5 de abril de 2013

Capitán Arturo Prat, o el arrojo suicida como mito fundacional de la patria chilena

JORGE MUZAM -.

Como historiador, he debido transitar por los polvorientos recovecos de las fuentes históricas primarias, chilenas y extranjeras, con las que se ha construido gran parte de nuestra moderna historiografía. Desde allí he extraído conclusiones personales que no siempre van en concomitancia con las líneas interpretativas más aceptadas.

Los documentos relativos a la Guerra del Pacífico los he rastreado hasta donde han llegado mis fuerzas y recursos. He priorizado las cartas, mensajes urgentes, testamentos, periódicos y diarios de vida, por sobre los documentos oficiales.

Con esta base, mi percepción se ha teñido más con la cotidianeidad de la guerra, que con comunicados y exabruptos patrioteros de la alta oficialidad.

Como sea, la historia carecería de sentido si no pudiésemos leerla desde nuestro presente, buscando señales, causas, respuestas a los comportamientos del aquí, del ahora.

Hoy observo con cierta perplejidad, y a ratos consternación, la apropiación política e ideológica de la figura del capitán Arturo Prat (considerado en Chile como el héroe máximo de la Guerra del Pacífico y de toda nuestra historia) por parte de los más conservadores grupos oligárquicos chilenos.

Da la impresión que con el incesante bombardeo comunicacional de imágenes, moralejas y consignas con que nos atacan varias veces al día, intentaran convertir a Prat en una especie de Jesús chileno que entregó su vida para redimirnos de los pecados.

Cada 21 de mayo, la comunidad chilena, de Arica a Magallanes, se viste con sus mejores prendas para desfilar ante la fría estatua del héroe mártir. Los colegios compiten con sus banditas de guerra, los marinos tocan su pito sacramental, los barcos de guerra disparan sus 21 cañonazos, los políticos y autoridades hinchan el pecho y fruncen el ceño con triste gravedad, mientras el oficial de turno repite lentamente, solemnemente, bíblicamente, la misma alocución fanática de los últimos 134 años.

La programación habitual de la televisión abierta suele ser interrumpida, cada pocos minutos, para transmitir edulcoradas, sentimentales, cinematográficas puestas en escena, al mejor estilo yanqui, que retratan la acción suicida de Prat como una especie de fundación heroica de la patria.

Es el trailer introductorio al carnaval de mentiras y manipulaciones con que han ornamentado nuestra historia y que se sigue transmitiendo de generación en generación. A ratos, el juego parece salirse de madre, el spot parece enfermizo, está en todas partes, en cada medio de comunicación, en cada esquina, en cada comentario, alimentando sin descanso el par de neuronas patrioteras de dieciseis millones de cabezas calientes chilenos.

Pero, ¿quién fue Arturo Prat? Primero que todo, fue un abogado con ciertas luces de intelectual, un buen padre y esposo, y finalmente, un marino algo desobediente. De otra forma, ¿cómo se explica que estuviera al mando de una corbeta podrida, sin posibilidad alguna de ofrecer resistencia ante cualquier tipo de enemigo?

Los antecedentes demuestran, además, que tenía escaso ascendiente entre el alto mando, y era más bien considerado un oficial problemático, dubitativo y cuestionador, a quien no se le auguraba mayor futuro como oficial superior.


Es verdad que no se han conservado fuentes en que quede de manifiesto la opinión certera de Prat sobre el alto mando y el curso de la guerra, y que hay ciertas visiones que deben ser inferidas de documentos anexos. Sospechoso resulta, al menos, que no existan hoy esas fuentes.

Lo que sí es correcto, e incluso consensuado entre historiadores, es que el acto suicida de Prat sirvió entonces, como sigue sirviendo ahora, para desplegar una gigantesca campaña patriotera de odio y revanchismo contra quienes fueron sus involuntarios asesinos, los peruanos.

Hasta antes de la muerte de Prat, los voluntarios para ir a la guerra eran escasos, y buena parte del contingente militar se había tenido que arrancar de las cárceles y tabernas. Los borrachines y criminales del centro, norte y sur de Chile conformaron, de esta forma, los primeros escuadrones de combatientes que fueron embarcados en Talcahuano y Valparaíso y conducidos hasta Antofagasta. Allí se les entrenó por algo más de seis meses, antes de empezar la gran marcha hacia Tarapacá, que fue una especie de Antuco (*) en el desierto, y donde la “sé”(**) devoró más hombres que la misma guerra.

