25 de julio de 2017

El placer de la lectura

Homero Carvalho Oliva

Apenas había aprendido a leer cuando mi padre me obsequió una revista Billiken, que en su interior traía un resumen para niños de La Ilíada; lo hizo para responder al cuestionamiento que le había hecho de por qué me había bautizado con un nombre tan feo. Luego me trajo otras, también con versiones resumidas de libros clásicos. Años después leí la versión completa de La Ilíada y luego de La Odisea; pobre del que me preguntaba el origen de mi nombre, le contaba estas dos obras aumentadas y corregidas. Así nació la necesidad de leer algo todos los días, al punto que leía todo lo que encontraba, desde buenos libros hasta revistas del corazón.

Sin embargo, en colegio, no faltó un profesor de literatura que en vez de incentivarnos la lectura nos hizo pasar calvarios en cada libro que nos obligaba a resumir en un par de semanas. Recuerdo que a mis 13 años, uno de estos energúmenos nos dio la tarea de resumir en una semana Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski; realmente fue un crimen y un castigo para un adolescente. Con los años fui aprendiendo que leer tiene que ser un placer, si compro una novela por la fama de su autor y no me gusta, simplemente la dejo. 

Recuerdo que cuando tenía unos 20 años, todo el mundo hablaba de Ulises, de James Joyce; así que compré el libro, me dispuse a leerlo y no pude pasar de las primeras páginas, me pareció tedioso; volví a la carga un par de veces más y no lo logré, lo dejé y leí otras novelas. Veinte después encontré, en la librería de un amigo, un ejemplar y recordé que era un asunto pendiente, lo compré y abrí la primera página con el prejuicio de la primera vez; pero para sorpresa mía no pude dejar de leerla hasta que llegué a la última página. Incluso releí algunas partes, como el monólogo de Molly Bloom, y descubrí que en el capítulo tres, un marinero recién llegado a Dublín da cuenta de sus extraordinarias aventuras por los mares del mundo. Cuenta que ha visto cosas maravillosas y raras por lugares remotos como el Mar Rojo, los Dardanelos y, también, por América; pero que las cosas más extrañas de todas ellas las vio en un país de nombre también extraño, un país de salvajes llamado Bolivia. Ahora, llegando a la edad del ‘Bonosol’, intento leer más literatura nacional y cada día descubro que tenemos muy buenos narradores y poetas, que nos hace falta difundirlos y promocionarlos, por eso mismo es que en mis columnas periodísticas siempre intento comentar libros escritos por autores nacionales.

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Publicado originalmente en El Deber (Bolivia) y en el blog Sugiero Leer ( 24/07/2017)

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