27 de enero de 2011

Carta a Liala (1)


Por Concha Pelayo

Mi querida Liala:

Los recientes acontecimientos de Egipto, (los esperaba, sinceramente) junto a los de Túnez y Yemen, me han hecho recordar nuestro encuentro en Melbourne cuando fui a tu boda. Créeme, Liala, que si no fuera porque tengo documentos gráficos y amigos que compartieron conmigo aquél acontecimiento, me costaría mucho creer lo que viví.

La historia es larga de contar y no sé cuánto espacio voy a llenar en esta carta, como tampoco sé por dónde empezar.


Imagino cómo se te debió de quedar el cuerpo cuando, a través del correo electrónico o por teléfono, no recuerdo el detalle, el Gran Maestre de la extinguida (ahora ya recuperda) Orden Imperial Bizantina de San Constantino el Grande, a la sazón Jesús Vasallo, ciudadano de Zamora, ahora ya, S.A.I.R. Dr. Sergio Jesús I Paleólogo-Vasallo y de San Marcelo, te comunicó que erais parientes y que quería conocerte.

Según me contó el propio Jesús, te alegraste mucho de la noticia y le pediste si quería ser padrino de tu boda, dado que te ibas a casar próximamente. Me contaba todo eso y me preguntaba que si yo querría ir a la boda, nada menos que a Australia.

Yo, que soy aventurera por naturaleza y viajera impenitente no me lo pensé dos veces, pese a las protestas de mi marido: “Estás loca, te metes en todos los fregaos, ése (el Gran Maestre) está como una cabra y tú también lo estás”. En fin, escuché todo lo que se puede escuchar en casos semejantes ( que no creo que haya tales). Lo cierto es que le dije que sí y comenzaron los preparativos para el viaje, que, lógicamente, me costeé yo misma. Mi amigo, o sea, el Emperador de Bizancio, o Gran Maestre (en mi móvil lo tengo como Emperador) iba invitado por sus seguidores, gente rica de todo el mundo, ansiosa de tener títulos nobiliarios que, mi amigo Jesús, concedía. A propósito, a mi me nombró Doncella de Urraca (por la reina Doña Urraca) y Patricia. Guardo por los cajones esos dos titulillos.

Antes de continuar quiero referirte la historia de mi amigo Jesús, por si no la conoces. Era sastre y trabajaba en unos almacenes de tejidos. Tuvo que dejar el trabajo por enfermedad y él, muy amante de la historia y de la heráldica, y para no entrar en depresión, empezó a investigar sobre su árbol genealógico visitando archivos, primero los provinciales, después fue ampliando territorio hasta viajar por el extranjero y conseguir construir el árbol genealógico más extenso del mundo. De hecho, cuando yo le conocí (curiosamente vivíamos en la misma calle) fue en la plaza de la catedral. Había varias cámaras de televisión y una gigantesca bandera que ocupaba todo el recinto que era objeto de curiosidad de los muchos viandantes que pasábamos por allí. En aquella bandera estaban inscritas todas las generaciones anteriores de mi amigo hasta doscientas, creo. Al parecer se remontaba hasta Jesucristo y él mismo dice ser merovingio. Por eso supo que era descendiente de tu familia, nada menos que del Rey Farouk de Egipto. No me preguntes cómo dio contigo, pero te encontró. A la vista está.

Poco tiempo después de conocerlo, como digo, en la Catedral mientras las televisiones cubrían noticia tan singular, coincidimos en un festejo donde nos presentaron. Ahí comenzó nuestra amistad. Nos veíamos constantemente, ya he dicho que éramos vecinos, y hablábamos, él de sus libros sobre heráldica, yo de lo que hacía pues también escribía. Y así fui enterándome de sus proyectos sobre el rescate de la Orden de Constantino el Grande. Por supuesto, según me comentaba, lleva el apellido Paleólgo, además de estar emparentado con los Borgia, con los Alba, con los Borbones y con vuestra familia, los Farouk de Egipto. Tal vez alguno de nosotros, si nos metiéramos en esa aventura de indagar en nuestro pasado, también tendríamos parientes de rango tan importante, pero quién es el guapo que se atreve con ello. Yo no, por supuesto. Me conformo con los apellidos de mis padres y abuelos, nada más. Cuatro en total.

Pero mucho antes de conocernos tú y yo, mi querida Liala, asistí a diferentes ceremonias, he de decirlo, rocambolescas, esperpénticas, surrealistas. La primera de ellas logró que vinieran a Zamora, los Caballeros de los Reales Tercios, los Caballeros Teutónicos y numerosas “personalidades” de los diferentes poderes españoles además de gentes extranjeras, como digo, ricos, procedentes de todas partes del mundo. Logró reunir a más de 400 personas en la catedral para la ceremonia de Investidura (allí fui investida Patricia) y la posterior cena de gala en el Parador de Turismo.

Ni te imaginas, Liala, lo que fue aquello en esta ciudad provinciana y pacata, pueblerina y conservadora al ver desfilar por las calles principales a aquella comitiva lujosamente engalanada. Las señoras de largo y con guantes hasta las axilas, los caballeros con uniformes de los diferentes cuerpos y el propio Emperador, con su collarón al pecho. Cree, Liala, que nunca antes me había divertido tanto. Mis amigas me decían que si creía en esas cosas. “No se trata de creer, -les decía yo- se trata de vivir algo diferente y salir del aburrimiento cotidiano” Éramos un grupo muy pequeño los que nos embarcamos en aquél barco. Más tarde, detalles que no vienen al caso, pues serían muy largos de referir, me apartaron de todo aquello, pero hoy, Liala, como te digo, te recuerdo y recuerdo tu asombrosa boda. No sé si sigues en Melbourne y si, por fin, has conocido Egipto, pues según me contaste, te llevaron nada más nacer a Australia tras el derrocamiento del Rey y tu madre se instaló en Australia. Bueno, esos detalles no los controlo muy bien.

