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Punta Arenas, ciudad fantasma

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -. Punta Arenas, la ciudad más austral del continente americano, antes de la isla de Tierra de Fuego, es, en otoño, cuando empieza a soplar el viento del estrecho de Magallanes, una ciudad que resulta fantasmal. Allí llevan a los jubilados internacionales, turistas del lujo, a visitar el cementerio, cosa que estos hacen acoquinados –menos una pareja de japoneses que se reía a todo reír de la variada oferta de panteones… tal vez porque su muerte no es la nuestra, a saber–. Es una ciudad de puertas cerradas más que abiertas, de múltiples devociones religiosas, de vida de guarnición, que a pesar de los negocios petroleros y ganaderos, ya fue, aunque los grandes buques del Pacífico sigan amarrando, todo luces en la noche, en su puerto de brumas. Por Punta Arenas ya pasó la furia del sindicalismo libertario, los crímenes impunes dela patronal, las pesquisas de los naturalistas y antropólogos, los alardes del poder omnímodo de los estancieros rastacueros,
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Las semillas de la discordia

Los sueños vienen del mar, las vidas de una semilla. Vieron una planta que no había dejado caer sus semillas ya maduras, las mujeres se acercaron y las cosecharon, no tuvieron que doblar su espalda y recogerlas del suelo, por primera vez, a las semillas. Luego fueron sembradas, la planta ya no era silvestre, inició su domesticación natural. Luego de haber generado por su sobrevivencia y de forma natural, las hojas necesarias, las plantas mutaron naturalmente. La naturaleza siempre vino en ayuda del ser humano. Darwinismo, positivismo, ideologías y ciencias se enfrentaban. Todo por el poder, naturalmente. Las ideas no se sienten realizadas si no ganan el duelo, los hombres también. Con el Covid-19 entramos en una nueva época, el Pandemioceno, el Antropoceno ya se fue, dejamos atrás ruinas y escombros de una magnitud nunca vista antes. Ahora serán los virus en dictar las reglas, los humanos abrieron caminos absurdos, Bacon desesperado, Schiller sin palabras, la sexta extinción declarada.

Las palabras que nos habitan, ¿cuáles son las favoritas de escritores y poetas?

Homero Carvalho Oliva Las palabras son como monedas, que una vale por muchas como muchas no valen por una. Francisco de Quevedo Las palabras que nos habitan son energía que sale de nuestro cuerpo, cada una de ellas es una semilla de las que ya vienen y, a veces, una palabra es suficiente para describir, definir, reflexionar, nominar, acariciar, condensar, descubrir el universo y sus vicisitudes, en fin…sirven para mostrarnos, escondernos, agazaparnos, así como para emboscar, viajar, construir y destruir, amar y desamar, vivir o morir. Hay palabras que se bastan solas, otras que necesitan compañía e incluso existen las que se quedan huérfanas si no las protegemos con otras de su familia. El maestro Borges afirmaba que “el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de ‘rosa’ está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo”. Octavio Paz, obsesionado por las palabras las describe así: “Palabra, voz exacta/ y sin embargo equívoca;/ oscura y luminosa;/ herida y fuente: espejo;/ espejo y

Las cosas que (me/nos) pasan: Gregoria Nina

A Carolina Escribo, vuelvo a escribir, después de tanto dolor y tanta tristeza, porque, simplemente, no quería escribir porque, consecuencia, esa tristeza y ese dolor, eran tan fuertes, que me impedían hacerlo. Pero hoy, 17 de mayo, 2022, nochecita, pasó algo tan increíble, tan vital y sustantivo, que más allá del dolor y la tristeza, debo escribirlo. Fue así: ­­- ¿Tu eres virgo, no ve, Pablo? - me lanzó en mi rostro Gregoria Nina. -Sí -le contesté, sorprendido- ¿y tú? -Yo también, nací un 9 de septiembre… -Yo, un 29 de agosto… - ¿ves? Nosotros somos tierra, tierra somos… Mi sorpresa era inaudita. Me dejé llevar, dije: - ¿Y? -Nosotros no tenemos miedo, Pablo- sentenció la Gregoria Nina. ¿Viste cuando te cantan tu vida en verso en tan solo dos palabras? ¿Viste cuando necesitas que alguien te lo diga? ¿Viste cuando todo lo demás se licúa en el océano intrascendente de la necedad y como decía mi general San Martín, seamos libres y lo demás no importa nada? ¿Viste cuando necesitas que al

