8 de agosto de 2018

La apacheta de Ananta

Pablo Cingolani

La apacheta de Ananta está muy cerca de la casa. No se ve desde aquí, pero está ubicada casi en línea recta, hacia el oeste-sudoeste, en las alturas de un cerro conocido como Tataque. Para llegar hasta ella, hay que bajar hasta el río Achocalla, o el río que baja desde Achocalla, y cruzarlo por un puente vehicular, ubicado en un lugar donde de seguro antes estaría el vado para atravesarlo a pie o en mula, ya que allí se acaba un peligroso cañón con temibles acantilados de piedra suelta que caen a pico. Tras cruzar las aguas, subes los faldeos del Tataque, llegas al filo, lo caminas y trepas un trecho y allí está la apacheta.
El río Achocalla es una corriente de agua permanente, es un afluente del río La Paz, que no es otro que el Choqueyapu que nace de los deshielos y vertientes del nevado Huayna Potosí y atraviesa la ciudad de La Paz y luego, con distintos nombres, termina desaguando en el portentoso río Beni, que junto a las aguas del Madre de Dios y del Mamoré, forman el Madera, el afluente más grande del más grande de los ríos: el Amazonas.
Digo, en suma, que estas primeras y mínimas aguas que nacen en las montañas y nevados andinos terminan alimentando las grandes y abundosas aguas de las selvas y que, aunque sea complicado concebirlo, aquí, en medio de estos agrestes cerros, estamos dentro de la cuenca hidrográfica del Amazonas, la más vasta del planeta.
El río Achocalla, a su vez, limitaba las haciendas coloniales de Jupapina y Ananta. Ambas pertenecían a la jurisdicción de Obrajes. Hay registros de ellas en los anales históricos desde finales del siglo XVIII. Hoy para llegar a Jupapina desde La Paz, bajas por los barrios de Obrajes y Calacoto, accedes a la carretera a Río Abajo y arribas tras dejar atrás Mallasa, otra antigua hacienda. Para llegar a Ananta, debes seguir andando y bajar hasta el puente de Lipari. Antes de cruzarlo, hay una entrada a la mano derecha: ese es el ingreso a la parte baja, donde hay agua y campos de cultivo. Ahora, con el auge de las urbanizaciones, hay otra entrada a lo que vendría a ser Alto Ananta, las alturas de Ananta. Por esa vía, es que se llega al puente sobre el río Achocalla y así, como está dicho, a la apacheta.

Ananta es comunidad agrícola; sin embargo su traducción del aymara alude a “acorralar, encerrar en el corral, campo de pastoreo o echadero”, según afirma el antropólogo Mauricio Mamani Pocoata en su libro sobre toponimias altiplánicas. Jupapina no figura en sus páginas, aunque jupha en idioma aymara es quinua, la planta mágica. Tataque, el cerro, viene de tata. Tata “se dice al progenitor, respeto a la persona mayor, personajes de jerarquía”. Es una alusión potente. Tata es Santiago, Tata Illapa, Señor Rayo, la deidad más temida y más venerada de todo los Andes. En las alturas del Tataque, un biólogo una vez y varias veces los comunarios me han dicho que habían visto tarucas, el venado andino. Yo no las vi pero una vez se me cruzó un zorro y siempre que se te cruza un zorro es una circunstancia feliz.

El Tataque y todos los demás cerros de esta precordillera son montañas ásperas y fragosas, como hubiera anotado algún funcionario español en algún informe a la corona madrileña. Son montañas arcillosas, sedimentarias, fragmentadas, llenas de oquedades, abismos y grietas, “badlands” le dicen los geólogos. Fueron escenario de combates encarnizados entre los militares virreinales y las montoneras de indios alzados, acaudillados por el singular Julián Apasa, más conocido como Túpac Katari, la Gran Serpiente.
Cuentan las crónicas del alzamiento y su terrible represión que los hombres, en su huida, caían sin remedio por los desfiladeros y peñas. Que hubo gran mortandad de seres humanos producto de la orografía hostil. Una vez, un borracho culposo, me dijo que entre las grietas que se divisaban desde un mirador, moraba el diablo. También hay duendes que aparecen en las noches, me aseguró una señora al crepúsculo y me rogó que me fuera a mi casa y no anduviese por ahí caminando. Las historias abundan: una pastora dio muerte a una víbora y derrumbó medio cerro. Supongo que habiendo sido estos montes un inmenso e inevitable camposanto, producto de la guerra, esté poblado de ánimas, de errancias, de presencias que son de este mundo pero sobre todo del otro, del mundo del más allá. La apacheta de Ananta corona el paisaje y su belleza y el misterio que lo ronda.

