29 de marzo de 2012

En busca de la esperanza perdida

Por Manuel Gayol Mecías


“De hecho nos hallamos creyendo, apenas sabemos cómo o por qué… En resumen, de nuestra fidelidad el propio Dios puede extraer fuerza vital y aumentar su existencia misma”.
William James
La voluntad de creer


El ciclo de las crisis

La esperanza y la desesperanza existencial constituyen un dualismo extremo al que se ha enfrentado el hombre a través de los tiempos. De aquí que desde la segunda mitad del siglo XX hasta estos días de un nuevo siglo y nuevo milenio parece que el conflicto shakespeariano de ser o no ser se ha venido manifestando con particular relevancia. Las crisis, de hecho, comenzaron con el mismo origen del hombre; y para no ir muy lejos en la historia, desde la Primera Guerra Mundial, y mucho más a partir de la segunda, y aun después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, junto a las sucesivas guerras de Afganistán e Irak y ahora la debacle financiera que se ha regado por el mundo, las crisis de la existencia humana han hecho la conciencia de que el ser humano, al igual que Sísifo, puede estar condenado a cargar eternamente la roca de su propia inmolación, como si no quedara más (para muchos, claro) que reconocer lo inútil del para-qué-vivir.
En efecto, da la impresión de que las crisis fueran algo más allá de una razón cíclica (algo mucho más profundo que un decir popular: tiempos de vacas flacas y vacas gordas); que las crisis fueran una sinrazón de no-ser para la existencia, que no va a cambiar nunca, un estado vitalicio que acompaña la necesidad del hambre y la sed, y las ansias de poder del individuo o de las locuras fundamentalistas de pseudorreligiosos, y que el ser de este planeta no ha podido comprender del todo hasta no haber entrado en el siglo XXI (si es que ha comprendido algo), siendo víctima de un terror tan extremo, sorpresivo y real que ha rebasado la ficción de sus propios instintos de animalidad.

Naturalmente, la función de crisis también es relativa: crisis según la clase social desde la que se perciba o se sufra, porque no es lo mismo la crisis existencial y financiera de una persona o clase adinerada que la de un pobre diablo o pueblo en general que tenga que luchar por su vida cada día del mundo y, por lo tanto, cada día del mundo se encuentra en crisis.

En realidad, aquí, intento hablar desde una perspectiva antropológica y cultural, lo que me hace ver que en este nuevo siglo, el hombre se enfrenta a pura conciencia, de una vez por todas, ante la disyuntiva del horror, y tendrá que darse cuenta de que su destino, tanto en sus manos como en las de Dios (digamos así, incluyendo en buena medida a los creyentes), si no acaba de decidirse por la estrategia de la paz y del amor, podría continuar estando más lleno de “sin” que de “con” para ordenar y desarrollar las supuestas razones de su vida.

Esto si es que no se sitúa ante la macabra revelación de una tercera guerra mundial de alcance devastador, por problemáticas de envergaduras extremas que a grosso modo podríamos señalar como conflictos de intereses económicos, políticos y religiosos en el Medio Oriente y entre el mundo árabe y el mundo occidental; desestabilización y crisis de valores dentro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y también dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por citar algunas, entre las organizaciones mundialistas que lo que más atestiguan es la división y no la unidad. Por otra parte, hay que pensar en la amenaza del síndrome respiratorio agudo severo (SARS), como una de las nuevas enfermedades del siglo XXI, además del sida, aún sin una cura radical, y de los demás virus y bacterias que pudieran aparecer, y las amenazas de conflagración nuclear entre países que poseen armas atómicas y otros que las quieren poseer y que por encima de toda racionalidad pueden pretender convertirse en protagonistas del destino fatal de este planeta; y para colmo, en estos precisos momentos en que escribo (miércoles 2 de octubre de 2008), nos amenaza una crisis económica devastadora, como si estuviéramos en vísperas del fin del capitalismo, de la historia moderna y de Occidente. En fin, una gama de superproblemas tan complejos que pudiéramos pensar que las posibilidades de solución son realmente bien pobres para no decir nulas.

Sin embargo, si reconocemos que existe un proceso cíclico para las crisis (recordemos que las crisis pasan; una misma crisis aunque dure muchos años no perdura, termina y da paso a un tiempo de calma, quizás relativa, pero que podríamos decir también: tiempo de cambio), proceso cíclico, repito, que me permite afirmar que la esperanza y/o la desesperanza la resuelven cada país, cada generación, cada colectividad y hasta cada individuo, con las respuestas activas que puedan darse a las innumerables situaciones que suscita una época dada.