Canciones de Serge Reggiani

Claudio Ferrufino-Coqueugniot Treinta y cinco años atrás, Michèle Lemaître me regaló un disco de Serge Reggiani. Lo escucho ahora, a las 2:52 de martes de Denver sol y estáticos verdes sin viento. Amiga de mi hermana, visitaba Cochabamba. La llevé a conocer una región entre Quillacollo y Vinto, subiendo hacia la montaña, a la izquierda de Anocaraire. “Francia”, le dije, porque esos paisajes necesitaban de Sisley y Derain para guardarlos. De Cézanne. Vimos la quebrada de La Llave de lejos, boscosa, que subía hacia la parte trasera del pico Tunari. La había trepado ya, con dos amigos, siguiendo las huellas de mi padre que hizo Cochabamba-Palca (Independencia) en cinco días a pie. La idea era la misma; dormimos en una escuela la primera noche. Comimos atún peruano en lata, con pan. Tres apachetas cruzadas hasta contemplar, desde el cielo, Morochata. Sombras de guerrilleros ayopayeños sobrevolaban vestidas de cóndor. La apacheta de El Negro fue la última. Luego bajar, por sendas de piedra

Todos saben, nadie habla

Todos saben, nadie habla Todos sabían, nadie hablaba La maldad tiene campos inenarrables, y así hasta el año 2008 nadie habló, el silencio se adueñó de un entero país, el Paraguay. Los kuña’i fueron sentenciados por el machismo, por una feroz dictadura: 35 años de pyragüés controlando y escuchando, refiriendo al poder quien era y no era uno, Rodolfo Costa de día Héctor Torrez de noche. Si no era llegaba la caperucita roja. En la vida se puede lograr cargar la muerte para mantener la vida, Renate Costa lo logró. Escribió Roa Bastos que “En tiempos de calamidades publicas y de terror, el miedo es la única forma de comunicación social que subsiste en una comunidad de encapuchados”, y en el Paraguay adonde nunca se permitió un Banquete platónico, los hijos de la luna tuvieron que ocultarse en sótanos donde no entraba el sol. Asunción es una ciudad que da la espalada al rio, a la realidad, donde el numero 108 es aun hoy un estigma. La oveja negra es como el cuchillo de palo en la casa del h

Contratapa del libro Clave de sol de nuestro gran escritor Daniel Averanga Montiel.

Lugares y espacios, oficios y profesiones, una fauna suspendida entre el cielo y la tierra en un viaje muy poco de flâneur, todo es pasado mezclado con presente, lo de Daniel…el cotidiano andar, el ir y volver, el atraso a una cita, la angustia del no poder llegar a fin de mes, a veces esperanza, otras veces desesperación…todo es una penetración sincera en el vientre de un monstruo ingenuo, un Leviatán que no es bíblico, un Prometeo que no es mitológico, tal vez un prismático sincretismo de un efervescente volcán, joven en su esqueleto, aún acido en su morfología precoz. Un monstruo en formación. Daniel navega, camina, sobrevuela, pero sobre todo penetra la esencia de su ciudad, aquí no hay amor y odio, aquí hay solo amor, su andar es sin Mitos sin Rumores, sin Paradigmas. Maurizio Bagatin

