6 de abril de 2018

Miedo


Pablo Cingolani

Vámonos, tengo miedo, me dijo: la quebrada era tan angosta que abrumaba. Medio cerro se había derrumbado y piedras del tamaño de casas cerraban el paso. De repente, el cielo se ennegreció tanto que era segura la lluvia, acaso granizo. Los truenos comenzaron a escucharse. La situación era peligrosa, sin dudas. Y le hice caso a Carolina y nos dispusimos a salir de allí. Pero algo me decía que todo era una señal, una señal demasiado poderosa.
Era el mediodía del Viernes Santo y cuando nos deslizábamos huayco abajo y empezó a llover, caí en cuenta: lo que se estaba mostrando de sublime forma –la montaña, el derrumbe, el rumor incesante del agua que fluía, las nubes negras, la lluvia, el granizo- era una sola cosa: era la Santa Muerte.
Era el miedo a la Santa Muerte, era el miedo de Cristo a la muerte, a su Santa Muerte, era el miedo a la muerte, a todas las muertes, era el miedo más misterioso y más comprensible de todos.
Se lo dije a Carolina: es la presencia de Cristo y es su miedo a su Santa Muerte lo que se está manifestando.
Estábamos metidos en un rincón desolado de los Andes, en una quebrada perdida en medio de la serranía, lejos de todo y cerca y dentro de lo más preciado que podamos sentir: la presencia infinita de lo sagrado, la comunión fervorosa con lo divino, la dicha que eso provoca, su amparo, su providencia y su capitanía y la irradiadora fe que trepaba por los cerros y nos conducía hacia un lugar seguro, mientras el granizo empezaba a azotar.
La quebrada se abrió y Carolina me dijo: ya no tengo más miedo. Celebré el momento y sentí Su Mano, su Sagrada Mano: Ella fue la que nos condujo hasta allí, no sólo nuestros pies.

Pablo Cingolani
Río Abajo, Viernes Santo de 2018

Imagen: Emil Nolde

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