6 de marzo de 2018

MERZ

Aldo Alcota

MERZ pequeña history neodadá

Ayer llovió. Hoy yambién. Ta bien.

Chilojo Merz tiene treinta y tantos años. Peluquero. Viene de muy lejos. Ha cruzado el Atlántico en un barco mercante. En su país le han dicho que en Cartagena de Murcia se baila aún el Tango de la cocaína. Allí están los más benditos locos de toda España. Cartagena de Murcia es una gema marina rodeada de coordenadas esquizoides.

¡Merz, Merz! Podría sonar como la canción de los trolls, trolls, la misma de la publicidad televisiva que ofrecía en el pasado muñequitos de narices anchas, extremidades cortas, ojos de cristal, cabello de lana en diversos colores y peinado hacia arriba. Chilojo fue un troll hace tres décadas. Con el paso del tiempo, su cuerpo fue cambiando hasta convertirse en un ciudadano del mundo, de un metro setenta y uno y fanático de los aerodeslizadores.

Por mientras tú lectora y tú lector, escucha el ritmo Merzbau. Un nuevo éxito musical que fascina a guatemaltecas, rusas, chinos, egipcios, paraguayos, franceses, noruegas, congoleños, californianas, murcianos, fascistas, comunistas, trogloditas, obreros, empresarias, universitarios, carteristas, bibliotecarias, zares de Liverpool, perros, gatos, moscas y los dubi-dubi con cara de no saber nada.

¿Nunca oyeron hablar de los dubi-dubi? Son académicos de sanatorio mediterráneo que trapichean en los puertos. Bailan, fuman, beben y fornican con neumáticos, automóviles sin uso, máquinas tragamonedas, cajeros automáticos y son una desaforada especie sin dios ni ley. No conocen la geométrica gótica de fin de semana y siempre quieren que Chilojo Merz les fíe el corte de pelo.

Chilojo tiene frío cuando llega al puerto. No sabe dónde dejó su chaqueta de cuero. Teme resfriarse. Ningún catarro es suave. Moquean sus narices. Pasa su antebrazo para limpiarse las gotas espesas que se deslizan hacia sus labios partidos. Los gérmenes saltan por los aires y se ahogan en el fondo del océano. Nacerán bellos peces mutantes. Trata de recordar una canción mientras le tiembla el cuerpo. A mí me gusta andar de pelo suelto / Me gusta todo lo que sea misterio… Gloria Trevi trata de salvarle del severo invierno. Todo se congela, hasta el corazón. ¿Navidades con Tango de la cocaína? Chilojo se lo piensa. El aire es cada vez más gélido. Trata de buscar un cuplé canalla por algún bar. La solución para conseguir  calor eterno. Very nice dadadadada…

                                                                                                        

MERZ MERZ MERZ
          Zaa UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU ///,,, BAU… el troll aúlla y patea las cajas del barco.

PACÍFIC. El mesón La Jabalí está abandonado frente a la caleta de los pescadores. Pequeño mueble devorado por la humedad y las deyecciones de las gaviotas. Posee un solo cajón y en su interior se guardan deslucidas fotos de cruceros y barcos mercantes de Singapur. Chilojo clava su mirada al cacharro de madera que debe tener más de tres décadas. En uno de sus costados, destacan las letras pintadas de El mesón La Jabalí con acrílico negro, hechas con nerviosismo y a la rápida. Una pintarrajeada regalada a los lobos marinos, que duermen como príncipes marihuaneros en el cemento mojado y salado del puerto. Los ojos de Chilojo no se pueden zafar de aquel mesón. Un pescador mea en una pared. Chilojo rompe el embrujo al escuchar el chorro del pisssssssssssssssssssssssssssssss. 
El día termina con Chilojo acostado sobre los caracteres de su apellido. Merzzzzzzzzzzz.

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