La primavera de nuestro descontento


Jorge Muzam

Primero fueron los chicos secundarios del Instituto Nacional saltando la valla del Metro de Santiago. Los primeros valientes desafiando el acorazado sistema chileno, ese emblema mayor del neoliberalismo mundial.

Luego fue la calle, la gente simple, los Bartleby de Arica a Punta Arenas que dijeron basta. Y no solo dejaron de hacer su trabajo rutinario, sino que se pusieron el pañuelo al cuello y salieron a marchar, a llenar las alamedas, a devolverle a patadas los gases disuasivos a la policía. La muchedumbre alegra sus días y noches cantando los himnos de esta gran ocasión: "El baile de los que sobran", "El derecho de vivir en paz", "El pueblo unido jamás será vencido", y "Bella Ciao" por supuesto. Trompetas por la Alameda. Zampoñas en Tarapacá. Acordeones en Chiloé. También salieron las sinfónicas a la calle a dar el réquiem a las iglesias antes de ser quemadas. No aparecen entre la multitud más banderas que la mapuche, una que otra anarquista, escasas chilenas. Ante otros emblemas la poblada se muestra intolerante. Los grandes medios graban desde kilómetros de distancia, camuflados en alguna torre, porque si se acercan los ajustician a patadas en el culo por mentirosos y rastreros.

En la calle la policía anda descontrolada, a ratos superada, disparando como quien derriba patos de feria. Y luego los milicos apaleando al pueblo, a la multitud, a los más lentos, a las mujeres, ancianos y niños.

Una imagen se superpone, un símbolo, el perro Matapacos, un quiltro negro con pañuelo rojo sin más pedigree que la calle, la supervivencia, el estar en cada protesta, y siempre del lado de los pobladores, gruñéndole a la policía, a la milicada, al privilegiado.

Los medios de comunicación ofrecen una cura de espanto. Tratamiento Ludovico a domicilio. Los jerarcas no ceden. Los radicales tampoco. Es lucha de clases de última generación, fratricida, hasta las últimas consecuencias, "o si no pa qué", es la consigna de los más jóvenes. El cadáver de Marx observa perplejo. Bakunin sonríe. La juventud suma medallas de Primera Línea. Esquivar un balín es ya una proeza, inutilizar un guanaco, abollar una tanqueta.

El resentimiento que aceita el motor de la historia goza de buena salud. Millones de caballos de fuerza en las calles. Espolonazos reiterados al castillo de naipes que sostiene el neoliberalismo, esa utilería circense, manga de rubios emburbujados, doctorados en estafas múltiples bendecidos por la Casa Blanca.

Chile se adelanta a los tiempos. Es el festín de los sin miedo, los indisuadibles, la morenada explotada que saborea porotos con riendas para sobrevivir al infortunio. Una consecuencia inmediata: los chilenos han vuelto a conversar, en cada mesa, en cada barrio, se revisiona la estructura del Estado, ya sin respeto alguno por la verdad bíblica del neoliberalismo. Tampoco se habla de socialismo. Solo de justicia, de redistribución, de acabar con el abuso de una elite aprovechadora, enferma de codicia.

En la calle prosigue la fiesta de la revolución. Los jóvenes son naturalmente alegres y contagian a los adultos. La ronda del descontento es transversal. Las abuelas dan su bendición desde las casas, aplauden con orgullo, hacen sonar cacerolas.

El gobierno juega la única carta que le queda: el desgaste del descontento. El lumpen es su mejor aliado, los carteles narcos, las mafias, pues saquean y destruyen a vista y paciencia de la policía. Y los grandes medios confunden, como diciendo, era mejor lo que había hace 40 días. 

Se ha convocado a Fouché a palacio.

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Imagen: The Clinic

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