27 de noviembre de 2017

La amistad: variaciones (6)

Roberto Burgos Cantor

La esquina.
En las canciones llaman a la esquina lugar del movimiento. Esto hace suponer que se refieren, los cantantes, al exterior de la esquina, a su filo o a su doblez suave. Pasaba mucho en las esquinas. La de hotel Virrey en la Cartagena de Indias de hace años es recordable. El remolino de conversaciones, atisbos repentinos de la vida, el compartir un espacio insuficiente y tener que despejar la acera cuando el taconeó de la belleza anunciaba su presencia, constituía una maravilla de la temeridad femenina y el esfuerzo seductor de los esquineros.
La otra esquina, su ángulo interior, es más un lugar de refugio. Allí llegan los boxeadores en la pausa de su faje para oír el susurro o el regaño de su entrenador, sentir el masaje benigno, y agradecer el banco para un breve sosiego a las piernas.
Mi esquina era todo: cuerdas, banco, carne fresca para el ojo golpeado, consejo. Así nos fuimos con Arnulfo Julio, ahora sin orquesta, por la playa de El Cabrero. Después del sol del mediodía todavía la luz es de fuego y refulge en el mar como acetileno. El encuentro era detrás de la paredilla ruidosa de micos y papagayos del hotel Sol y Mar.
Sin guantes, sin protectores, nos quitamos la camisa. Mi contendor, solo, se ubicó de espaldas al mar y yo quedé contra el muro largo del hotel. Lo único que recuerdo es la vibración de hilos de plata del mar y un golpe en el ojo de una estrella roja. Me recogí como cangrejo y lloré. El otro peleador se retiró orgulloso con cara de quien pregunta: ¿quieres más?
Arnulfo me ayudó a ponerme la camisa y me acompañó a volver a casa con esta derrota a cuestas. No sé si fue la primera. Sé que no fue la última.
Después nos vimos sin continuidad. Cuando cazaba con una escopeta de aire comprimido y munición de diábolos, iguanas y pájaros. Cuando descubrimos que esperábamos en el tercer callejón de la isla de Manga a la misma muchacha que no miraba a nadie protegida por la belleza. Cuando iba con su amigo Howard a hablar con mi padre de Sartre, Huxley, los manifiestos nadaístas.
Quien abandona su tierra se disgrega. Aunque en su condición de foráneo invente colonias, artificios de una compañía que no teje.
Pretexto o fatalidad del centralismo: también fui a la capital.
Un encuentro raudo en la Universidad Nacional. Le dije a mi esquina que me iba a casar.
¿Casar?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

*