8 de diciembre de 2017

El brujo de la rosa

Roberto Burgos Cantor

Es frecuente llamar paradojas a situaciones que muestran un azar que rompe cierto orden en los sucesos de la vida.
En un hospital de los Estados Unidos ha muerto Magín Díaz. Con más de noventa y cinco años de edad, le coincidían la espera serena del adiós sin vuelta y un reconocimiento a su vida y a la obra. Obtuvo dicho premio al lado de un esforzado, leal y creativo hombre de teatro, Ricardo Camacho.
Parece necesario, cuando se destaca la vida y la obra de seres como Magín, detenerse un poco en el significado de vida para sobrevivientes como él. Y dentro de esa larga resistencia de vivir pese a todo en contra, mostrar algo que daría lugar a otro premio.
Y sin duda aplaudir el empeño de jóvenes como Urián, Pablo, Leo, Daniel, Manuel, quienes exploran y divulgan motivos de nobleza, dignidad, en medio de la exclusión en que deja la pobreza a tantos hombres y mujeres humildes que aprendieron a cantar o a pintar o a bailar o a contar, para que no se les muriera el alma. Siempre en su paisaje de infortunio; nunca a la espera del escenario y sus estrellas de cartón.
También aquellos que buscaron para buscarse, Delia Zapata Olivella, Totó la Momposina, Gualajo, Toño Fernández, Batata, Pablito Florez, y los desprendidos que ni siquiera se ocuparon de dejarnos su nombre. A veces, en las mañanas de cielo vacío, en que muchos queremos recostarnos a la tierra que fue nuestra y a la cual volveremos, suena la gaita de Aurelio y su voz de gallo matutino sin veleta: un pajarito cantaba. Todos, con el aprendizaje de la necesidad y un altruismo que hace falta a este país que se sumerge en un piélago de odios de baratija. De maquinaciones perversas para suprimir el logro laborioso, el merecimiento, y hacer del dinero la basura del mundo.
La paradoja de Magín surge de otra deficiencia del Leviatán que llamamos Estado. El profesor Víctor Moncayo lo ve, como San Jorge, derrotado; es peor su agonía que su presencia. Ella consiste en el tardío apercibimiento de los valores artísticos, intelectuales y espirituales de los miembros de la comunidad. Decía el de Usiacurí: todo nos llega tarde, hasta la muerte. Así, una lápida, más que una alegría.
Y en lugar del patio, del pretil, de las músicas de la naturaleza, de los cocuyos en la oscuridad, recibió la visita en un hospital sin hamaca, sin olor, con luces de máquinas.

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