradición latinoamericana.


*Publicado originalmente en revista Punto Final y en el blog del autor, gozaloleón.blogspot.cl (27/6/2017)

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