5 de diciembre de 2010

Navidades de algodón

JORGE MUZAM -.

Las navidades de mi infancia no guardan grandes diferencias entre una y otra. Alrededor de cada 22 o 23 de diciembre papá llegaba con una rama de pino bastante rala y entierrada que mamá adornaba con los escasísimos ornamentos que teníamos. Quizás era más bello que otros porque era simplemente una rama de pino, con un par de chucherías encima y abundantes pellizcos de algodón repartidos en sus ramajes a modo de nieve. Los 32 grados de calor que imperan en esa fecha en Chile no dan otra opción. Lo importante era que dejaba la casa pasada a pino y por lo mismo a navidad. El olor a pino era y sigue siendo el olor de la navidad.

Respecto a los juguetes, no había mucho que esperar, salvo el obsequio que cada año el dictador Pinochet le repartía a los niños de la Patria. Poco antes de navidad, un camión repleto de juguetes y funcionarios del régimen se apostaba a un costado de la plaza de armas. Los funcionarios, duros y prepotentes, ordenaban a gritos hacer una fila para recibir los presentes. Lo que nos entregaban solían ser siempre las mismas cosas: una pelota plástica, una pistolita de agua y un camión de madera fabricado por los presidiarios de la cárcel de San Carlos. Sólo ver a esos gorilones y esas gorilonas teñidas de platinados colores, con sus actitudes altisonantes, enfermizas de poder, era suficiente para quitarnos las ganas de recibir sus porquerías, pero terminábamos igualmente siendo arrastrados por la multitud hasta el camión. Siempre se rumoreó que esos juguetes baratos y defectuosos eran lo peor de lo que enviaba Pinochet, y que lo mejor era robado previamente por los funcionarios para ser vendido en sus propias tiendas y jugueterías. Pero nadie tenía los cojones suicidas para convertir los rumores en acusaciones concretas.

En nuestra casa la radio transmitía música de villancicos y cuando tuvimos televisor pudimos conocer los deambuleos del viejo pascuero en otras latitudes, así como entretenernos con algunos dibujos animados muy difusos a causa de la débil señal de tv que llegaba a la precordillera.

En la noche del 24 asistíamos a la misa del gallo donde se recreaba el nacimiento de Jesús. Las personas asistían con sus mejores trajes y se mostraban alegres y amables. Como éramos muy pequeños, apenas alcanzábamos a ver entre el gentío la chasquilla del burro o los cachos de la vaca del pesebre. El resto debíamos imaginarlo. Luego volvíamos contentos y nos acostábamos a descansar y a prepararnos para disfrutar el luminoso día siguiente.

Pocas veces el vejete panzón nos dejó algún regalo, pero cuando así lo hizo lo poco que dejó nos alegró durante todo el verano. Alguna vez fue una mariposa con ruedas, un soldado de plástico, un marciano deforme o un tosco camión de madera, todo muy bienvenido y muy utilizado hasta que el trajín infantil los hacía añicos.


Imagen: César Galicia


11 comentarios:

  1. Mis navidades de la infancia siempre tuvieron como protagonista a un pequeño árbol de plástico decorado por miles de adornitos de un material irrompible. Mi madre supervisaba atentamente su armado ramita por ramita, luego las luces de colores previamente testeados, las guías de colores chillones y por último los frágiles muñequitos entre los cuales predominaba la presencia del gordito de rojo. Al pie iba un pesebre que no se cambió hasta que la familia se separó físicamente, es decir unos 20 años.
    Los regalos siempre fueron un detalle al pasar, jamás nos tomamos muy enserio el tema de hacer una cartita con pedidos porque mi moderna madre nos avivó pronto que el que ponía el obsequio era el mismo que nos daba de comer y educar. No me pareció mal, no lo tengo como un recuerdo negativo. Nos contentabamos con un vestido para mí y unos shots para mí hermano, invariablemente eran cosas útiles o usables. La posibilidad de pedir por cosas con fines lúdicos la teníamos cuando pasabamos las fiestas con mi abuela en la privincia. Unicos sobrinos en una casa llena de tías económicamente activas no generaban ningún remordimiento por el gasto. Era entonces cuando abundaban las comidas exóticamente elaboradas, muchos duces a disposición y había un árbol llegaba al techo.
    Disfruté mis navidades de la carencia y la opulencia en la infancia, cuando me hice mayor me fueron dando un poco de angustia y nostalgia.
    Quisiera ser niña otra vez, pero no por los regalos sino por la gente que ya no está. Quisiera volver a dar algunos besos y abrazos que no daré... Me animo dándole muchos a los que están y así terminan siendo felices fiestas!

