Márcia
Batista Ramos
Tal vez, porque
aburrirse hace parte de la existencia humana, el aburrimiento fue el espacio de
inspiración donde Charles Pierre Baudelaire (1821-1867), poeta y ensayista francés,
encontró las palabras exactas para unirlas en forma de versos y escribir sus
más afamados poemas. Confirmando, así, que él era un ser humano excepcional, ya
que somos tantos millones de millones de seres humanos en el planeta, y solo
sabemos utilizar el aburrimiento para aburrirnos y no así, para la creación
artística; mientras él, hizo del espacio de aburrimiento un espacio vital de
creación ya que jamás, rehuyó al aburrimiento y tuvo la capacidad de
transformarlo en producción artística.
Cuentan sus biógrafos,
que Charles Baudelaire identificaba el aburrimiento más importante como
“ennui’, que se caracterizaba por ser más vital, una especie de tedio y llamaba
spleen, a la melancolía, que, para él, era un tanto más fisiológico como la
pereza. Sin embargo, sea cual fuere el tipo de aburrimiento, Baudelaire lo
utilizaba como espacio vital de creación. Ya que él no tomaba el aburrimiento
como hora muerta o vacía. Por el contrario, el tiempo muerto para él,
mínimamente, servía para observar el mundo y sus circunstancias; era un artista
y un intelectual, una mente acostumbrada a pensar sin descanso; tal vez así, se
hizo poeta; tal vez, por eso, se hizo poeta.
Su poesía se
caracterizó, por un enfoque caustico y un sentimiento de orfandad, unido a una
búsqueda constante de la belleza formal.
En su vida
personal, mantuvo un comportamiento inapropiado para la época, que hizo con que
Charles Baudelaire, sea rechazado tanto por su familia como por su país, como
resultado de una aparente psicología inversa, eso lo llevó a la consagración
mediante el escándalo.
Al sentirse
incomprendido por las mayorías, que no apreciaban la profundidad de su espíritu,
creo una especie de mecanismo de defensa, que lo llevó directo a la certificación
de su superioridad como artista y de la valoración artística de su obra.
Digamos que, lo que le empujó hacia adelante, fue el honor del rechazo hacia
todos aquellos pensamientos que él tenía y nadie entendía ni supieron ver.
Su obra estuvo
impregnada por la visión del mal y su vida marcada por la bohemia y los excesos.
Así, su experiencia creadora se rige por la búsqueda de la experiencia extrema
y diversa.
Siendo que fue
el poeta de mayor impacto en el simbolismo francés afirmaba que: “Por la
modernidad me refiero a lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente que
constituyen la mitad del arte, lo otro es el eterno y lo inmutable”[i]. Tal vez, por eso, fue considerado el
iniciador de la poesía moderna y quien acuñó el término “modernidad”
(modernité). Sin su obra “Las flores del mal”, no se entiende la poesía de Rimbaud,
de Verlaine, de Mallarmé y de los modernistas ya que es la llave que abre la
puerta a la poesía de todo un siglo.
Las Flores del
Mal: Este poemario, escrito a sus 23 años, resume el ideal estético de Charles
Baudelaire ya que representa su camino de búsqueda de la belleza y de los
ideales que terminan en las zonas más profundas y sombrías del espíritu humano,
como la perversión, el sufrimiento, el desarraigo o la autodestrucción; es una
obra dividida en seis partes, aunque cada poema en sí mismo tiene un valor y
significado característico.
El primer poema,
que sirve como introducción, está dedicado al lector y es el que abre las
diferentes secciones: “Spleen e Ideal”, “Cuadros Parisinos”, “El vino”, “Las
flores del mal”, “Rebelión” y por último “La muerte”; en la primera parte el
poeta, exterioriza diversas formas de evasión atraídas por los ideales de
belleza, de arte, de amor concluyendo en el “tedio” y en “la conciencia del
mal”.
La segunda parte
contempla la ciudad de París y a sus habitantes, donde se acerca a los
submundos de la ciudad y analiza el problema de la condición humana: “el mal”.