Para un nuevo espíritu de época

En realidad, tengo la esperanza por encima de toda amenaza, de que no ocurra ninguna guerra atómica ni tampoco una total catástrofe financiera mundial (simple intuición), y que lo que sí se está poniendo de manifiesto es un gran cambio. El proceso de una nueva era, un nuevo enfoque existencial; es decir, hablo del cambio que se encuentra a las puertas de los primeros 30 años, o probablemente de toda la primera mitad de este nuevo siglo. Hablo de un proceso de cambio crucial y no de un cambio menor ya totalmente realizado, y mucho menos de un cambio anunciado políticamente, como si los grandes movimientos de un país o de la historia se pudieran llevar a cabo mediante decretos. Los grandes cambios económicos, políticos y sociales surgen de la realidad de un país, de una región o del mundo y de circunstancias coyunturales que son productos de un largo proceso que ha venido buscando su culminación histórica. Es decir, me refiero a la posibilidad de que el cambio mundial ha comenzado, o de que ya comenzó desde la caída del Muro de Berlín y sigue con la globalización (economía, comunicaciones y estilo de vida, entre otros aspectos), una nueva manera de ver la vida que aun no podemos abarcar, y por ende, caracterizar, si acaso advertir intuitivamente; lo que se podría prever como el advenimiento de “un nuevo espíritu de época”.

En cuanto al tiempo oscuro en que vivimos, más específicamente los momentos en que se cuecen estos escritos, es la oscuridad que antecede a la claridad de un nuevo día; y es esta convicción de fe en el mismo ser humano la que me hace reiterar que la crisis de guerra y apocalipsis financiero que tenemos por delante, sin duda, pasarán; sólo que hay que contar con el recurso de la paciencia (aunque para muchos peque de simplista, dicho así, con la mayor displicencia y con buena dosis de distanciamiento si es que yo también puedo distanciarme: debemos “contar con el recurso-de-la-paciencia”). Y como ya la paciencia existe (y es porque estamos hablando de ella como fe dentro de lo humano y lo religioso: la fe de la esperanza), entonces hay que estimular esta espera paciente de fe con mecanismos de fe, que no dejan de ser recursos psicológicos, y que pueden apoyarnos desde un ámbito humanístico.

En resumidas cuentas, estos tiempos extraños de hoy son también interrogantes que aspiran a tener una infinidad de respuestas que definen poco o nada, cuando se trata de llegar a un consenso a priori, o mejor decir: un consenso en el presente, sin distanciamiento histórico; simplemente escribiendo e intuyendo dentro de esta, una de las crisis más largas y crueles que ha tenido la existencia humana. Basta dejar en claro, el contexto en el que nos encontramos inmersos en estos primeros años del siglo XXI, y aquí vuelvo de nuevo a las imágenes de esos ataques fulminantes a las Torres Gemelas de Nueva York, el derrumbe de una parte del Pentágono en Washington, D. C. y la caída en Pennsylvania de un cuarto avión asediado por otro grupo de fanáticos terroristas, pero asimismo la confrontación, primero en Afganistán y después en Irak (guerra errónea, sencillamente desproporcionada con la cordura), y la amenaza de una destrucción nuclear por parte de Corea del Norte, o de Irán, junto a la crisis financiera mundial también ya mencionada y generada en el centro del mayor gigante económico de todos los tiempos: Estados Unidos, aun cuando ahora pase por su propia falta de liderazgo en un momento tan tenso y carente de la energía luminosa que supuestamente caracterizó a este país. Por consiguiente, con estos elementos, tendríamos entonces una medida de la posibilidad concreta que en estos tiempos arriesga el ser humano de caer definitivamente en su más profundo horror.

Horror, esperanza y modernidad

El máximo horror en el hombre es tener que llegar a su autodestrucción. Y el horror de esa posible autodestrucción se ha hecho presente en muchas etapas históricas, mediante guerras y matanzas indiscriminadas, causadas por la miseria, el hambre, la corrupción, los afanes de riqueza y poder, y en estos tiempos modernos por el racismo, supremacismo, nazismo, comunismo, fundamentalismo, consumismo y populismo, esos “ismos” que no han hecho otra cosa que devorarnos progresivamente.
El horror no está en el “factor Dios”, como dice Saramago, sin percatarse que entonces existe el “factor ateísmo”, como le ha replicado el escritor Gabriel Zaid. El horror está escondido dentro del hombre mismo, que es quien ha inventado ese “dios castigador” o esa “ausencia de creencia” para justificar su propio “factor simpleza” (Zaid); este horror es causado por el instinto de lo perverso, que también se usa con inteligencia, aun cuando se sea ignorante y populista, y que predomina en ciertas almas oscuras, para después diseminarse contagiando a miles; es el lado tenebroso de la condición humana (también el lado grosero, vulgar y payaso de la condición humana), al que hay que saber primero controlar y después sepultar bien hondo hasta extirparlo. Si el ser humano no es capaz de una vez por todas de luchar (y esto es en la mayoría de los casos una lucha individual) contra lo perverso de su condición, empezando por reconocer que lo tiene dentro de sí mismo, entonces seremos incapaces de rebasar el horror.