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  2. Un bello registro de tu memoria, querida Lorena. Volvemos proustianamente a ese conjunto de navidades que hoy nos hacen sonreir espontáneamente. Cuantos sabores, aromas, colores, voces, sonidos, alegrías y dolorcitos en el alma que siguen reverberando en nuestra mente. Cada navidad es la suma de todas las navidades que hemos vivido e incluso de las que vivimos a través de los relatos de nuestros mayores, esas que nos hacen remontarnos más allá de nuestro nacimiento.

    Respecto al viejo Santa, mi madre no fue tan específica para hacernos comprender su inexistencia, por lo que fui un pánfilo creyente hasta bien avanzada mi niñez.

    Un gran abrazo mi querida Lorena.

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  3. Se me había pasado esta joyita de San Fabián de Alico... aimplemente notable...

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  4. Me parece difícil asimilar las diferencias de tu infancia y la mía, siendo que no somos tan distantes en edad. En casa siempre hubo no una sino dos televisiones, una en la sala que veíamos todos juntos por la noche y los fines de semana. La otra era para que la viéramos los chicos. Nunca hubo mala señal, pero recuerdo que eran muy pocos canales lo que podía uno ver. Ya existía el tan mentado canal de las estrellas, y otros cuatro o cinco, un último donde solo transmitían películas norteamericanas. Eran tantas mis ganas de ver esas películas que aprendí a leer a los cuatro años. Y de ahí nadie me ha parado.
    Nosotros nunca fuimos clientes de Santa, a nosotros como buenos mexicanos nos traían juguetes los Reyes Magos el seis de enero. Ya en aquel entonces recibía yo muñecas Barbie con los cabellos rubios y zapatitos de tacones de punta, iguales a los que usaba mi madre.
    Para mis hermanos siempre eran carritos, dinosaurios o aviones para armar.
    Aquí el gobierno nunca ha dado nada, ni siquiera pelotas.
    Papá nos llevaba a misa pero solo oíamos unos diez minutos y nos retirábamos, con todo y que era un hombre fervorosamente católico, nunca nos obligaba a quedarnos toda la misa.
    Este año no he puesto ni un foquito como prometí. He dedicado los watts de mi conexión domestica a mantener los accesorios del iguano calientes y el calentador prendido para acondicionar la casa en estos días que ya están friísimos.
    Mejor uso no puede dársele a la luz.
    Y mas contenta no puedo estar =)

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  5. Anónimo24/2/11

    Me gustó mucho leer este relato. Verdaderamente tierno y gratificante para el alma.
    Mis cordiales saludos y los felicito por la página.

    María Julia

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  6. Se me hace muy extreña la Navidad con 35 grados, pero intento adivinar, amigo Jorge, el calor, la ramita de pino aderezada de copitos de algodón y a esos prepotentes seguidores de Pinochet, chuleándose de la población.
    Mis navidades de la infancia eran heladoras. La escarcha cubría la hierba, los tejados, las calles, todo. La nieve, a veces, hacía acto de presencia y aquello era el mejor regalo: Unas navidades con nieve.
    Recuerdo la época de mantanzas, previa a la Navidad en casa de mi abuela materna. Mis primas, mis hermanos salíamos al corral, inmerso en un paisaje granítico y telúrico, lleno de fuerza que, hoy, todavía la siento. Salíamos al corrar para recoger musgo de las rocas. Lo llevábamos al interior de la casa y allí, sobre una tabla de madera íbamos colocando el musgo para, después, ir poniendo las figuritas, unas de barro y otras de piedras pues a veces no teníamos suficientes. Era igual, el entusiasmo nos acompañaba. Colocábamos los ríos también. Servía un papel de plata y cristal por encima para que pareciera agua. Y puentecillos de palos sobre el agua a modo de puentes. Y por los puentes caminaba el pastor con las ovejas.
    Todo era marvillos, inocente y pueril. Y recuerdo todo aquello porque siempre había mucha gente alrededor, la típica familia extensa de tres o cuatro generaciones. Era hermoso.
    Las navidades de ahora son tristes. Muchas cosas, muchas tonterías, muchas luces, mucha iluminación y el corazón apagado.
    Ahora, y temo que me voy del tema, vivimos varios miembros de la familia en el mismo lugar y en casas diferentes y apenas nos vemos y apenas nos comunicamos.
    La infancia es el mejor recurso para volver a la felicidad perdida.
    Un beso a todos, a Jorge, especialmente, por hacerme recordar

