14 de noviembre de 2014

Letras siempre jóvenes

JORGE MUZAM -.

Una divagación en la que me suelo empantanar (más bien porque no consigo salir airosamente de ella y no porque me parezca descabellada) tiene que ver con la enorme atracción que generan algunos escritores en los jóvenes. Y no hablo de una sola generación, sino de una constante en las últimas décadas.

Hay escritores que incluso antes de morir pasan al olvido. Quizás tuvieron su momento de gloria, pero algo en ellos o más bien en su creación quedó anquilosado a una sola época. Ningún joven volverá sobre sus pasos por su propia cuenta.

Otros casos, sin embargo, ejercen una fuerza magnética sobre el alma juvenil de las personas (conste que ya ni siquiera hablo de edades, sino de personas que se sienten frescas y sanas y palpitantes a lo largo de toda su vida)

Puedo mencionar a algunos de los escritores que, desde mi mirada, siguen convocando a multitudes de jóvenes: Cesare Pavese, Ezra Pound, Charles Bukowski, Vladimir Nabokov, Philip Roth, César Vallejo, Jorge Teillier, Yevgueni Yevtushenko, Slavoj Zizek, Richard Ford, Juan Rulfo, Jack Kerouac, Michel Houellebecq, Paul Auster, Pablo de Rokha, Kenzaburo Oé, Roberto Bolaño, Milan Kundera, Henry Miller, Francis Scott Fitzgerald y tantos otros que en este momento se me escapan. ¿Será acaso el espíritu vitalista de estos autores, soberbiamente traspasado a sus letras, lo que los hace tan atractivos?

A Zizek lo incorporo porque es actual y notorio lo que provoca en las nuevas camadas de intelectuales y descontentos de todo el mundo. Sus textos, en los que aborda filosóficamente, con osadía y asertividad, una amplia variedad de temas contingentes, son devorados, digeridos y comentados en cuánta tertulia de indignados se convoque. De alguna forma se ha ido transformando en un nuevo Marx, aunque su vocación sea más bien diseccionadora y enrostradora, pero no propositiva.

Han existido casos particulares de escritores que despertaron gran entusiasmo durante una o dos temporadas, como J. J. Benítez o Dan Brown, pero cuyas estrellas parecieron chingarse, o se volvieron invisibles para las siguientes generaciones.

 Recuerdo al poeta chileno Jorge Teillier pasando sus últimos años en un barcito de provincia, ensimismado junto a su copa de vino, apenas escribiendo de vez en cuando uno que otro poema en cámara lenta. Nada hacía por difundirse. No se prestaba para ruedas de prensa ni escribía en periódicos importantes. Sus pocos libros eran casi inencontrables. Y sin embargo, buena parte de la juventud chilena estaba atenta a sus pasos. Cada vez que alguien conseguía que hablara en público, los auditorios se llenaban y corrían los codazos y empujones para llegar lo más cerca posible del amado poeta lárico. 

Otro caso que se me viene a la memoria es el del argentino Adolfo Bioy Casares. La última vez que visitó Chile, fuimos cientos y quizás miles los que intentamos acercarnos, aunque fuese para oír el tono de su voz, captar un gesto o, con suerte, una que otra ironía del admirado autor de La invención de Morel.

Personalmente, suelo volver a autores que me atraen por sobre el resto como Stefan Zweig, Umberto Eco, Doris Lessing e Italo Calvino. Me gustaría que los españoles tuviesen más presencia en América y que los americanos fuesen leídos en todos lados. De España, me gusta cómo escribe Miguel Delibes, Camilo José Cela, Laura Fernández Campillo y Concha Pelayo. Con cuánta admiración repaso cada uno de sus escritos. De América, me gusta mucho la mexicana Lilymeth Mena, el hondureño Horacio Castellanos Moya y el argentino Pablo Cingolani. Sin embargo, son tantos y tan buenos que cualquier nómina sería injusta.


Imagen: Charles Bukowski

2 comentarios:

  1. Gracias Jorge,me siento muy halagada por citarme al lado de los grandes. No creo merecer tanto honor pero te agradezco tus cariñosas palabras.

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  2. Sus divagaciones siempre me reconducen los pensamientos a lugares insospechados, me despierta la curiosidad y me han hecho redescubrirme. Gracias a tu aliento hice públicos mis cartas erráticas y sobrecargadas de confusiones, me animaste a salirme de mí y volverme a conocer. Gracias por el tiempo dedicado y por tu nobleza.

    Imagino lo que debe significar para los amigos que citás acá tu reconocimiento y aliento al ponerlos entre los grandes ya reconocidos por el paso del tiempo, quién sabe algún día lejano estos también estén en ese lugar de privilegio tan merecido.

    Abrazos.

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