22 de noviembre de 2017

De trenes y aviones


Homero Carvalho Oliva

Los recuerdos son como los trenes y los aviones, algunos viajan lentos, deteniéndose en estaciones intermedias y otros viajan veloces entre las nubes. Recuerdo que cuando era niño y recordaba que pronto llegarían las vacaciones, la palabra geografía llegaba hasta mí como una iluminación, porque me remitía a viajes; ahora asumo que meditar sobre la palabra geografía es abandonarse en la propia palabra. Geografía es en sí misma una metáfora y su definición precisa de brújulas y astrolabios. Recuerdo que miraba extasiado los atlas de la biblioteca del colegio, los iba hojeando a placer, llegaba a las páginas donde cada uno de los continentes mostraba sus contornos, sus montañas, sus valles, sus ríos y luego me remitía a los mapas que detallaban los límites nacionales y esas extrañas manchas en los océanos: las islas. Mis dedos seguían las líneas limítrofes, recorrían el curso de los ríos, acariciaban los colores con los que se diferenciaban los océanos, las encrespadas cordilleras, las tupidas selvas, los profundos lagos, los sofocantes desiertos y se detenían en los inevitables puntos negros que marcaban los pueblos y las grandes ciudades. Me gustaba saber dónde estaba el norte, el sur, el este y el oeste y jugar a adivinar si sabía dónde estaba parado, para intentar salir del laberinto en el que nos han encerrado los cartógrafos, porque el que mira un atlas descubre que está más perplejo que uno que nunca lo ha hecho. Aún hoy me maravillo con los mapas y me inquieta la sospecha de que el mundo sea tan solo otro mapa y que alguien desordena las coordenadas. Recuerdo los atlas y las vacaciones. Es un recuerdo obstinadamente presente. Con los años aprendí que los recuerdos entrañan tiempo y espacio, no se explica el uno sin el otro.

En las vacaciones de invierno viajábamos en tren con mi madre y mis hermanas, desde La Paz a Cochabamba; no era un tren cualquiera, era el famoso ferrobús, un tren de lujo, en el que podíamos comer y tomar gaseosas durante el viaje. Recuerdo el trayecto, la visión del altiplano donde alguna vez, cuando era joven e iconoclasta, seguí el consejo del poeta Sáenz y me interné en el páramo andino, era un atardecer, el cielo aún mantenía ese azul que ningún pintor ha podido captar y yo yacía en el suelo, inerme, rodeado de pequeñas y rebeldes pajas bravas y el viento de la puna traía música de zampoñas, yací en el suelo mirando al cielo, cerré los ojos durante varios minutos, dejé que mi cuerpo se saliera de mi alma y luego los abrí de golpe, y asustado tuve que agarrarme de la tierra, aferrándome a las pajas bravas, para no caerme al cielo. Esta experiencia no hubiese sido posible si no me hubiera fascinado con el altiplano mientras viajaba en tren en las vacaciones de invierno, leyendo los libros de Julio Verne y soñando (soñar es una forma de planificar) con recorrer el mundo en ochenta días, de Emilio Salgari y los tigres de la Malasia, así como las revistas de aventuras de Nippur de Lagash. Tren, para mí, más que la palabra que lo define, es un pase mágico a una edad en la que el mundo y yo éramos jóvenes. Y, años después, todo volvió a ser estupendo cuando con la Amada recorríamos las estaciones del tren subterráneo de Nueva York, la ciudad que me dio un hijo, la ciudad en la que viví con la Amada más de un año, ciudad que nos parece familiar toda ella, sus calles, avenidas y parques son un déjàvu en sí mismo y no sabemos si estamos viviendo en ella o mirando una película. La palabra tren es el viaje. No sé por qué, pero esta palabra me trae la nostalgia de la despedida y no la alegría del encuentro, quizá sea porque la asocio con estaciones y maletas perdidas.

Recuerdo también que en las vacaciones finales me trasladaba en avión de La Paz a Santa Ana del Yacuma, mi pueblo, el pueblo de los guerreros movimas, mis antepasados amazónicos. Viajaba a encontrarme con mi padre y lo hacía volando en unos viejos DC3, armatostes que me parecían un prodigio de la tecnología, y apenas eran sobrevivientes de la segunda guerra mundial. Fue en uno de esos viejos aparatos que un día, cuya fecha no recuerdo exactamente, llegué a La Paz para quedarme. Mis ansiedades infantiles volaron con el avión. No recuerdo el día, pero recuerdo el recuerdo del frío calando mis huesos, la imponente visión del Illimani, nunca había visto una montaña hasta ese momento y esta se repetía tres veces y tres veces se repitió mi asombro.

Antes de los aviones y los trenes, en las madrugadas amazónicas había viajado en canoa por el río Yacuma, abubuya, con mi tío Pilo, a pescar con anzuelos y lombrices. Mi tío era un maestro y yo su aprendiz. No he dejado de navegar por los ríos de mi infancia, lo hago siempre en las palabras con las que los evoco y, ahora, aunque ya no viajo en tren, tampoco olvido la sonrisa de mi madre cuando sentía que estábamos ingresando a los valles cochabambinos, y decía, feliz de la vida, que muy pronto íbamos a comer choclos y quesillos frescos, como el clima de la llajta.

*Publicado originalmente en La Época (Bolivia)
22 de noviembre de 2017

1 comentario:

  1. Gracias por transportarnos a tan Maravillosos viajes....

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