Guerras y paces

Miguel Sánchez-Ostiz Tengo la impresión de que conforme avanza la guerra mundial en el territorio de Ucrania, sé cada vez menos de lo que allí sucede, tanto sobre el terreno como en las trastiendas que son muchas, rusas y occidentales, a las que veo bullir con una intensidad de indignación inaudita que no gastan en otros horrores. Una cosa es lo que yo vea y otra lo que sucede. Si doy con una fuente de información independiente y crítica con la OTAN, veo que de inmediato está tachada de conspiranoica, cuando no desaparece su acceso por arte de birlibirloque. Lo que me hace ver que estamos de lleno en el mundo de la verdad revelada y del dogma de fe política, de la mano de unos medios de comunicación que imparten catecismo y teología guerrera a cucharadas soperas. Los partes de guerra de los Estados Mayores y servicios de inteligencia británicos o americanos (repicados por los medios de comunicación) son los artículos diarios de fe, mientras que los rusos dicen que… No es lo mismo. Extr

Los inmigrantes

Márcia Batista Ramos “Nada los va a parar en la búsqueda de sus sueños. Se merecen todos y cada uno de sus éxitos” – Michelle Obama Las personas en un intento de sobrevivir a la guerra, al hambre, a la escasez de trabajo y por tantos otros motivos tan básicos, acostumbran a buscar otro lugar para vivir y se transforman en inmigrantes. Salen de su país buscando Ítaca en los brazos de Morfeo. Los inmigrantes no son aves. Pero abandonan su tierra natal en bando cruzando mares, aires y tierras. En busca de tierra firme, dónde por las noches, los pájaros de hierro y fuego, no sobrevuelen su ciudad con sus ruidos impertinentes. Temblando todo. Explotando bombas. Haciendo añicos al sueño de los niños. Los inmigrantes no son ganado. Pero hace tiempo, se amontonan en la frontera (como ganado) en espera de que se abra la tranquera y puedan pasar. Están en busca de pan, de leche, de escuela, de techo y de muchos derechos que los gobiernos de sus países les niegan. Van desnudos de bagaje y llenos

10 de mayo de 1933: ¡Libros a la hoguera!

  Márcia Batista Ramos “Ahí donde se queman libros se acaban quemando también seres humanos” Heinrich Heine El espíritu humano tiene facetas tan ruines que, es difícil pensar que todos los humanos son realmente seres humanos. La maldad y la estupidez, fueron cabalmente retratadas en la quema de libros perpetrada por los estudiantes nazis en 1933. En su "Acción contra el Espíritu anti alemán", los partidarios de Adolf Hitler destruyeron miles de obras de autores prestigiosos, en la noche del 10 de mayo de 1933. Autores renombrados como Heinrich Mann, Erich María Remarque, Karl Marx, Heinrich Heine, Sigmund Freud, Franz Werfel, Max Brod, Stefan Zweig, Thomas Mann, Albert Einstein, Ernest Hemingway, Bertlolt Brecht, Vladimir Lenin, León Trotsky, Rosa Luxemburg, Marcel Proust y March Bloch, entre tantos otros, tuvieron sus libros destruidos y se levantó una prohibición que evitaba su reimpresión. Las obras de Hellen Keller, famosa escritora estadounidense, fueron quemadas por

Confesiones antes de la extremaunción

  Márcia Batista Ramos No soñamos un país. Apenas, miramos las gallinas comiendo en el patio mientras las horas se hacían más cortas y olvidábamos el río, los juegos, las calles sombreadas por los mangos que se estiraban de una puerta a otra. No sabíamos qué era la patria. Las historias que los profesores nos contaban estaban lejos en la geografía y en el tiempo. El camión llegaba con el arroz, el trigo y otras cosas que llenaban el almacén en la esquina de la plaza. De quilo en quilo íbamos realizando los mandatos para nuestras madres que cocinaban llenando mágicamente las ollas y satisfaciendo nuestras barrigas. Era un tiempo sin tiempo que no lo definíamos en nuestra inocencia y no sabíamos que un día acabaría como acababa la música de la caja de música de la hermana mayor. Pensábamos que el río de nuestro pueblo seguiría dándonos pescados, la luna y las estrellas seguirían iluminando nuestras noches y que, la lluvia y el sol siempre nos traerían los frutos de algún árbol. No sabíam