10 de abril de 2018

Novia por encargo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Era como un catálogo: vestidas, casi desvestidas, en bikini, altura, peso, profesión, estado civil, con o sin hijos, deseos íntimos, búsquedas, el hombre de los sueños.

Ucrania debe ser uno de los países con más mujeres bonitas en el mundo. Altas, de metro setenta la media, distintas -tanto- a las damas andinas de escaso tamaño, si es que eso cuenta como un plus. Tema difícil porque cualquier apreciación puede entenderse como acercamiento racista a las características de los pueblos, cuando suele ser cuestión de gustos. No que las prefieran rubias, pensemos en la Bardot o la Deneuve, ya dinosaurios de un arte antiguo, sino diferentes. Ni tanto todas blondas porque Ucrania, al sur al menos, y Crimea, tiene numerosa tradición tártara y entre las páginas virtuales había Irinas y Allas con notorio ancestro asiático, que no las desvirtuaba, por cierto; muy al contrario. Hibridez y mezcla resultan en ejemplares notables. Tártaras de piel blanca y piernas de garrocha, con ombligos insertos en vientres que harían soñar al descreído.

Pues conocí a Tetyana, de Kiev decía tal vez para hacerlo más simple. Si rusa, de Moscú; holandesa de Amsterdam ¿Para qué meternos en vericuetos de camino vecinal? Tetyana viajó como lo hizo el novio norteamericano que se agenció en línea. Este, con sus casi dos metros y una antipatía que excedía metraje, ofreció, ya que no simpatía, mejor vida. Un apartamento, un automóvil último modelo, comida, restaurantes y conciertos. La magia capitalista ayuda a creer que todo lo puedes, aunque a la muerte todo lo debas. Luego de ternos, traje blanco para asegurar pureza, fiesta, vodka y whisky, whisky y vodka, solícitos ucranios, sonrientes y serviciales, matrimonio y visa. En casos así no sirve considerar veinte años de diferencia, ni la fogosidad de la hembra eslava enfrentada al hielo.

Cambió el sonoro apellido que significaba sauce lloroso, no llorón, por uno anglosajón sin sal. Se preció por ello, soy una mujer feliz, realizada que al año parió y supo, cuando la pusieron a repartir periódicos en la noche porque el presupuesto no alcanzaba, que la ilusión tenía color de tinta.

Esa Tetyana sudó y caminó rápido en los años en que yo permanecía solo y cachondo. El grandote tonto llegaba con cara de culo y ella sonriente. Te vi en Facebook, le dije, hazte amigo, respondió. De ahí un almuerzo en Tokio Joe’s. Llevaba zapatillas doradas, pantalón blanco, blusa blanca y brassier crema. Al abrirle la puerta para que bajase se abalanzó. Su oreja olía a perfume y la mordí. Eres perro, me dijo; perro en celo, respondí. El sostén cayó como lo hicieron sus piernas. Rubia, Tetyana, pero de sexo negrísimo. Tiramos las sábanas a patadas. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa y sus algo grandes dientes, sonrientes, dañaron un poco mi boca en beso apresurado. Kiev, decía, quiero llevarte a Kiev.

Dicho y hecho, estaba debajo de una iglesia con bulbos celestes y el calor muriente del asomado otoño. La hija quedó con su madre que nunca viajó a los Estados Unidos y yo en un hotel donde mañana, tarde y noche, servían pastel de carne de comida. Uñas de manos y pies cambiaban de color a diario: frambuesa, açai, mango. También un rosa pálido como el de las iglesias ortodoxas. Bello, hundidos en las altas hierbas del campo de Zaporozhe.

La vacación termina y retorno a dormir con mi perro y encender el televisor. De cena caliento tamales porque están preparados y resulta más sencillo. La veía, la veo, pero después de Kiev la hija creció, el marido se hizo suspicaz y no la dejaba de lado. Me distraje con CNN. La abrazaba a veces. Lecho cada vez menos. Cuarto de motel y mal porno en la pantalla. Sexo con enanos, anal, senil. Se deshincharon los pezones, hasta oscurecieron, y sentí que asomaba el tiempo de lluvias y me guarecí donde mejor estaba: solo.

