6 de marzo de 2018

Caminar, cantar, celebrar...


Pablo Cingolani

Por los caminos, siempre fui, con lluvia fui, con nieve también fui, nunca temí, nunca me cansé –nunca perdí el entusiasmo ni la dicha, aunque pasaba el tiempo, y yo sabía: me iba oxidando, ¿pero quién no se oxida según pasan los años?- y yo seguía andando, ¿y sabe porqué seguía y seguía y no me demoraban ni el viento ni la tormenta ni los riscos? Porque iba cantando.

Yo cantaba por los caminos, cantaba en los pueblos, cantaba en los rancheríos, donde a veces eran más los muertos que los vivos pero yo les cantaba igual, a todos les cantaba: a los vivos para darles alegría y para que se recuerden qué cosa es la vida. A los muertos les cantaba porque a los que se han ido siempre hay que honrarlos, siempre hay que evocarlos: así cuando uno también se vaya pa´l otro lado, sabe que lo espera algún compañero, algún amigo, uno que ya lo escuchó cantar, aquí abajo. Sabe que no va a estar nunca solo.

¿Qué cómo aprendí a cantar? Una lección, la primera, la que uno más añora, me la dio mi abuela, la Ramira, que en paz descanse, ella sabía escuchar y recibir el canto de los pájaros. Ella me dijo un día de pájaros que alborozaban el alba: escúchalos. Y yo los escuché, los fui escuchando.

Otro día se apareció por estos lados un perseguido –yo era chango y eso lo supe después-, un desterrado que sabía cantar y tocar la guitarra. Estuvo aquí, refugiado y supo ser querido porque ese hombre tenía duendes en sus dedos y poemas en el corazón. Una noche se marchó –y yo lo lloré en secreto porque sabía que lo iba a extrañar- pero antes de irse me había enseñado a domar la guitarra y algo más, algo más definitivo: me enseñó a sentir a mis propios pájaros, esos que llevaba adentro, los mismos que me hizo escuchar la abuela Ramira pero que ahora eran los míos. Eran mis propios cantos.

Así fue que le empecé a cantar a las cosas de acá, a las cosas de uno, a las cosas que sentimos juntos, a las cosas que sentimos todos.

¿A qué cosas le cantaba? Pues a la arena y al viento que la arremolina, la agita y la junta y dibuja casas, pueblos, corceles, huellas y batallas en el aire. Al agua le cantaba y al rumor de la acequia y también al río en verano, que crece y se lo lleva todo. A los cerros siempre supe cantarlos. Son tantos y son tan bellos que no me alcanzarían dos vidas para cantarlos a todos, pero los fui cantando, desde niño me enamoré de ellos, y así le canté al Acay y le canté al Chañi y al Cachi, también le canté al Llullaillaco, a cada cerro que pude cantar, le canté y les seguiré cantando, me siento obligado.

¿Por qué? No sé. Será que esto de cantar no es cualquier cosa, cantar es cosa seria: uno no canta por cantar, el que hace de su vida un canto, el que canta para los demás, para acompañarlos, para que no aflojen, para que no se dejen morir, ese que canta para la gente como uno, la gente sencilla, la gente que amasa su propio pan, la gente que sigue esperando que llueva para que le sea dado el fruto, ese que canta para esa gente que es nuestra gente, no canta por cantar como ya aclaré.

Canta porque tiene una misión. ¿Qué cual misión? Esa, pues: cantar. Este es mi pensamiento: si nadie más que los pájaros cantaran, ellos se sentirían tan solos que algún día, dejarían de cantar. Y, ¿se imagina la tristeza del mundo si nadie cantara, si nadie le cantara? Yo, ¿sabe? yo no me lo puedo imaginar, no puede imaginarme un mundo tan triste donde nadie cante, donde los pájaros dejen de cantar y por eso, por eso nomás, es que canto. Así copleaba mientras iba andando, a ver si le gusta:

Entre los cerros, soy cóndor
Entre las tolas, guanaco soy
En las quebradas, soy zorro
Y todos los días, cantor.

Cantando y cantando, he recorrido mi vida. Le canté al perro de la Lucrecia que era un perro bueno, no era un perro malo, porque ella lo crió así, como crió a sus seis hijos, tejiendo unos ponchos bellísimos, peleando. Le canté a don Ángel que era ciego y era violinista y cuando se machaba hasta los cerros bailaban allá en la fiesta de San Antonio de los Cobres. Le canté a los trabajadores que construyeron el camino a Socompa, no sabe el frío que sufrían los cristianos por esos paramos, muchos eran bolivianos, mi compadre Raimundo casi muere congelado, lo salvamos con unas cataplasmas de muña, unos sorbos de ginebra y copla pura para calentarle el alma. Le canté a cada arriero que me crucé en el camino y a los pirquineros que sabían darme oro, alguna pepita de oro, cada vez que les cantaba en esas noches de socavón y nostalgias, allá por los lados de Jama.

Cantando y cantando, lejos, bien lejos también he llegado. Por eso también le canté a los guayacanes del Chaco y a los loros que hablan y a los ríos que enamoran, como el Bermejo. Le he cantado a los membrillares y los sauces del Lipeo y a la flor del sauco y de la retama. Le canté a todas esas presencias, incluyendo a las almas, ya le dije, porque Dios las puso allí o allá o más allá para que alguien las cante. Y yo iba, sentía y las cantaba.

Caminar, cantar, celebrar… vivir. Así me fui oxidando: compartiendo con todos, queriéndolos fuerte a todos. Si volviera a nacer, volvería a ser cantor. ¿Sabe por qué? Porque es lindo saber que el sol se está arriba no sólo para iluminarnos, que la vida no se hizo sólo pa´ penar y llorar, que si uno puede ayudar, hay que ayudar y yo creo que a mis paisanos los ayudé con mi canto.

Yo no tengo nada, mis posesiones son mi alegría y es mi guitarra y un secreto que espero sepa guardar porque si no, no es ningún secreto: es la felicidad que me viene de adentro de haber vivido así, de haber vivido la vida, celebrándola, caminándola. De haber vivido la vida cantando.

Lleve mis saludos a todos allá hasta donde usted vaya y llévese esta copla en su mochila que no le va a pesar nada:  

El día que yo me muera
No quiero fraile ni llanto
Quiero chicha y vino pa´ todos
Y que celebren mi canto

Pablo Cingolani
Río Abajo, 3 de marzo de 2018
Nota: con este texto, cierro la trilogía del arriero, el minero y el cantor, que incluye los textos titulados Coraje y Un amigo es un amigo.

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