En la tercera parte, los poemas contemplan el intento de huida a los paraísos
artificiales, y su fracaso. La cuarta parte, que da título al libro, trata de las
inmensidades del mal y sus diferentes manifestaciones, por ejemplo: la
perversión o la violencia. Extrayendo la poesía de estas maldades como recurso
a su fastidio. En la quinta parte el autor opta por la negación, la blasfemia y
por Satanás. En la sexta parte, el poeta aspira al reposo y el descanso que
solo son posibles con la muerte, dejando claro que, para él, la muerte
representa la esperanza de encontrar una salida al dolor y sufrimiento. Se
invita a sí mismo a la muerte, al viaje final.
La primera
edición del poemario “Las Flores del Mal”, data del año 1857, el año de la
muerte de su padrastro y del cambio de residencia de su madre - la persona que
representaba su refugio y que tantas veces le socorría con dinero-, a la
localidad atlántica, normanda y costera de Honfleur, completamente alejada de
París.
Mientras que, la
edición definitiva aparece en el año 1868, ya que, en la primera edición,
fueron censurados varios poemas por ser considerados un ultraje a la moral
pública, momento en que la obra fue difamada y calificada en, el diario francés,
Le Fígaro en los números 5 y 12 de julio
de 1857, en dos artículos: “Lo odioso
choca con lo innoble; los repulsivos se alían con los infecciosos ” o “Un
hospital abierto a todas las demencias del espíritu, a todas las podredumbres
del corazón”, como consecuencia, Charles
Baudelaire se vio obligado a comparecer al juzgado por delito de ofensa contra
la moral pública. Baudelaire elaboró una estrategia de ardua defensa. Interpeló
contra todos aquellos que le juzgaron la postura provocante del genio
incomprendido, reivindicando la autonomía del arte, desvió a su favor, una
circunstancia desafortunada; empero, Baudelaire y su editor tuvieron que pagar
fuertes multas.
Además, en la
misma ocasión seis poemas fueron censurados por insultar a la moral y fue prohibida
su publicación, hasta que casi 100 años después, cuando el Tribunal de Casación
anula la condena y los poemas fueron rehabilitados el 31 de mayo de 1949.
Los poemas
censurados fueron: Les Bijoux, Le Léthé, Al que es demasiado gay, Damned Women,
Lesbos y Les metamorphoses du Vampire.
Baudelaire se
convierte en colaborador de Le Figaro en 26 de noviembre de 1863, el mismo
periódico que lanzó duras críticas a su poemario años antes, reconoció su
capacidad y genialidad. Escribe y publica poemas y artículos en prensa, y
también escribe un drama inconcluso.
Desde sus
tiernos veinte años, su madre ya lo consideraba rebelde y perdido, tal vez por la
influencia del marido, el padrastro de Charles Pierre, pero también, porque él
joven Baudelaire era demasiado turbulento, bastante revoltoso e indisciplinado.
Asiduo cliente de prostíbulos -en uno de ellos, había conocido a Louchette, su
primer amor y fuente de inspiración conocida – fue bohemio empedernido;
dilapidó la herencia paterna con sus despilfarros y empezó a endeudarse, lo que
motivó el bloqueo judicial de su herencia a petición de su familia.
Por la
truculenta vida erótica que tenía Charles Baudelaire, asiduo frecuentador de
prostíbulos, contrajo sífilis, en una época en que no existían antibióticos,
entonces el deterioro de la salud del poeta fue inevitable.
Su vida privada
fue inestable e impúdica, tanto es así, que, en tres años, hasta 1845: alquila
un piso en la Isla de Francia antes de vivir en cuarenta domicilios más,
seguramente, porque ningún arrendador soportaba los escándalos perpetrados por
el memorable inquilino.
En los burdeles
que frecuentaba, traba amistad con el escritor Théophile Gautier, su principal
patrocinador en los años siguientes; conoce a la actriz mulata y haitiana
Jeanne Duval (1820 -1862) -su “Venus negra”, su “amante entre las amantes”-, su
gran y tempestuoso amor hasta el fin de sus días; se intenta suicidar y publica
su primer libro, “Salón de 1845”.
