26 de marzo de 2018

Mullumarka

Pablo Cingolani

Las viejas piedras del camino se han movido –tuvieron que lidiar con torrentes- pero siguen ahí, siendo las mismas: esas antiguas piedras que batallan y batallan y saben más que nosotros del ilustre arte de resistir

El viento, como siempre, es pura esencia. El viento son todas las músicas y, a la vez, todos los silencios. No hay poder que lo domine. Es invisible. Y así nomás, es tan fuerte, tan invencible, que sólo las piedras pueden cortejarlo.

Llévame lejos, le dice una, negra. Te llevo, le responde el viento, tan cortés, pero sólo hasta que te acerques a una piedra blanca. Así es como el viento ha tejido sus poemas y los hombres sensibles van y los recogen de sus alas. Luego los escriben en papeles y los cantan.

Como cantan a las piedras, luego de escucharlas. También van y los escriben. Digo: a los poemas que labran las piedras. También son inmemoriales. También son esenciales. También son invencibles.

El viento, las piedras: esa conjugación que eterniza las palabras, las vuelve vivas. Las piedras, el viento: esa comunión que resiste todos los olvidos, nos restituye al reino sensible, son la raíz y el vuelo de todo poema. El día que dejemos de cantarles, ese día no quiero estar, no quiero sentirlo. Ese día, volveré a Mullumarka.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 25 de marzo de 2018, Domingo de Ramos

Imagen: María Luisa Pacheco

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