Pero así como existe el horror de lo perverso en el hombre, también se encuentra —al menos eso apuesto— la condición sensible de la esencialidad humana. Algo que en mayor proporción ha venido creciendo desde la pérdida del origen divino, o para otros lo que es la sustancialidad de lo racional con la facultad de amar; es el recurso de restaurar lo perdido, de recuperar y avanzar en el vector bondad; es como la búsqueda constante de la esperanza perdida; es la necesidad vital de ser a pesar de ser.

Y por ser y para ser es por lo que el hombre creó su modernidad, y lo hizo como una forma más de sobrevivir hacia adelante, resolviendo —al decir de Miguel de Unamuno— que la enfermedad significa progreso y que el hombre —y esto ya no lo dice Unamuno— puede llegar a ser autosuficiente. Pero sucede que nunca la modernidad había previsto que entre las enfermedades del hombre se encontrara la de su horroridad (esa capacidad de producir horror), ese germen o gen de lo perverso in crescendo que late en lo profundo y que puede desvirtuar la potencialidad del progreso (habría también que revalorizar la noción de qué es realmente el progreso, desde una perspectiva funcional; es decir, para qué puede servir un supuesto progreso).
En este sentido, el del progreso, la modernidad nació como mismo nació el hombre, con su pecado original: después del Renacimiento fue imponiéndose la racionalidad fría de la ciencia y la tecnología; y a la sensibilidad, a la imaginación y a la poesía se le echó a un lado, porque el hombre para ser centro del mundo y del universo por autosuficiencia ha necesitado creérselo, y por ello ha intentado (está intentando aún) ser su propio demiurgo (¿podríamos pensar entonces en el riesgo de una clonación desenfrenada, sin normas éticas y sensibles que la rijan?; ¿o podríamos pensar en un hombre que haya sido elegido democráticamente, y a partir de ahí se burle de todos y lo cambie todo para reelegirse sin cesar?). El ser humano con la modernidad —creyendo sólo en el cálculo frío— aprendió y se acostumbró a negarlo todo (posmodernidad), creó el nihilismo de la racionalidad hasta que ha llegado en estos tiempos, por su misma autosuficiencia, a la negación de sí mismo y de su modernidad, sin siquiera haber logrado una definición consensual de su significado.

Por ejemplo, nos hemos preguntado qué ha sido la modernidad, y creo que ni todavía ahora, después de revisar su historia, incluso en varias de sus facetas más importantes como la económica, social, política, artística, filosófica y religiosa, encontramos una definición que satisfaga a plenitud un consenso de expectativas humanistas, teóricas y prácticas. Sólo se ha podido —pienso— caracterizar su dinámica de errores (los más) y de aciertos (los menos). Quizá nunca hallemos esa respuesta esencial, y, por supuesto, total, por ser la diversidad de la razón (cambio infinito) la razón de su indefinición. Así las cosas, desde hace tiempo andamos corriendo con la consabida pregunta —para algunos pedante y para otros evocadora de una infernal cosmovisión dantesca— de qué es la posmodernidad.

¿Es la posmodernidad el fin de la Historia?

La posmodernidad yo la veo como un paso más en la espiral de la historia. Es una respuesta cíclica, como de eterno retorno (Nietzsche), algo a la manera de otra vuelta de tuerca, como diría Henry James, y que puede interpretarse hacia adelante o hacia atrás (y esto último no lo dice James). Este evento de la posmodernidad es un proceso de tránsito, complejo y vital, existencial y cultural, y que comenzó en los finales de los años 60. En años posteriores, desde un plano sociocultural, se dejó conocer como una de las proyecciones estéticas más importantes del siglo XX.
Esta manera de ver el mundo, que ya cuenta con más de 40 años, abarca en realidad todas las esferas de la vida, y, por lo que al humanismo corresponde, entra directamente en el campo del pensamiento con las características, eso sí, de haber heredado, por un lado, una diversidad que se hace insistente en las búsquedas ideoestéticas y, por otro, la experiencia de un nihilismo que incluso hoy en día, en muchos casos de manera radical, ha planteado conducir a un final de la Historia (esta vez con mayúscula).

