6 de febrero de 2018

«Muerta ciudad viva», de Claudio Ferrufino-Coqueugniot

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ Para que no haya engaños aclararé que me une al autor una amistad estrecha, de modo que lo que pueda decir sobre esta novela está mediatizado por ella. Imposible ser objetivo. Además, ¿para qué? Ni objetivo ni mesurado ni ecuánime, pero sí entusiasta.
Conozco a Claudio Ferrufino-Coqueugniot, conozco Cochabamba, y en concreto algunos de los escenarios de esta intensa novela, y también conozco a alguno de sus personajes por haber farreado en su compañía, de modo que cuando el autor cuenta que hay antros en los que hay que entrar tirando la puerta a patadas pues no se me ocurre pensar que es una desmesura novelesca. Así las cosas, diré que Claudio está muy lejos de una escritura inane, ya sea en sus novelas, en su magníficos artículos literarios o en sus vitriólicos y demoledores artículos políticos contra el régimen de Evo Morales que han podido costarle más de un disgusto. Soy testigo de ello, como explico en el epílogo: «Dile a tu amigo que tenga cuidado que quieren armarle un proceso por sedición». Una prosa fuerte, viva, imaginativa, de una intensidad poco común y una filiación literaria poco o nada boliviana… solo que  cuando se trata de un estilo propio y sólido, no me gusta hablar de filiaciones. Decir que el autor  juega al malditismo y desdeñar esta historia por micros y macros sexismos y machismos es una mayúscula estupidez por mucho que esta corra con alarmante salud las palestras de lo político y socialmente correcto,  del falso pudor y el más activo y violento puritanismo que está ya causando estragos. ¿Qué es el malditismo? ¿De qué minué de pavos reales estamos hablando? Deriva autodestructiva, la del narrador, un joven burgués con monomanía  de encanallarse (como decía Céline del narrador del Viaje) y de disolverse en mugre. Mal viaje ese, desazona… Aviso… y también lo hago de la poderosa prosa de la que se sirve para contarnos de ese viaje que me parece que tiene poco de imaginario. Cochabamba es una ciudad amable, con colosales buganvillas, flamboyanes, poincianas, en la que se come diríamos que hasta dormido, con unos cielos que dan ganas de echarse a nadar en ellos, pero en la que hay días que huele poderosamente a mierda. La ciudad de la luz y el apetetitoso aroma del chicharrón elaborado en calderos de cobre brillante es también un termitero de los milagros con  niños de la calle (muchos) cleferos, rotos, mendigos, maleantes, borrachones que pululan por los alrededorss de los mercados, burdeles cochambrosos, aguas servidas donde menos te lo esperas,  unas chicherías pavorosas, como si su sentido fuera el matarse (sacarse el cuerpo) en ellas y  cuyas puertas no encontrarías a la luz del día, recovecos, estrechos callejones, trastiendas de mercados donde venden gallos de pelea y un cementerio alrededor de cuya fosa común se celebra una ceremonia sobrecogedora, la de las almas perdidas. Solo que Muerta ciudad viva no es una crónica expresionista de Cochabamba, lo relatado no está en ellla prendido de manera indisoluble. Todo localismo queda excluido. ¿Descenso a los infiernos? No, Muerta ciudad viva no es «Bajo el Tunari», el narrador no está esperando a que pase su casa por ahí para meterse en ella, lo que quiere es perder su casa para siempre.  ¿Se salvó Claudio Ferrufino escribiendo después de la muerte de Claudio Ferrufino? No lo sé pero el sobreviviente es el que mejor escribe de los dos, de eso no no tengo la menor duda.
Yo me salvé escribiendo
después de la muerte de Jaime Gil de Biedma.
De los dos, eras tú quien mejor escribía.

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