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  7. No sé si sabéis que en España las navidades conlleva la instalación del Belén que consiste en la prepresentación del nacimiento de Jesús en un pesebre. Y el Belén se instala en lugares públicos, en las casas y en todas partes. Algunos son verdaderas obras de arte. En el pesebre no podían faltar, El niño en su cunita, la vírgen, San José, los tres Reyes que lo adoraron y el buey y la vaca.

    Un beso.

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  8. En mi infancia teníamos el pino natural adornado con chocolates ( que nunca me comí ) y bolas de vidrio de todos los colores. Siempre recibí muñecas de goma vestidas de bebés y los regalos de mi papá que eran de madera , hechos por los reos de la cárcel . Siempre se recalcó que era el nacimiento de Jesús lo importante y el viejo pascuero era alemán ( igual al vecino Bruno Paulsen ) y no trabajaba para la coca.cola .Después adoptamos el árbol plástico pero igual adornábamos la mesa con pino y acebo. Las galletas de miel siempre han sido el sabor de la navidad , aún muy ancianas mis tías las siguen cocinando cada año. Un abrazo sureño para usted

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  9. En mi infancia teníamos el pino natural adornado con chocolates ( que nunca me comí ) y bolas de vidrio de todos los colores. Siempre recibí muñecas de goma vestidas de bebés y los regalos de mi papá que eran de madera , hechos por los reos de la cárcel . Siempre se recalcó que era el nacimiento de Jesús lo importante y el viejo pascuero era alemán ( igual al vecino Bruno Paulsen ) y no trabajaba para la coca.cola .Después adoptamos el árbol plástico pero igual adornábamos la mesa con pino y acebo. Las galletas de miel siempre han sido el sabor de la navidad , aún muy ancianas mis tías las siguen cocinando cada año. Un abrazo sureño para usted

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  10. Mérida, Venezuela, 1960s, Navidad. Eran 6 regalitos para mi hermana y yo pero nunca bicicletas ni nada grande; una vez el Niño Jesús y Santa Claus combinados nos trajeron patines (no quedaba claro quién ni tampoco lo queríamos preguntar) pero nunca aprendimos a patinar bien y fue por miedo a los niños de la calle. Me acuerdo de los tebeos como el Codelín colombiano, Titina y Pikina, de los cuentos orientales ilustrados por el español Freixas y las tarjetas navideñas de Ferrándiz (catalanes ambos, y españoles, según se consideraba entonces); de muñecas La Pulguita y El Pulguito (un bebé que cabía en una mano y era de cuerpo de tela y cabecita/manos de pasta) y Carolina y Carletto; eso fue antes de que entrara la Barbie a invadir el mercado muñequeril, esa muñeca inspirada en una prostitute alemana de cuando la post-Guerra. Nada era electrónico; nada hacía ruido. En realidad, después de un par de días, los niños volvíamos a jugar con palos y piedras en el barranco junto al río Chama, volvíamos a ser indios. Ninguna caja que abrir sino la de la imaginación. Si acaso algún regalo nos llamaba, era el disco del mexicano "Cri-cri en los sueños de Chabelo", o un cuento de "Celia" de Elena Fortún. Mi mama tocaba el disco del Burrito Sabanero y el otro de aguinaldos venezolanos, mientras preparaba hallacas y su bizcocho negro (pasas, ron, nueces, guindas verdes, guindas rojas). Poníamos el arbolito de siempre, el plateado, poníamos el Nacimiento y lo rociábamos de nieve-spray; le hacíamos paticos de pan al lago/espejo que ella rodeaba de musgo; le pintaba un cielo añil, de papel lustrillo, con estrellitas pegadas; pintaba montes de carton mojado y los cubría de musgo y grama y arbolitos de tronco de canela con algodón pintado de verde; nosotras distribuíamos a los pastores, ángeles, ovejas, Reyes Magos, burro y buey; ella metía dentro de cada casita de carton pintado y espolvoreado de estrellas, una lucecita intermitente, o roja o amarilla o verde, y una azul para el pesebre sobre el Niño Jesús. Apagaba la luz y ¡Feliz Navidad!

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