Llegamos a Melbourne tras 23 horas de vuelo con una breve parada en Singapur para que el avión repostase y un taxi nos llevó a mis amigos y a mí hasta Werribie, (Victoria) lugar donde nos tenías reservadas habitaciones. Nos alojastes en un motel sencillo regentado por una pareja de matrimonio que fumaba tabaco natural. Por cierto, qué agradable resultaba fumar aquellos cigarrillos.

No llevábamos ni cinco minutos, cada uno en nuestra habitación, sin haber comenzado a deshacer, siquiera, la maleta, cuando llaman a mi puerta y la voz de Jesús me dice: “Concha, la Princesa quiere saludarte”. Díos mío, me dije, la princesa quiere conocerme y yo con estos pelos. Y nunca mejor dicho porque mi pelo, para la ocasión, rebelde por naturaleza, tras el larguísimo viaje, se parecía al de la lana de las merinas.

Abrí la puerta con cierto nerviosismo y allí ante mis ojos, una mujer morena, con el cabello recogido en un moño muy tirante, vestida con un pantalón negro y con una camiseta verde que llevaba bordado un escudo real. Te arrojaste en mis brazos como si lo hubieras estado esperando. Eras tú Liala, nada te parecías a las princesas que yo imaginaba, se diría que eras una princesa de andar por casa y eso hizo relajarme. Nos abrazábamos intensamente porque al instante se produjo una corriente de simpatía entre las dos imposible de definir. Parecía que nos conociéramos de toda la vida. Empezaste a hablarme en inglés y yo apenas te entendía pues mi inglés nunca fue muy bueno y además hacía mucho tiempo que no lo practicaba, pero conseguimos entendernos a medias.

Te acompañaba el que iba a ser tu segundo marido, The Duke of Roxburghe, escocés.

Inmediatamente quisiste que os acompañara a tu casa para enseñarme tu vestido de novia, una joya de seda bordado con perlas auténticas distribuidas por todo el traje. Sin ni siquiera retocarme ni abrir mi maleta, nos introdujimos en un coche, bastante viejo, y me llevasteis hasta tu casa. Reconozco que la visión de aquella casita unifamiliar me descolocó. No era la casa que yo imaginaba para una princesa. Estaba rodeada de un pequeño jardín que, ni siquiera, estaba cuidado. Unas sillas de mimbre, destartaladas en el porche y del interior, ya casi ni me acuerdo pues me llevaste inmediatamente a tu habitación y allí, sobre la cama, el flamante vestido, precioso sin duda. Abriste el armario y sacaste varios cofres para mostrarme las joyas que llevarías: una diadema de diamantes, a juego con un collar y pulsera, todo de diamantes. Me dijiste que había pertenecido a tu madre, la que salvó de morir en un campo de concentración, Rudolf Hess. Te juro Liala, que no podía creer lo que estaba viviendo. Me pellizcaba una y otra vez para comprobar que no soñaba. Todo aquello era tan surrealista que no me cuadraba nada, absolutamente nada, pero yo me dejaba llevar y mi emoción iba en aumento. Tu madre, al parecer, supuestamente, era la Princess Mafalda Maria Elisabetta Anna Romana of Savoy was Princess of Italy y todas aquellas joyas habían pertenecido a la dinastía de los Saboya. (continuará)

5 comentarios:

  1. Qué cantidad de sabrosas historias paralelas querida Concha. Un sastre derivado en Gran Maestre y Emperador y una princesa egipcia desterrada en Australia, entre mimbres desvencijados y jardines descuidados. La cantidad de temas implícitos es abrumadora y permite multidireccionar los comentarios.
    La palabra "fregaos" de tu esposo marca un punto alto en el relato, a lo Sancho Panza.
    Llama mucho la atención, al menos desde nuestra cultura, que un personaje pueda inventarse su propia historia ancestral, plagada de glorias, y hayan muchos que le sigan gustosamente sus pasos, pues la heráldica tiene un rango epistemológico que en ocasiones no supera a la religión. La cantidad de abuelos que tenemos si sólo nos remontamos a las primeras ocho generaciones es de 65,536, por lo que todo estudio en ese sentido va perdiendo fortaleza a medida que nos hundimos en el pasado. Sólo un poco más allá puede afirmarse que todos somos parientes de todos.
    De cualquier forma, los personajes son muy queribles y especiales y se les acompañaría gustoso en cada uno de sus extravagantes eventos.
    Una historia extraordinaria y muy entretenida, mi querida amiga. Espero que nos deleites pronto con una segunda parte.

    Un abrazo.

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  2. Anónimo30/1/11

    Una historia sorprendente. Qué entrañable es ese Gran Maestre y qué bella aquella princesa.
    Espero la continuación.

    Saludos

    Laura

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  3. Anónimo30/1/11

    ¿Qué pensará su amiga de lo que está pasando hoy en Egipto? Debe estar sufriendo seguramente al ver tanta sangre y tanta discordia entre hermanos.

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  4. Me encantó la historia y espero la continuación.

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  5. musicalidad, Concha, eso es lo que define tu prosa y que nos lleva de la mano por esta historia de tierras tan lejanas que tu talento lo trae hasta nosotros... Sí, musicalidad... Más allá de eso, gran y contingente historia.

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