Hay que empezar por algún lado

Pablo Cingolani

Vas y volvés sobre las mismas heridas cuando ni siquiera supiste nunca donde se libraba el combate

Vas y volvés sobre tu propio desasosiego, tu propio desencanto, tu propia angustia y sólo porque te aferras a eso que crees que es la vida, cuando la vida, en verdad, la vida es otra cosa

La vida no es lo que te contaron, menos es lo que leíste en libros, menos que menos es algo que pueda definirse como ismo, menos que menos la vida tiene que ver con ideología

La vida, la vida plena, la vida de verdad, sólo tiene que ver con poesía, más no esa poesía libresca y distante, sino con la poética de vivir la vida cotidianamente, más allá de ataduras, más allá de convenciones que te desgarran y te amputan la boca y la piel y el canto –todos deberíamos cantar, cantar por cantar, como cantan los pájaros

Esa distinción entre naturaleza y cultura, eso es lo que nos está matando, eso es lo que te está matando –ese es el límite: toda la filosofía occidental, desde Platón hasta Hegel, y hasta más acá también, insisten en desgajarnos, persisten en el tajo, la fisura, el abismo, el desgarro

No hay desgarro, no hay grieta, no hay desconsuelo, no hay inundación, no hay traición, si caminas la vida como si fuera un poema que vas escribiendo contra ese mismo muro que ellos te han impuesto, contra la muralla de idioteces y prejuicios y chismes y banalidades que vos mismo te crees, y los transitas como si fuera la vida: pero no es la vida, es la simulación de la vida, es la desolación en vida, es el hastío, es la nausea, es la nada, la tierra baldía, la puta nieve amarilla como diría el señor Frank Vincent Zappa

La vida no es lo que te contaron que era: asúmelo, investiga, prueba, falla, camina, vuelve a levantarte, trepa, cáete, vuelve a levantarte

La vida no la puedes leer en libros: eso te protege si pueden cuidarte, más si vas por el camino verdadero, tu propio camino, donde sólo tus fuerzas servirán para ampararte, no esperes que página ninguna pueda guiarte. Confía en tus pies, en tu piel, en tus labios. Confía en lo que te dicta el viento, en lo que se escurre entre los hielos, en lo que brilla la nieve. Confía, si la huella te lleva hasta ella, confía en tu OPM, si acaso pueda volver algo tan maravilloso como eso, como una Organización Político Militar. Por de pronto, confía en tu gato[1]

Confía en la mirada de tu gato

Eso era antes. Todos éramos humanos. Cuando digo todos, somos todos, o mejor dicho: éramos todos. Y todos somos todos: nosotros, los gatos, los demás animales, los helechos y todas las otras plantas, las piedras, las montañas, el viento, la lluvia, la arena, el peñasco, la orilla, el misterio, todo. Todo era humano

Hubo un diluvio, un colapso neuronal diría W. Burroughs, una catástrofe, hecatombe, apocalipsis, algo hubo, algo tremendo, algo (hasta hoy) aparentemente irreversible, algo que nos alejó para siempre, algo que nos sigue alejando, nos sigue negando, dañando, haciendo daño

La virtud –el arjé que no comprendieron los helenos- era no diferenciar. No sentirnos superiores. No creerse ese versito del neón, de la publicidad, de la civilización (sí, siempre sí, a la barbarie), la cultura frente, adversa, hostil, contraria a la naturaleza. Eso era antes pero puede ser también ahora, para desmontar todo este simulacro, para abolir todo el dolor y toda la mierda que nos roe y nos rodea

Confía en la mirada de tu gato

Hay que empezar por algún lado.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 11 de septiembre de 2018


[1] Vale lo mismo para can.

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