Para la cultura andina, las apachetas son un lugar de unión entre el cielo y la tierra, son un punto de contacto, de encuentro, de reproducción vital. Son altares de piedra, dedicados a la Madre Tierra y a los achachilas o apus, las montañas. Son auténticos monumentos sagrados, de valor ceremonial. Se constituían en hitos, en marcas, que cubrían todo el espacio andino. A la vez, servían para señalar los caminos y los límites entre los ayllus y las markas. Son sitios que no deben ser profanados.

Nosotros encontramos y conocimos la apacheta medio derruida. La volvimos a alzar, por supuesto. En el pasado, seguramente formó parte del linde entre las haciendas de Ananta y Mallasa, al norte. En la actualidad, tras el fracaso noventoso de la creación de un polo urbanizado –que trajo también sus historias y sus desdichas: uno de los inversores fue asesinado por su propia esposa-, estos montes persistieron siendo cerriles. Lo siguen siendo ahora, cuando la fiebre especulativa inmobiliaria, producto del crecimiento urbano, re-intenta hacer pie en la periferia, terraceando los cerros, ocultando las vizcacheras, taponando las quebradas, moviendo millones de toneladas de greda. Esto no ha alterado –aun- la existencia de la apacheta. Sigue ahí, imperturbable.[1]

Alguien dirá: son piedras. Son sólo un montón de piedras. Casi siempre, no vemos las cosas como son, sino como nosotros somos. Nosotros volvimos la apacheta de Ananta un lugar de peregrinaje y encuentro entre amigos, algunos, pocos, todos agradecidos, y la volvimos también un lugar ritual, al uso propio: allí, hace tiempo ya, despedimos a la almita de Spinetta, que había partido por el espacio a encontrarse con el Capitán Beto, y también, otra vez nos reencontramos con lo sagrado, con lo vivencialmente sagrado, y challamos el disco del Gabo Guzmán, que no es un disco: es un discazo.

Acudimos siempre hasta la apacheta también por un motivo crucial y decisivo: te cambia la mirada, te la ajusta y refresca, te altera y te alienta la perspectiva, la tuya, pero nueva. Siempre recuerdo otra anécdota, esta vez de Bruce Chatwin.
Él era el curador de la casa de remates artísticos más conocida del mundo, allá en Londres, y andaba todo el tiempo mirando de cerca cuadros, joyas, obras de arte. Se sentía ahogado, nervioso, malhumorado. Hoy diríamos: estaba deprimido. Sentía que tenía los ojos cansados y que ese cansancio ocular, lo estaba matando.
La cosa es que fue a consultar a un oculista y el especialista le dijo que no tenía nada en los ojos. Pero el malestar persistía así que fue de un psiquiatra o de alguien que podía curarlo, de alguna manera u otra.
El facultativo lo escuchó y dio su diagnóstico: Chatwin estaba enfermo por detallista, por estar todo el día buscando imperfecciones en cosas pequeñas, por mirar sólo de cerca. La medicina era fácil, era hacer lo contrario: debía salir al sol, debía buscar espacios amplios, extensos, infinitos donde volver a encontrar su mirada, su verdadera mirada.
Chatwin entendió el mensaje, renunció a su cargo de curador, agarró su mochila, mandó a la mierda a Londres y se fue a patear por los desiertos de Asia, por las montañas del Pamir, a reencontrarse con la calma y con el buen vivir con los ojos bien abiertos.
No digo que lo mismo tiene que sucedernos a todos pero luego Chatwin, merced a ese detonante y a esa decisión heroica, se volvió uno de los escritores viajeros más celebrados de la historia del mundo. Y todo por una cuestión de perspectiva, todo por saber desarrollar una mirada panorámica, una mirada estratégica, de ese mundo ancho y que puede que sea ajeno, sólo hasta que te animas a apoderarte de él y de su encanto.