No obstante, esa misma fragmentación, junto a su propuesta de filosofía “nadaísta”, entraña las posibilidades de la reevaluación. Porque, paradójicamente, tanto la estratificación sociocultural como el escepticismo a ultranza, por formar parte de las contrariedades humanas, implican sus propias negaciones; es decir, contienen sus correspondientes potencialidades cíclicas (como puede ser el hecho de decir que la posmodernidad no es tal, sino la modernidad misma en una de sus nuevas variantes) en las que ahora también tenemos la posibilidad de hacer surgir una dinámica que establezca otros caminos de esperanza y optimismo hacia un nuevo espíritu de época. Es como reconocer, a pesar de las guerras y la deshumanización histórica y cotidiana, incluso de las ya mencionadas guerras de Afganistán e Irak, del populismo zonzo y falaz que practican algunos países y hasta de los próximos eventos de violencia infernal que puedan venir antes de publicarse estos criterios, además del terrorismo en toda su extensión y de la despiadada y desconsoladora crisis financiera, es reconocer, digo, que todo lo que ha hecho el hombre ¡no es malo!; que el ser humano, en sus ensueños y desvelos, ha creado también muchas cosas de altos valores y beneficios, tanto en la ciencia y la tecnología como en el campo del arte, la literatura y el pensamiento; y que en última instancia, inconsciente o conscientemente, entre tantas cosas, aún el hombre cuenta con su afán, y tiene la posibilidad de “tomar el cielo por asalto” para lograr mejores cambios hacia otra dimensión más compleja y revitalizadora. La complejidad vendría entonces de esa misma diversidad hacia un centro universal, desde donde se volvería a tomar el sentido —todavía inefable— de la duda imaginaria y liberadora (impulso imaginativo, contrariedad creativa), recurso sin el cual no pueden surgir los cambios.
Si sabemos que la política, la estética y la economía, la sociedad y la cultura, en general, de esta contemporaneidad se han propuesto desde hace años la descanonización de los postulados modernos, no descontamos entonces que ya se está promoviendo —quizás de una manera imperceptible, invisible o inconsciente— la descanonización de la descanonización posmodernista si es que no ha ocurrido ya. ¿Es que no son las relaciones humanas una sucesión de cambios, un diálogo constante (Bajtín) con sus propias fronteras? ¿Y esta impronta de cambios no ha representado igualmente a la modernidad, por lo que el posmodernismo podría ser su variante (Octavio Paz), esa etapa de transición hacia otra era diferente o hacia otra modernidad más moderna?

A no dudar, estamos en presencia de una variante de la desacralización, de la desmitificación del saber, para saber ser de otra manera mejor (al menos, confiamos en ello), algo así como saborear el ser que dice que no sabe que puede saber pero sabe… algo nuevo. Saber terminar, pongamos por caso, con la angustia que ocasiona la pretensión de eternizar la presencia de las ideologías y de los fundamentalismos religiosos, y, por supuesto, de la política y de los sistemas económicos como su instrumento de manipulación; políticas como son la exageración del “feminismo”, los trasfondos de la “ecología” y el “pacifismo”, o por la manipulación indiscriminada de los capitales y del dinero ajeno, sin control, y hasta guiado por la avaricia y el afán de enriquecimiento sin límites, por poner varios ejemplos, y detrás de los cuales se mueve toda una programación gramscista de trasnochado izquierdismo que, aunque frustrada y fragmentada después del histórico fracaso de la Unión Soviética y el comunismo internacional, ha logrado mantener sus habilidades para expandirse de una manera abarcadora en universidades y sistemas de educación, instituciones, organizaciones, sindicatos y en los medios de difusión; y así como también detrás de la manipulación de los capitales se mueve una confabulación de ladrones de cuello blanco (en el último ejemplo citado) que, de una forma u otra, constituyen parte del camino hacia el derrumbe de un capitalismo sin control (para no decir salvaje).

Espejismos de izquierda y derecha

Ahora bien, en general, el juego de la manipulación política y económica se oculta detrás de casi todos los intereses (pensemos, entre tantos, en la prensa y la televisión, que merecen toneladas de ensayos), y más dentro de las instituciones que un Estado o sistema impone para dominar. Se crean espejismos y se hiperbolizan falsos valores, y un portarretrato colgado en la pared (como pueden ser el de Carlos Marx, Lenin, Mao, Ho Chi Min, Fidel Castro o el Che Guevara, el retrato de Hussein, de Jomeini, el mulá Omar o de Osama Ben Laden) o un rostro impreso en un billete de banco (como el de George Washington, Lincoln, Jackson, Grant, o Benjamin Franklin) pueden ser —independientemente de la realidad objetiva que entrañen— una exigencia dogmática negadora de la sensibilidad, que alienan a las sociedades y a los individuos hasta llevarlos al espanto de las pesadillas y las incertidumbres.
Asimismo habría que saber vivir fuera de la nociva influencia de la propaganda y de su desbordada persistencia psicosociologista, puesto que todos los intereses de poder imponen su promoción paralizante, como ocurría y ocurre aún con la retórica de los gobiernos totalitarios y fundamentalistas: hablar todo el tiempo, machacando los oídos y las mentes, de la revolución y el hombre nuevo o de la jihad y el islam; o con la indiscriminada publicidad y proposiciones crediticias de las sociedades de consumo (que se convierte en pesadilla, pongamos por caso, cuando los banqueros abren las puertas del crédito a la inmensa mayoría que aún no puede tener crédito y crean las hipotecas de riesgo insuflando, como un gas, las ideas del “sueño americano” en las mentes de los crédulos que aún no tienen mucho). Sucede, por otra parte, que la ideología y la religión, sin la libertad de una genuina democracia y una sana y verdadera interpretación de la fe, se transforman en estrategia política y teología del sofismo, y la política y la evangelización se convierten en técnicas deshumanizantes, simplemente ilusionistas. Y estas política y evangelización fabrican mitos y falacias que intimidan e interfieren en la libertad y privacidad; o peor aun, en la intimidad y estructura intelectual (alma, corazón y vida) de cada persona. De esta manera se llega a reinventar la historia social, política, económica y religiosa para hacer creer en la necesidad “justa, imperecedera y provechosa” de ese Estado y/o sistema de fe (aquí también me estoy refiriendo a cualquier dogma de fe), o en la invulnerabilidad y poderío económico y militar de naciones superdesarrolladas. Con estas estructuras enajenantes, como son las sociedades totalitarias y fundamentalistas, o como son las sociedades del tener en los países del Primer Mundo, se asalta la integridad individual hasta convertir al hombre en un ser vacío que puede perderse en esas sociedades que realmente no dan nada (ni dicen dónde hay), las primeras, o en otras que lo ofrecen todo pero lo consumen todo, las segundas.

