27 de noviembre de 2017

La amistad: variaciones (7)

Roberto Burgos Cantor

Ni músico ni boxeador.

No avisé a mi esquina del casamiento.

Los años de la universidad con la inminencia de un destino, hicieron mi primera amistad de páramo: Santiago Aristizábal. Él me acompañó a la capilla, y a las conversaciones con Alfonso Rincón, el cura, estudioso de San Agustín y conocedor de músicas sacras. Había remplazado a Camilo Torres en la capellanía de la universidad.

Aunque mi generación prefería las uniones libres, entendí la protección que subyace en el Derecho. Como todavía no se sabe qué es el amor, desconcierta el día que la emoción desaparece. Hijos y bienes tendrían algo que decir. Algo distinto a que así como la libertad nos unió; así hoy nos separa. Y hasta nunca.

Es mejor proteger la ilusión. Tener un sistema que se ocupe de la materialidad. A menos que se tenga la generosidad de Chucho Bejarano. Al separarse le dijo a su mujer quédate con todo: vivienda, libros, muebles. Déjame los discos.

Las esquinas son providenciales. Una tarde, caminaba para llegar a una entrevista laboral. Apareció mi esquina y cuando le conté el designio me reprochó una inadvertencia: ¿cómo buscaba trabajo con la manga del saco rota?, salía el codo. Con gentileza se despojo del suyo y lo cambio por el mío.

Por entonces había dos amigos, venidos del Caribe: Eligio García Márquez y Arnulfo Julio. Uno del páramo: Santiago Aristizábal.

Esos años, fuera del milagro de permanencia de los amigos que atravesaron las piñatas de la infancia; las incertidumbres dolorosas de la primera juventud; el adiós a los padres, las amistades que se fundaban con vocación de entrañables, construían los puentes por los estudios, la política, las lecturas, el cine de Bergman, Antonioni, Fellini, Truffaut, la literatura.

Una noche, existía la carrera séptima del D.C., volví a topar con mi esquina. En el Caribe decimos tropezar. Él iba a una fiesta donde Óscar Collazos. Yo estaba enfrente de mi destino. El piso alto de José Viñals. Poeta argentino recién llegado. Convidé a Arnulfo. La exageración caribe de compartir sin restricciones, por un lado. La aceptación del azar que cambia rutas con facilidad.

Los años que José estuvo en Colombia hicimos uno de los diálogos más transgresores, fecundos y críticos que yo recuerde. En nombre de la poesía. Junto a la chimenea o en la jaula de Juan. Santiago, Arnulfo, José y yo conocimos entonces esa manera de la amistad que Borges llamó, una pasión argentina. Y el desesperado Raúl Gómez convocaba como legión de ángeles clandestinos.

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