Desde las alturas de la apacheta de Ananta, la vista panorámica que se aprecia es magnífica y alienta siempre a eso: a aguzarla, a proyectarla, a curarte de las acechanzas que acarrea estar mirando este aparato donde escribo o la televisión o el telefonito que ahora llaman, con cinismo, inteligente.

Si miras hacia al sur, la vista se alarga y se alarga y no sólo ves los verdes campos de Huajchilla y Las Carreras, camino al histórico pueblo de Mecapaca, que no lo ves porque está escondido entre los cerros tras que se inundó y fue elevado al sitio donde ahora se ubica, sino que también ves las extensas playas de puro huayco derramado de Avircato y más allá el valle del río que se pierde, se aleja y se acerca, depende la luminosidad del día y como la procesan tus ojos. Arriba, hacia el sur, se intuye, muy a la distancia, demasiado lejos, el pueblo de Cohoni, en los faldeos de la Gran Montaña, el Illimani, que está allí, aunque tampoco lo veas.
Lo ves al Illimani, si desde la apacheta de Ananta, trepas el cerro Tataque en dirección noreste. Hay unos peñones de arenisca alucinantes, tallados a puro viento y lluvia: desde su base, comienzas a observar la nieve eterna del cerro-guía. Es una imagen que impacta y es dudoso que la olvides.

Si miras hacia el norte y el oeste, lo que ven tus ojos desde las alturas de Ananta es, francamente, algo irrepetible: debajo ves, yaciente, a la ciudad de La Paz, a sus edificios que han poblado la base del antiguo valle del río Choqueyapu, brillando sus vidrios al sol, en el medio de una hoyada apabullante.
No te cuesta nada imaginar a medio millón de personas, yendo y viniendo, afanosas, ensimismados en sus asuntos, todas ahí, metidas allí adentro. Si sigues viendo, elevas la vista, ves el borde perfecto, cortado a pico por algún coloso, donde empieza el altiplano y donde sabes que está la ciudad de El Alto, otro medio millón de seres, buscando su vida, en lo que antes fue un páramo donde sólo crecían la paja brava y la thola.
Pero hay más y es más acuciante e intrigante aún: más arriba, a la vista, se yergue la cordillera de los Andes, que te agasaja y celebra tus ojos con la presencia perpetua de uno de los nevados más bellos de todos: el Huayna Potosí, símbolo de El Alto precisamente. Su visibilidad depende de la nubosidad del día, pero cuando el cielo está despejado y el sol radiante, lo ves ahí, tan lejos a la distancia pero tan cerca de tu corazón, que no puedes más que agradecerle todo el alimento espiritual que te procura, toda la vitalidad con la que renueva tu sangre.
Si corres tu mirada más al hacia al norte y la bajas y la enfocas, veras, finalmente los mágicos cerros rojos que se angostan en lo que hoy son los barrios paceños de Amor de Dios y de Aranjuez, y para terminar de ver, allí la tienes a la waka menor, el gran santuario cósmico que enseñorea la zona sur de la ciudad, y que es conocida popularmente como la Muela del Diablo, y otra vez don Sata, el Supay, apareciendo en este texto.

El detonante de este escrito fue que hace unos días acudí hasta la apacheta de Ananta a ofrendarla para pedirle a la Pachamama por un amigo (y su ajayu) que también días atrás había vivido un accidente de carro tras volcarse, producto de perder el control patinando por un planchón de hielo en la puna de Jujuy, a donde había acudido, y nada es casual, a honrar a otra apacheta, ubicada en el cerro Chaupi Orko, también conocido como cerro Branqui, en el límite binacional entre Argentina y Bolivia. Ese día, yo había acudido en sincronía a las apachetas del cerro Mullumarka. A su retorno del Branqui, mi amigo sufrió el accidente. Había que hacer algo, por si acaso.