La utopía posible

A pesar de todo, creo en la posibilidad de la democracia, y en su mejoramiento; y me tienta la idea de considerar a la democracia también como una utopía debido a que para mí la utopía es “el mejoramiento constante”, el hecho de ir perfeccionando la imperfección… ¿quizás esta sea entonces la última utopía que nos queda? En fin, continúo con el deseo de intuir la esperanza, incluso en las más plausibles posibilidades dinámicas del capitalismo (sin descontrol, digo, y en el que nunca se permita que prime la avaricia, sino la ética del verdadero negocio), reconociendo que el ser humano actualmente tiene que sobreponerse a sus propias contradicciones y por ello está llamado a realizar una mejor búsqueda de sus orígenes (que es decir: la búsqueda de esa esperanza), de sus valores pasados y presentes; y esto significa, de hecho, descubrir nuevas y verdaderas concepciones sustanciales en cuanto a las raíces de un auténtico acervo cultural, que mediante el respeto, dé comprensión y cabida a todas las formas de pensar y sentir la vida.
Como ejemplo de ello, pienso que debemos reconceptualizar el sentido de la utopía posible, como ya dije, el cual creo es inmanente y válido en el hombre, pero que hasta el momento no se ha llegado a su mejor esencia, pensando que haya tenido otras en tiempos anteriores. Estoy seguro que este concepto hay que redefinirlo de una vez. En otras palabras, la utopía puede ser (debe ser, en mi criterio, claro está) ese sentido griego de la búsqueda del mejoramiento constante, y no hablo del mejoramiento total, no, y mucho menos de la perfección, sino por el contrario: hablo de la “imperfección”, me explico, del cambio hacia una visión mucho más humana cada vez que se dé un salto. En realidad, la utopía sería entonces la búsqueda, el escudriñar en “lo imperfecto” esencial para ascender, para de alguna manera “ser mejor”; porque en realidad sería una búsqueda incesante de ser mejor, para ser uno mismo dentro de la diversidad. Tratar siempre de quitar las comillas a la democracia, eso sería otra manera más de ver la utopía.
Acabar de darnos cuenta de que las crisis son consustanciales en el ser humano, y que después de las crisis —sea existencial o financiera— siempre el hombre resurge fortalecido, con nuevas perspectivas y hasta, como en este caso que intuyo, entrando en el proceso de una nueva era, al menos, en el mundo occidental, primero, y el oriental después, nuestra potencialidad será tal que conformará un nuevo espíritu de época. Es como si detrás de cada representación, de cada mundo presentado, se encuentre otro universo en espera de nosotros (Derrida) que nos pudiera promover como seres humanos, que nos ayudara a cambiar sin dejar de ser coherentes y auténticos con nosotros mismos y con el mundo, fieles a una nueva realidad planetaria que a la vez de estar unidos, al mismo tiempo —dialógicamente— nos permita ser distintos.

18 comentarios:

  1. La crisis existencial ha acompañado al ser humado desde el momento en el que éste levantó la mirada, y se dio cuenta que el universo es inmenso, y él es tan pequeño.
    Quizá (y es un quizá resaltado en rojo), el ser humano seria mucho mas productivo y feliz, si no se planteara siempre las mismas preguntas ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?
    El mundo en el que vivimos ha atravesado glaciaciones, eras geológicas, ataques terroristas y devaluaciones; tanto morales como económicas. Y un sin fin de fenómenos naturales o provocados por el hombre, que han dado como resultado nuestra casi nula evolución.
    Me gusta creer que en todos nosotros, o en muchos, habita la misma esperanza por una democracia justa, sin disfraces ni poses. Una que no sea inventada por convergencias de partidos políticos hipócritas. Ni por dictadores con piel de oveja.
    Sueño con amaneceres anaranjados y con que estemos más llenos de “con” que de “sin”.