También se hace
amigo de los pintores Gustave Courbet, quién lo retrata y de Édouard Manet que
retrató a su amante, Jeanne Duval. La concepción estética que Charles
Baudelaire tenía de la pintura abogaba por una modernidad y una ruptura con la
tradición que vio en la obra de Eugène Delacroix, otro amigo suyo.
Baudelaire
cultivó y propuso una modernidad poética y artística que tendió un puente hacia
el simbolismo y el decadentismo, empero, tomó pie en los furores románticos
para tomar su rumbo.
La aparición de
sus libros Salón de 1845, 1846 y 1859 (críticas de obras expuestas en los
salones de arte parisinos, de los respectivos años), unidos a libros como “El
arte romántico 1852” y “El pintor de la vida moderna 1863”, hicieron de
Baudelaire el mayor crítico del arte del siglo XIX, asimismo, del arte moderno.
Además, logró reconocimiento como impulsor de la modernidad.
En literatura,
tradujo al francés varios de los libros de Edgar Allan Poe. También, estudió e hizo un ensayo sobre Richard
Wagner y sus composiciones.
El talento no siempre
anda acompañado de la cordura, por eso Charles Baudelaire dejó el vino y otros
licores y se dedicó al opio y al hachís, además, empezó a frecuentar el selecto
“Club des Haschischins”.
Los estudiosos
de su vida y obra convergen a que toda la presunta atracción de Baudelaire por
lo diabólico, por lo maligno o por lo carnal, no se dio en un grado de
exaltación positiva, ni mucho menos, sino como reflejo de una desesperanzada
imposibilidad de cumplir con la espiritual atracción opuesta: lo angélico, el
bien y la virtud. Del mismo modo, pareció encontrar el placer en el dolor o la
belleza en la fealdad, la blasfemia como declaración de fe y afirmación de
Dios.
Una vida marcada
por las drogas y los prostíbulos arrasan completamente con la salud del aun
joven Charles Baudelaire y lo llevan hasta el más amargo fin, ya que a los 41
años se encuentra arruinado, subvencionado por el Estado para sobrevivir,
perseguido por los acreedores cuando Jeanne Duval fallece en 1862, marcando el
comienzo del fin del poeta que empieza a sentir la pertinaz labor de la sífilis
que le trae vértigos, neuralgias y finalmente un desmayo que anuncia el final.
Luego, la
sífilis que padecía le causó un primer intento de parálisis en 1865 y los
síntomas de afasia y hemiplejía, que arrastraría hasta su muerte, aparecieron
con violencia en marzo de 1866, cuando sufrió un ataque en la iglesia de Saint
Loup de Namur. Fue trasladado de urgencia, por su madre, a una clínica de
París, permaneció sin habla, pero lúcido hasta su fallecimiento.
Hemipléjico y
mudo durante un año, Baudelaire, vivió bajo los auspicios de su madre, se sometió,
a duros tratamientos en un sanatorio de agresivas terapias. Nada resultó. Su
cuerpo se encontraba totalmente deteriorado. Tras una prolongada agonía, muere
el 31 de agosto de 1867 y es enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la
tumba de su padrastro, a la espera de la llegada, cuatro años después, del cuerpo
de su madre. En la lápida se lee “Rogad por ellos”.
[i] Charles Baudelaire, “The
Painter of Modern Life” in The Painter of Modern Life and Other Essays, editó y
tradujo Jonathan Mayne. London: Phaidon Press, 13.
Bibliografía
Medina Arjona, E. (2009). Lectura.
Recepción de Baudelaire en España. En liña, Rapsoda, Revista de literatura,
(1), 128-134.
Mogollon Zapata, J. M. (2018). De
culpable a perseguido: Baudelaire y el proceso de Las Flores del Mal. Revista literatura: teoria,
história, crítica, 20(1), 167-189.
Vila, P. (2015). Baudelaire:
Comentario a Las Flores del Mal.
Ruiza,
M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Charles Baudelaire. En Biografias
y Vidas. La enciclopédia biográfica en línea. Barcelona (España).
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