17 de mayo de 2018

Integrales

Concha Pelayo

Hoy me encontré con un antiguo profesor de matemáticas de mi época de bachillerato. De entonces acá ha pasado toda una vida, unos sesenta años, más o menos. Casi nada. Me daba matemáticas y física y química y de vez en cuándo, algún bofetón, por díscola o descarada. Un día, mientras intentábamos resolver un problema, nadie daba con la solución y así iba pasando el tiempo hasta que yo, levanto mi voz y digo: "A lo mejor, no lo sabe ni usted mismo." La inmediata respuesta del profesor fue darme con una vara en la cara que tuve una oreja hinchada unos cuantos días. Además de ponerme de rodillas delante de toda la clase. Recuerdo pasar mucha vergüenza pues a mí, el profe, me hacía tilín y me gustaba. Y por eso me dolió mucho más. Pero por supuesto, entonces no se iba con quejas a casa. De estos lances, los padres ni se enteraban pues lo normal es que te llevaras una reprimenda o algún sopapo más. Entonces nos educaban con mucha rectitud y nos enseñaban en el respeto a los mayores y sobre todo a los profesores. Éstos eran para mí, seres superiores en todos los aspectos y yo los miraba con una enorme distancia. Confieso que todavía no sé porqué le dije eso al pobre profesor, cómo se me pudo ocurrir semejante disparate dado que era un profesor de esos, sapientísimos, muy bueno explicando y de hecho, gran parte de la población estudiantil de la ciudad, una vez salíamos del Instituto Claudio Moyano, íbamos a clases de apoyo a este profesor. Nunca llegaré a conocerme. 

Me encontré por la calle, como digo, esta misma mañana, con mi antiguo profesor y nos paramos a hablar amigablemente. Es curioso que viviendo en la misma ciudad, conociéndonos desde hace décadas, habiendo hecho cada cual su vida: bodas, hijos, en su caso nietos y viéndonos casi a diario, solo nos hayamos conformado con saludarnos cortesmente y nada más. Fui yo la que lo abordé pues desde hacía algún tiempo lo veía solo, sin su mujer y tal detalle, y a estas edades....quién sabe, tal vez me hubiera perdido algo. El caso es que me paro delante de él y le pregunto por su mujer abiertamente. Me responde, como si hubiéramos hablado la víspera y me dice que en casa, haciendo la comida. Me dijo que salían juntos tres veces por semana y el resto él paseaba solo y hacía deporte. Menos mal, al parecer todo estaba bien. 

Nos preguntamos por nuestras vidas. Él, como tiene hijos repartidos por toda la geografía española va de acá para allá para asistir a bautizos o comuniones. Qué suerte, le dije, yo no tengo un mal yerno que echarme a la boca. Mi hija sigue soltera y sin ganas de comprometerse pues los chicos, dice ella, "son inmaduros y los buenos están "pillaos".

Me preguntó por mi vida y al decirle que escribía se sorprendió muchísimo pues no tenía ni idea aunque vivimos en una pequeña ciudad y mis actividades literarias no pasan desapercibidas. Pero, claro, mi antiguo profesor se pasa la vida haciendo integrales para que no se le vaya la cabeza, para mantenerse activo. Muy bien: ejercicio físico e integrales. Me dice, señalando el tronco de un viejo árbol que estaba a nuestro lado." Ves, pues mira, ayer le hice una fotografía al tronco de un árbol parecido a éste y cuando llegué a casa, durante cuatro horas estuve haciendo el cálculo de....no sé qué me dijo pues me quedé anonadada. Imagino que calcularía, el diámetro, el radio, el peso, los años de vida....qué sé yo. Imagino que resolvería, por integrales, hasta el número de pastores que se habrían cobijado bajo su copa en un aguacero. 

No hablamos, por supuesto, de mi pobre oreja que se hinchó por aquél terrible golpe, ni le comenté que cuando estábamos en clase, mi compañera de al lado que sabía que me gustaba, cada vez que me miraba ella me daba un toquecito en mi pierna con la suya. Estoy segura 

de que si le cuento esto, pese a los años transcurridos se hubiera puesto rojo. Cosa que le pasaba con frecuencia.

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