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  2. Personalmente me siento asombrado ante el perfeccionamiento que han alcanzado las diversas formas de manipulación, amigo Manuel. De hecho, buena parte de las profesiones humanistas hoy en día están direccionadas hacia el perfeccionamiento en la forma de transmitir una cierta mirada de la realidad, por supuesto muy ligada a determinados intereses de grupos.

    Concuerdo con la mayoría de los puntos que expones en tu escrito, que por cierto es bastante ecuánime, amplio, prudente y profundo en su análisis. No es posible desdeñar todo lo que ha llegado hasta nosotros y que nos permite ver, apreciar, sentir y vivir como vivimos. Hay una acumulación prodigiosa de conocimiento, un tesoro artístico construído a lo largo de miles de años, una conquista efectiva en el control de las epidemias más devastadoras, un intento democratizador en muchos lugares y un avance tecnológico vertiginoso que ha alivianado una parte de la dureza del diario vivir y que incluso nos permite contemplar en detalle nuestro propio planeta y una parte significativa del resto del universo. No es posible desconocer todo eso. Sin embargo, simultáneamente a este progreso efectivo, mantenemos un rezago profundo en muchos aspectos de nuestra coexistencia. Los grupos que intentan preponderar sobre otros tienden a entorpecer y a pudrir toda forma de auténtica fraternidad entre las personas. Fue un tema que preocupó toda la vida a Alexander Solzhenitsin, por ejemplo. La ausencia de progreso moral en las personas ha sido, sigue y probablemente seguirá siendo la gran causante de todos los males pasados, presentes y futuros de la especie humana.

    Extraordinario escrito, amigo Manuel. Sin duda nos mantendrá debatiendo bastante tiempo. Hay varios temas puntuales tratados en tu texto sobre los que volveré posteriormente.

    Un fuerte abrazo.

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  3. Me pregunto cuál será la esperanza de un codicioso que ya se lo ha acaparado todo, querida Lilymeth.
    Nuestras esperanzas parecen condenadas a estrellarse unas contra otras.
    Yo espero muchas vueltas de tuerca, espero que nuestro planeta se salve de esta destrucción contaminante que le estamos infligiendo, espero que no lleguemos a romper definitivamente esta armonía que permite la perpetuación de la vida, y sobre todo espero contribuir a que el disfrute de este mundo sea plenamente equitativo para todas las personas. Es mi principal motivación existencial, la que me mantendrá ocupado las probables tres o cuatro décadas que me quedan de vida.

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  4. Caldo de cabeza, Manuel... así le decimos por estos lados cuando alguien nos somete a cuestionamientos como los que tú haces en este valioso texto... y vaya qué caldo de cabeza, amigo... Por más que le demos vuelta la espalda, los problemas están ahí, a la vuelta de la esquina, acechándonos, esperando sorprendernos... de catástrofe en catástrofe, política, social y económica... ¿cómo hacer para no perder la esperanza? Bienvenido amigo Manuel.

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  5. El amigo Manuel ha citado una palabra que, creo, sería la clave para desenmarañar esta maraña social en la que todos estamos implicados: PACIENCIA. Dice el refrán que la paciencia es la madre de la ciencia. Pues hemos de poner en práctica esa paciencia, individualmente, sin que nos agobien y desesperen las noticias, sin dejarnos llevar por los discursos de los que exhiben su imagen en billetes de curso legal, en pancartas electorales, en estatuas y en lienzos. Nadie, ningún ser humano al que no le acredite su bondad será capaz de confundir nuestro camino. Tengamos paciencia con nuestra familia, con cada uno de sus miembros, tengamos paciencia con nuestra impaciencia e intentemos reconciliarnos con nosotros mismos. Amémonos un poco más y tal vez, ese amor haga efecto multiplicador y llegue hasta donde tiene que llegar. El cambio global está en movimiento. El desasosiego ante la nueva era que se avecina nos inquieta. Sin embargo, algo muy íntimo se está moviendo. Para bien, para hacer de la utopía realidad. PACIENCIA.
    Bello y analítico ensayo.

