4 de noviembre de 2018

La montaña de las aguas que se bifurcan


Pablo Cingolani
Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.
Jorge Luis Borges: El jardín de los senderos que se bifurcan

Umapalca, en aymara, el idioma de los indios de los Andes de Bolivia, se puede traducir como el lugar donde las aguas se bifurcan, sic, según Mamani Pocoata: “Pallqa significa el lugar donde se bifurca el camino, o el río en dos direcciones diferentes”. Uma es agua. La montaña, omnipresente, hace el resto.

Hoy estuvimos en Umapalca, salimos desde Antaqawa, zona de pastoreos, bajamos al valle de los cactos, el lugar donde crece el achuma, el bendito san pedro, y luego, en el camión de mi medio tocayo, el Roberto Pablo, llegamos hasta Umapalca.

Roberto Pablo, hay que decirlo, era un verdadero aymara, oriundo del lugar: conocía todos los nombres de la geografía, conocía sus señas, sus marcas –allá hay un cerro rojo, más allá una laguna, nos decía mientras domaba a la bestia por un caminejo que trepaba y trepaba- y yo me sentí feliz al conocerlo.

Quiero a todas las personas pero quiero más a las personas que saben donde pisan, que son arraigo y memoria, que son un espejo donde poder mirarse sin temer a perderse. Roberto Pablo fue una señal de los dioses, Viracocha me lo mandó para que lo conociera: Yo, por si acaso los dioses estuviesen muy ocupados en sus asuntos, le pedí el número de su celular.

De Umapalca, territorio de áridos y de areneros, fuimos subiendo. Había que meterle pata, amigo: llegamos, según el GPS del teléfono de la Caro, hasta los 4164 metros sobre el nivel del mar.

El paisaje era absorbente, soberbio, imponente: adjetivar esa belleza nunca alcanza. Dominaba el ichu, la paja brava, estábamos en algo así como “ichulandia”, el país de la paja brava, un país extraordinario y salvaje, un país dentro de otro país y de la memoria de otros países (pensé en Bolivia, rememoré el país de los cinco suyus, y al Kollasuyu más específicamente).

Estábamos en otro país: la puna, mi amor, la bendita puna, ¿es otro país la puna? En sus soledades insondables, en su altura inabarcable, cualquiera, vos, yo, puede pensar que sí.

Allí, en la puna, allí, a 4164 m.s.n.m., allí, Umapalca arriba, allí donde no hay nadie, sólo el ichu que se aferra al suelo y a la piedra, sólo mandas vos: es tu soberanía personal la se que impone. Tu soberanía y la del viento que aúlla y la tormenta que se acerca, acecha.

Fue entonces que allí, en medio de todo ese aislamiento y toda esa montaña, pensé en Borges, pensé en la correspondencia –asombrosa- que alienta este escrito. Lo que se bifurca y lo que, a la vez, confluye:

"Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan", dicta Borges.

Pensé: que la montaña de Roberto Pablo, la montaña de Mauricio Mamani Pocoata, pueda seguir su huella. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres pero lo que no puede hacer un hombre, si es hombre y sin destruirse a sí mismo, es negar la esencia de ese hombre, así sea su enemigo.

Pensé en salares, en tholas, en mares de fósiles corales. Pensé con orgullo en otro Pablo, en Zarate Willca.

Pensé, en el medio de la más absoluta de las soledades, a 4164 m.s.n.m., que lejos estamos hoy de la nobleza, del honor, de la hidalguía, de la poesía, de la guerra justa.

Pablo Cingolani
Antaqawa, 23 de octubre de 2018

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