16 de junio de 2017

El amor y la filosofía


Homero Carvalho Oliva

El diccionario define al amor como “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. El poeta Lope de vega afirma que “creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño, /esto es amor; quien lo probó, lo sabe” y  Francisco de Quevedo usa el oxímoron, es decir sentidos contrapuestos, para afirmar que “es una libertad encarcelada” y el amor bien puede ser una contradicción permanente, en la que tenemos que aceptar que solamente se puede amar a otra persona con sus defectos y con sus virtudes.
Este tema ha sido tomado por las escritoras y filósofas francesas Aude Lancelin y Marie Lemonnier, en su libro Los filósofos y el amor, para estudiarlo desde Platón, Lucrecio, Montaigne, Rousseau, Kant, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Arendt, hasta Sartre y De Beauvoir, así como también a sus contemporáneos para extrapolar diálogos y escritos buscando entrelíneas que pensaron cada uno de ellos acerca del amor y cómo vivieron sus propios amores, tema aparentemente trivial y cursi, pero tan profundo al mismo tiempo. Un tema que para el incomparable Fernando Pessoa hasta puede ser ridículo: “Todas las cartas de amor son ridículas. / No serían cartas de amor si no fueran ridículas”. Y es que las palabras para enamorar son, al mismo tiempo, las comunes y las bellas; Alfonsina Storni nos lo recuerda así: “Esta noche al oído me has dicho dos palabras/ Comunes. Dos palabras cansadas / De ser dichas. Palabras/ Que de viejas son nuevas” y esas palabras, que no las dice en el poema, son: Te amo, una expresión sencilla, mágica y profunda. 
La autoras citan a Alaín Badiou, filósofo, dramaturgo y novelista francés marroquí, quien señala que el amor es una fuerza cosmopolita, incitante y sexuada que transgrede fronteras y estatus sociales, amenazado por los riesgos que conlleva y por la comodidad que tenemos por asegurarnos el goce ilimitado y hedonista y que, por lo tanto, es una tarea filosófica defenderlo para reinventarlo, como alguna vez propuso el poeta Rimbaud. Aude Lancelin y Marie Lemonnier, proponen: “La filosofía del amor es un territorio para volver a recorrer, e incluso a defender urgentemente. Hay en esto una resistencia posible al nihilismo ambiente que parece haber encontrado con la reducción de la sexualidad a un libertinaje mórbido su arma definitiva. (...) el amor se opone a la lógica del mercado”.

Badiou hace referencia a Soren Kierkegaard, de quien, en mis años adolescentes, y convencido de que era un feo sin remedio, leí y estudié su Diario de un seductor, buscando algunas claves para apalabrar a las muchachas hermosas que creía inalcanzables. Lejos estaba de saber que el amor estaba más allá de la seducción, del deseo y de la pasión, concepción que para Badiou fue intuida por Platón cuando señaló que al ser una experiencia personal de la universalidad posible es filosóficamente esencial. Badiou reconoce tres concepciones contradictorias acerca del amor: la concepción romántica que se centra en el éxtasis del encuentro; la escéptica que lo considera una ilusión y la que afirma que el amor es una construcción de verdad, a la que él se adscribe y propone que es la construcción del “Dos” desde las diferencias personales que van forjando al sujeto del amor. “El amor es siempre la posibilidad de presenciar el nacimiento de un mundo”, dice y me trajo recuerdo a un verso que escribí: “Alguien ve pasar a una muchacha/ y nace un mundo nuevo”. Se trata, sin duda alguna, de un libro para enamorarse de la filosofía.

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