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  6. Amigos, me siento encantadoramente extraño, cómo decirlo, entre ustedes vibro, simplemente así. Es entrar a un crepúsculo, a un umbral en el que aparecen ustedes y me dan la mano, y entonces descubrimos que de cada uno de nosotros se ha formado un conjunto original en el que pudiéramos correr todos los riesgos, sin dejar de sentirnos seguro. Es como saber que lo que amamos es el viaje y no el lugar a donde vamos. ¡Bendita sea la imaginación!
    Es extraño explicar lo que se siente, cuando la calidez de los criterios, la armonía de las contradicciones y la dialéctica de los sueños aparecen en relación con algo que uno dio de sí. Y entonces nos enriquecemos, nos inflamos como de un placer indecible. Sinceramente es un sentimiento inefable.
    Ustedes —y yo ahora— me dan la impresión de que somos algo así como una hermandad de la imaginación. Y es porque cada uno de ustedes sienten la infinita libertad de la literatura (ahora recuerdo al peruano Manuel Scorza, que prodigaba el hecho de que la literatura era (y es) el territorio libre de América). Y los criterios surgen, van y vienen, se entrelazan (como diría Bajtin) y nos damos cuenta de que nosotros vivimos un pedacito de la macrohistoria del ser humano, que la visión del mundo es del presente hacia el futuro, sin olvidar que el pasado es nuestra fuente original del porvenir, y que si escribimos es porque tenemos la esperanza de ser. Y es aquí —en la esperanza de ser— donde se encuentra la posibilidad de que el mundo se vuelva un poco mejor, cuando hagamos de nuestro nihilismo un camino hacia el descreimiento de nuestra propia incredulidad. Quizás con ello logremos convencer a otros; o mejor, atraerlo a una esperanza que también nos dé luz.
    No importa qué tipo de esperanza, lo que importa es su sentido y más aun, comprender de una vez por todas de que es un hecho individual. Porque el asunto es ese: no olvidar que somos individuos que nos buscamos y más que sumarnos, nos fundimos, nos rehacemos con paciencia en una unidad compacta que va de lo corpóreo humano a la sensibilidad espiritual.
    El asunto es que nos descubrimos como individuos que “hacemos camino al andar/ golpe a golpe/ verso a verso”, y que es nuestra palabra, y las acciones que hacemos o somos —al seguir nuestras propias palabras— las que nos une; palabra y acción que nos dan la fuerza de querernos cuando nos reconocemos diversos y uno.
    Definitivamente, los abrazo a todos, les agradezco su acogida y el regocijo que me trasmiten sus escritos,

    Manuel

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  7. Qué gran privilegio poder disfrutar de tus palabras por acá también Manuel. Un texto que arrasa metiéndose en cada rincón de la memoria.. en lo vivido, oido, leído..
    Cuando llegan las noticas de cada manaña, cuando tomo conocimiento de un nuevo hecho que me pone en crisis me planto en el presente y me resisto a huir hacia el pasado o el futuro.. Al menos de eso me convenso. Este autoengaño no sirve ante la realidad que nos tira un balde de agua fría en breves lapsos de tiempo. Ante esto me agobian miles de preguntas que no encuentran su respuesta convincente y entonces me convenso que no exiten fórmulas ni recetar. Celebro el poder reflexionarlo, manifestándome en contra de aquellos que me dicen que piense en cosas más alegres y que pase por alto los detalles- Encuentro a las crisis entre el bien y el mal, enfrento las mías con lágrimas o risas y trato de comprender las del mundo desde mi lugar en el mundo.
    Un querido amigo hace un par de horas me mandó un mensaje que decía: no sé que hacer de mi vida.. ¿Ejercer la psicología o sentarme en un banco a tomar vino? Ante mis respuestas extensas recibí un emoticon de tristeza. He ahí el límite de las palabras cuando las crisis existenciales atacan el corazón más allá de toda explicación o expedición al fondo del alma humana- Uh.. cuántas veces le habré pedido que me analice depositando una cuota de confianza en su profesión...
    Sigamos preguntándonos.. creo que vale la pena.

    Un gran abrazo-

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  8. Concienzudo análisis, Manuel. Sin embargo me ha llamado la atención la importancia igualitaria que le atribuyes a la religión con respecto a la filosofía y a otras disciplinas literarias, históricas y artísticas. Hoy en día es relativamente fácil seguirle la trayectoria completa al conjunto de las religiones, y por lo mismo, es clarificador para el pensamiento puro el ir comprobando que han sido construidas en base a mentiras, manipulaciones, tergiversaciones e intereses. Intento entender tu punto de vista, que por lo demás me parece muy humano, muy profundo y muy honesto, pero no puedo aceptar, al menos en mi forma de razonar, la inclusión de la religión o del pensamiento religioso en ningún tipo de análisis. Más bien siento rechazo por todo el daño que le han causado a la humanidad desde que se transformaron en estructuras de poder.
    Espero que no consideres mi opinión como una falta de respeto, pero mi postura es terminante en ese aspecto, y sé que desde lo manifestado en tu ensayo podría categorizarse como una mera reacción más, pero sin mayor valor cognoscitivo que la misma religión.
    Saludos Manuel y felicitaciones por tu excelente ensayo.

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  9. Pues yo estimo que es una reacción, Cosette. Tal como mi comentario es una reacción hacia tu comentario y así sucesivamente. Gran parte del conocimiento se ha construido de esa forma.

    Con todo lo alejado que me siento de las religiones, tanto en el plano epistemológico como práctico, no puedo afirmar con certeza que el conjunto de las verdades en que me desenvuelvo tienen más valor en el rango del conocimiento que lo propuesto por las mismas religiones. Para construir mi propio esquema del mundo y del universo necesito afirmar varias columnas con simples creencias, lo que me iguala respecto a la religión.
    Sin embargo, comparto plenamente contigo mi desprecio por las religiones convertidas en estructuras de poder, con toda su añadidura de corrupción, mentira y tergiversación.