Ama y haz lo que quieras, sentenció San Agustín. Ama a las montañas y haz lo que quieras, diré, parafraseándolo y siguiendo la huella.
Hay magia. Y si hay magia, hay esperanza: es el imperio de la expansión de la mirada, de la transformación radical de la mirada. Hay tanta belleza aguardando, hay tanta serenidad develada, hay tanta iluminación que late, hay tanta inspiración que brilla, que sólo hace falta eso: amar e ir a buscarla.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 21 de julio de 2018


[1] Hay algo que no cuaja en todo el aparente frenesí urbanizador. En general, los nuevos moradores de estos parajes son siempre gente trabajadora, que baja de las montañas cercanas –de Cohoni, de Collana, de Chanca- o viene de otros valles próximos –de Sapahaqui, de Caracato- o baja desde El Alto, buscando abrigo.
Los habitantes urbanos de La Paz –sus clases medias, los ricos- no se deciden a venir a vivir aquí. Los motivos no los sé a ciencia cierta o los sé pero son retazos de una psicología muy empírica, producto de conversaciones, farras, impresiones mías: hay, existe, algo así como un desapego a las montañas.
La montaña está bien que embellezca el horizonte de la ciudad –eso es el Illimani para el “urbanoide”: una especie de fastuoso decorado- pero vivir en la montaña, convivir con ella, no gracias.
Goya diría: el sueño de la razón urbanizadora produce monstruos. Un edificio sin estrenar y que nadie habita en bajo Lipari. En construcción un condominio de ¡11 edificios!, que ya huele a cadáver de cemento y fierro porque es un delirio o algo peor. Encima de la quebrada de Huacallani, las máquinas volvieron todo, tierra yerma y allí sí arrasaron con una waka hampatu, un sapo de piedra, un santuario. Puras urbanizaciones fantasmas. Miguel Sánchez Ostiz fue a caminar conmigo por esos lados y luego, al sobrevolarlos rumbo a Sucre, quedó estupefacto y me aseguró que pensó que volaba sobre una mina a cielo abierto.
Ojalá esto cese y yo me equivoque y los paceños, especialmente los changos, vuelvan a mirar a los cerros con otros ojos y se apropien de ellos, para así expandir su hábitat, revalorizar el entorno natural y mejorar de verdad la famosa calidad de vida con el factor decisivo que involucra al paisaje, a las emociones estéticas y físicas que procuran la caminata, la travesía y el ascenso a las montañas, todos beneficios gratuitos que atesora el sudeste y el vivir entre ellas.
Creo que la esencia viva de La Paz es esa: su cualidad montañesa y que si algo diferencia y distancia a La Paz del resto de las ciudades del mundo –las ciudades son todas iguales dijo algún poeta, los no-lugares dijo algún sociólogo- es, precisamente, eso.
Julio de la Vega, que en paz descanse y que fue mi amigo, paceño por adopción, alguna vez me contó que en Gesta Bárbara, la segunda, había una especie de polémica fraterna que tenía que ver con la “huida” de la ciudad, la ciudad de La Paz post revolución del 52, la ciudad que quería comenzar a ser ciudad, ciudad moderna, y que por eso mismo, sus moradores-creadores comenzaban a volver a mirar el campo, como núcleo nutriente de la cultura y la vida, que en realidad son lo mismo.
Así las cosas, según don Julio, habían los escritores, como Mario Guzmán Aspiazu, autor de Hombres sin tierra, que veían la huida, ahora sin comillas, hacia arriba, hacia el altiplano, hacia la inmensidad árida del Urcusuyu. Había otros, donde él se incluía y lo agregaba al sin igual y tarijeño de origen Oscar Alfaro, que huían hacia abajo, río abajo, desde donde escribo.
El motivo, me contaba Julio, era muy simple: querían ver árboles. Árboles como los molles y como los sauces que aquí pueblan el fondo de los valles. Cuento esta anécdota con cariño porque ejemplifica bien ese impulso hacia la naturaleza inspiradora que venía anotando. Desde ya que hoy, con las facilidades de transporte que existen, uno puede conciliar y disfrutar de los dos ámbitos: la serena majestad de la altipampa con la agreste presencia de los valles que se derraman desde sus alturas, valles manchados de verde, aquí y allá, y donde los pájaros cantan y alegran un paisaje duro, imponente, pero vivo.

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