Tras el acto de Prat, el gobierno recurrió a la propaganda para exacerbar los ánimos y generar una clima de efervescencia bélica. Desde ahí en adelante, sobraron voluntarios: muchos jovenzuelos, inquilinos, hacendados, hombres libres, algunas mujeres y unos cuantos niños y viejos se alistaron, imbuidos de chilenidad, para ir a arrasar con los cholos agrandados.

Pero, ¿cuál fue el motivo de Prat para inmolarse? Él era un hombre racional, inteligente, que podía sopesar riesgos, que debía percibir que morir por la patria no es más que suicidarse por un frío concepto y que, a fin de cuentas, a la patria más le sirve un soldado que arranca cuando las circunstancias le son adversas, pues luego puede volver al combate fortalecido. ¿Es que acaso cargaba con alguna patología mental, o no supo sobrellevar el miedo, tomando una decisión irracional y absurda y arrastrando consigo a varios subalternos que de haberse rendido oportunamente se hubiesen podido salvar?

Nadie duda hoy de que Prat fue un buen hombre, un generoso amigo, buen hijo, buen padre y esposo, y que de haber vivido más tiempo, quizás hubiese llegado a ser tan brillante como lo fue su tío Jacinto Chacón, en el área legislativa, historiográfica y política.

Lamentando el suceso de Prat, y recordándolo con afecto, ¿qué es lo que verdaderamente debiéramos rememorar cada nuevo 21 de mayo? Pues, la hazaña de Carlos Condell. Él sí fue el verdadero protagonista de Iquique, pues su astucia transformó la insignificancia de su posición en un importante triunfo bélico, y lo que es más valorable, quedó con vida para contarlo.

Notas:

(*) Referencia personal a la Tragedia de Antuco (2005) donde 45 conscriptos chilenos murieron congelados durante una marcha ordenada por sus superiores.
(**) Cartas y diarios personales de soldados que marcharon por el desierto hacen contínua referencia a la "sé" (sed) que los afectaba, producto de las escasas raciones de agua y la alimentación basada en charqui, galletas de buque y harina tostada que debían consumir. No existe consenso respecto a la cifra de muertos en esa marcha, aunque se estima que fueron varios cientos.
Foto 1: Combate Naval de Iquique (21 de mayo de 1879)
Foto 2: Capitán Arturo Prat

8 comentarios:

  1. "Como sea, la historia carecería de sentido si no pudiésemos leerla desde nuestro presente, buscando señales, causas, respuestas a los comportamientos del aquí, del ahora".
    Esta frase es certera.
    Una exposición brillante y absolutamente didáctica.
    Me has recordado a un profesor de historia de la universidad. Creo que le debo mi conciencia crítica entre otras cosas.
    Un abrazo Jorge.

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  2. Interesante perspectiva la que presentás, supongo que en Chile es un ejercicio poco realizado el de remover el polvo de los archivos y antiguos documentos para replantear la historia oficial. En la Argentina esa movida se viene dando desde hace un par de años, no podría decir que esta nueva historia oficial es mejor que la anterior sino distinta y en la contraposición como en la misma contradicción surge el valor de lo que se está haciendo. Que coexistan me parece más importante que el predominio de una por sobre la otra, que estén y que se defiendan cada una desde su frente y con sus armas. Nada puede hacer mejor a la construcción de la historia que el seguir viva, reconstruyéndose día a día.

    Muy bueno. Saludos.

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  3. Siempre hay que sospechar de las historias oficiales.

    Saludos cordiales.

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  4. La historia oficial la escriben los " vencedores". Y no solo eso: el poder lo fagocita todo. Ahí podemos la imagen del Ché en lo lugares más inverosímiles.

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  5. Para imponer sus ideales e inculcar ciertas normas las oligarquías dominantes no han tenido reparo a la hora de apropiarse de ciertas figuras emblemáticas y hasta tergiversar su vida y obra. En Argentina esto se dio más en el caso de los próceres oficiales (Belgrano, San Martín, Sarmiento y otros pocos más), creo que en el caso del Ché sucedió que al no estar oficialmente aceptado entre los representantes de la patria se lo apropiaron otros grupos y así terminó desvirtuando su esencia la cultura pop.
    Por suerte, eso hoy está cambiando de la mano de los intelectuales K muy a pesar de la oligarquía que nos supo gobernar y aspira a retomar el poder.

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  6. La historia no sería historia sin ese ejercicio personal del que busca comportamientos, del que indaga sobre el efecto causa.
    Como docente deber ser un privilegio. Suerte la de tus alumnos, suerte el que está cerca de ti.
    Un abrazo.

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