30 de noviembre de 2016

El tiempo

CONCHA PELAYO -.

Llevo tiempo analizándome e intentando descubrir el motivo de mi desconexión conmigo misma, la huida hacia ninguna parte, la sensación de que mi vida ya no me pertenece por completo y ello me produce cierto desequilibrio emocional. Llevo mucho tiempo, como digo, añorando aquellas horas de quietud y de silencio, de profunda introspección, que me llevaban a exponer cualquier suceso que ocurría a mi alrededor y lo llevaba con el máximo rigor a la hoja en blanco. En ella abordaba la naturaleza ocre del otoño en la que implicaba mi cuerpo y mi sentir hasta convertirlo en una pieza arbórea que se integraba en el paisaje. Me conmovía la mirada de un anciano, en soledad, sentado en un banco del parque. Me gustaba escrutar su rostro, sus lágrimas resecas pegadas a sus mejillas. Bastaba esta imagen para dedicar un tiempo, sentada ante mi ordenador y armar una historia imaginaria. El tiempo, las horas, entonces, eran mías; nadie osaba arrebatármelas y fluían mis palabras, frase tras frase hasta construir un emotivo ensayo.

Llevo tiempo analizando y veo que el tiempo huye a gran velocidad, que se me escapa y no vuelve. Cuando niña, esperaba que ese tiempo corriera para llegar, para llegar, ¿a dónde? ¿a dónde quería llegar? ¿qué metas quería alcanzar?. Y así han ido pasando los años. La niñez quedó por algún lugar recóndito, mi juventud también huyó y se disipó entre alegrías, fiestas, celebraciones, idas y venidas; bailes, amores y amistades. Y  se sucedieron las bodas de mis hermanas, los bautizos de mis sobrinos;  las bodas de mis sobrinos, también. Y fueron sucediéndose los encuentros y desencuentros familiares, las discusiones, los disgustos, las penas….Los viajes, ah, los viajes. Los viajes han llenado mi vida, me han descubierto lugares remotos, culturas extrañas, rostros diferentes, sonrisas abiertas, gestos hoscos…los viajes han sido, durante mucho tiempo, junto a mi vocación literaria, los motores de mi vida.

Llegué, al fin, a una edad en la que los problemas se han ido amontonando a mi alrededor. Recuerdo que mi madre, con mi edad, se quejaba de que no tenía vida ni tiempo para ella. Mi padre arrebatado por el Alzheimer que lo consumía, mi abuela, muy apegada a mi madre que la requería permanentemente; sus cinco hijos (cinco problemas, decía mi madre) que discutían entre ellos, que la apremiaban y ella no sabía qué hacer.

Y yo, pobre de mí, he llegado también a la misma situación de mi madre. Ella, una anciana que ha perdido las ganas de vivir, que desea morir y me pide que rece por ella para que se vaya pronto de este mundo. Mi marido, frágil y vulnerable tras ser sometido a la extirpación de un pulmón. Mi hermana Manoly, presa, como mi padre, de un Alzheimer galopante. ¡Vaya herencia! ¿Qué fue de aquella bellísima hermana, vivaracha, grácil, inteligente, deportista? ¿Qué será de ella en un tiempo no muy lejano? Me mira con una mirada dulce, siempre lo fue, con una sonrisa tímida que es casi una mueca. Sufre, sin embargo, por la situación de nuestra madre. Sufre, imagino, porque sabe que es el único lazo potente e irrompible que le queda. Una madre es un tesoro, una madre es lo que mueve la vida y hace a los hombres dignos. Siempre  que contemplo a una madre que lleva en brazos a su hijo; que lo acaricia, que lo protege, que lo mima, me digo: “ese es el misterio por el que se rige el mundo, porque de ese amor y de ese lazo que se establece entre madre e hijo se producirán los mayores bienes de nuestra existencia”.

Sigo analizándome y no sé de cuánto tiempo dispongo para seguir haciéndolo.



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