10 de diciembre de 2017

La pelirroja del cuadro de Liepke (o La Pasión de Las Musas)


Emmanuel Mordacini .-

Una tarde enseñé mi novela a Sibila.

-Quiero que la leas -le dije.

Ella contempló largamente la portada multicolor donde dos mujeres semidesnudas se abrazaban y besaban en medio de una habitación adornada con rosas rojas y candelabros. Susurró el título en voz alta, como si repitiera un mantra o una sentencia impía: La Pasión de las Musas.

-Leéla -la insté-. Leéla lo más pronto posible.

La leyó, por supuesto, y a partir de entonces nuestra relación adquirió un cariz diferente, mucho más áspero y perverso. Las páginas de mi novela habían despertado aspectos de su sexualidad que Sibila desconocía por completo. Devoraba mis letras con avidez y desmesura, dejándose arrastrar gustosamente por aquel extravagante océano de palabras. Mi chica Liepke personal muy pronto se transformó en una arpía insaciable. La metamorfosis acontecía frente a mis ojos con una violencia feroz, como si los demonios dentro de Sibila libraran su propia rebelión desenfrenada y blasfema. A veces, luego de cogérmela hasta el hartazgo, la obligaba a leer aquellos fragmentos del libro que consideraba más sensuales y escandalosos.

-¿El lesbianismo como metáfora de la erótica femenina?

Sibila, acostada desnuda con los muslos separados y el pubis húmedo de semen y transpiración, no dejaba de interpelarme concienzuda e implacablemente, como una niña morbosa que interroga a su padre libertino acerca de nuevas y oscuras prácticas sexuales. 

-Así es Sibyl, algo por el estilo.

-¿Cuánto te llevó escribir esto?

-Casi un año. 

Estaba fascinada. Acariciaba las páginas de una forma casi obscena mientras absorbía mis palabras con ojos enardecidos y desquiciados. Mi novela había conseguido hechizarla, y esa extraña comunión de trasladaba a las decenas de chicas Liepke que parecían contemplarnos desde las réplicas diseminadas a lo largo de las paredes de mi estudio como íconos de un imaginario erótico que trascendía el esteticismo liso y llano. Se trataba nada más y nada menos que de mis obsesiones volcadas en el frágil y quebradizo cuerpo de Sibila, y de como ella se iba transformando paulatinamente en esas mujer ideal que acechaba agazapada desde las vaporosas catacumbas de mi mente.

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