Pero el vicio ucraniano no cejó. Julia tenía 26 y Kiev me vio de nuevo. Pero Zoia, de 32, dejó caer el vestido negro y quedó a mi merced con sus hermosos ojos azules. Esto me estaba costando el salario ¿Pero qué hace un hombre abandonado a los cincuenta y aturdido? Trabajar por el cariño. ¿O era por el aroma de Zoia cuando desvestía el traje rojo y se recostaba sobre pinos que dañaban su piel blanca, de crema o helado? En Sumy, a la salida de la ciudad, en un lugar que se llamaba Bezdryk donde vapuleé la piel.

Entonces retorno, un mes, dos meses, tres meses de duro trabajo, dolor en la espalda, rodillas tembleques, hasta que el banco anuncia otros cinco mil dólares ahorrados y me pongo a inspeccionar las listas. Prometo, tengo que hacerlo, que ando en busca de una relación estable, familia, esposa, de misa dominical y torta de cumpleaños. Pero eso me es tan ajeno; se lo digo a mi perro mientras lo paseo, mientras caga y mira con gigantescos ojos negros a su amo y amigo. En esta vida estamos solos, tú y yo. A mí me arrastran en cadena, como a ti.

Maria, en Kherson, algo pasada de peso, me recordaba las mujeres a las que Benia Krik hacía gozar en las páginas de Isaak Babel. Tal vez prurito literario, pero tetas como aquellas mantuvieron a la humanidad por encima de diluvios. Se lo dije y no me entendió. Conservo fotos de ellas, sin rostro, volúmenes intensos e inmensos coronados por un pezón. Me gustaba de enterizo violeta y cuando se agachaba mostrándolas. Corte garçon, cabello negro. Y miraba como la Ajmátova. Me quedé una semana por encima de lo previsto. El nuestro era sexo maternal. Me amamantaba. Alcanzaba el gozo chupándole los pechos con énfasis de bebé.

Luego la penuria del ghetto norteamericano, la retahíla de las cuentas y días, estaciones pasadas conservando las monedas.

Un día me dije que me encontraría una mujer cerca, vecina, a dos o cinco millas de casa, que pudiese poseerla diez minutos después de llamarla. Probé “americanas”, mexicanas, salvadoreñas. Gigoló fracasado, héroe de la clase obrera sin tiempo histórico. La última, nieta de la guerra civil en Izalco, me decepcionó cuando en El Tamarindo, comedero centroamericano, pidió hígado encebollado de almuerzo. Salí corriendo.

Iba a llegar Navidad y quedaba poco de los ahorros. Extrañaba la nívea Ucrania, la risa de mujeres que hablaban un idioma incomprensible y que al no tener conversación ofrecían cópula. Pues, a sentarme, preparar café cargado sin azúcar, un par de pastas danesas y seleccionar pareja.

Maria tenía 33; Irina 45, de sesenta y dos kilos y rostro un poco ajado. ¿Qué me atrajo? Tal vez eso, que las arrugas guardaban pasado, dolores, certezas, contentos. Rubia de piernas firmes, le quedaba bien el blanco. Me recibió con un crisantemo en la mano, en la estación de Smila, a trescientos kilómetros al sur de Kiev, cerca de Cherkasy. La amé, Tuvimos sexo a orillas del Tyasmyn y me perdí en mis recuerdos de lo leído en Sienkiewicz, justo ahí, con starostas y vospodares y atamanes tártaros. Cosacos cabalgaban por mi cerebro y sus sables cortaron el flujo de sangre de mi entrepierna a la suya. Asumí, al fin, que lo que me gustaba de Ucrania no eran sus hembras sino Gogol.

03/10/17

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Publicado en LA PISTOLA DE CHÉJOV 1, Noviembre-Diciembre 2017, y en Le Coq en Fer (18/11/2017)

Fotografía: Nazar Butkovski

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