    Un abrazote, mi polémica amiga.

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  10. A la religión hay que considerara como filosofía, como forma de vida que busca el bien, nunca como estructura de poder. Si nos basamos en las teorias del estudio de las religiones descubriremos muchas cosas, la principal que todas confluyen en un punto común, en la ética personal de cada individuo, ya sea protestante, budista, católico, maoísta, etc...todas ellas tienen cabida en la filosofía general que las abarca.

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  11. si, el contenido de las religiones incorpora elementos de la filosofía sin ninguna duda y han contribuido al enriquecimiento interno del hombre y la mujer. Totalmente de acuerdo. Sin embargo, no quisiera dejar atrás el aspecto más terrenal: cuando las religiones, o a nombre de esas reigiones, grupos selectors y reducidos buscan engañar, mentir y evitar el avance de la humanidad, impidiendo el libre pensamiento y la discusión.

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  12. Para mi amiga Cosette (I)
    Por supuesto, que me encanta esta polémica. Jamás me faltarás al respeto, amiga Cosette, por el hecho de discrepar, sino que al contrario, sin retórica ninguna, te digo que me enriqueces. Empezaré por decirte que no dejas de tener razones, puesto que el tema de las religiones, como todo tema humano, es complejo, polémico y, por tanto, está enmarcado en los extremos del amor y el odio, de la atracción y el rechazo. Ahora bien, te aclaro que no es el hecho de que las religiones hayan sido construidas “en base a mentiras, manipulaciones, tergiversaciones e intereses”, como hasta cierto punto bien dices, porque sí lo han sido, pero que también parten del mejor sentido del ser humano por preguntarse “¿quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos?”. En este punto recuerdo ahora un bellísimo libro de María Zambrano: El hombre y lo divino*, en el que la sin par ensayista española llegó a concluir de que el hombre, desde un principio, estuvo y ha estado transido por el cuestionamiento de quién ha sido y la búsqueda de la respuesta. Dice la Zambrano:
    “La aparición de dioses como Apolo, y la revelación de Jehová, señalan
    así la aparición de lo más humano del hombre: el preguntar, el hacerse
    cuestión de las cosas. Mas no son ciertamente las cosas inanimadas las que
    sugieren la pregunta. A lo que sabemos, nunca se han presentado ante ningún
    dios cuestiones de conocimiento. El ansia de saber no se ha dirigido nunca en
    demanda a los dioses… La pregunta dirigida a la divinidad —revelada o
    develada poéticamente— ha sido la angustiada pregunta sobre la propia vida
    humana […].
    La actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia; de la
    conciencia, ese desgajamiento del alma”54.

    Algo connatural que, incluso, está muy relacionado con la filosofía. De ahí que la religión es teología asimismo. Y que te podría decir que una de las varias diferencias que pudiera existir entre filosofía y religión es que esta última conlleva, además de la teoría, la práctica de un ritual correspondiente (que no así la filosofía que es pura convicción o especulación teórica). Las teorías de las religiones o teologías (no manipuladas y manipuladas) van directamente a la problemática de la fe, que es algo muy consustancial del ser, y que por ser tal contiene tanto a la filosofía como a la poesía, por ejemplo, el hecho de la teología ya mencionada (filosofía) y el de la mística (poesía). Pero aquí, como otra gran diferencia, el asunto es que en la fe religiosa debe de primar, por encima de todo, un sentimiento de fusión con lo que el ser humano ha identificado como el símbolo del Bien, del Amor, etc. A si sea Dios, Cristo, Mahoma, Buda, o mucho antes: los dioses persas, egipcios, griegos, o las deidades del hinduismo, o de los cultos africanos, etc.

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  13. Para mi amiga Cosette (II)

    Algo connatural que, incluso, está muy relacionado con la filosofía. De ahí que la religión es teología asimismo. Y que te podría decir que una de las varias diferencias que pudiera existir entre filosofía y religión es que esta última conlleva, además de la teoría, la práctica de un ritual correspondiente (que no así la filosofía que es pura convicción o especulación teórica). Las teorías de las religiones o teologías (no manipuladas y manipuladas) van directamente a la problemática de la fe, que es algo muy consustancial del ser, y que por ser tal contiene tanto a la filosofía como a la poesía, por ejemplo, el hecho de la teología ya mencionada (filosofía) y el de la mística (poesía). Pero aquí, como otra gran diferencia, el asunto es que en la fe religiosa debe de primar, por encima de todo, un sentimiento de fusión con lo que el ser humano ha identificado como el símbolo del Bien, del Amor, etc. A si sea Dios, Cristo, Mahoma, Buda, o mucho antes: los dioses persas, egipcios, griegos, o las deidades del hinduismo, o de los cultos africanos, etc.

    En fin, lo que te quiero significar es que las religiones, independientemente de sus ciertas tergiversaciones, pertenecen al acervo sensible del hombre, y aun cuando se les rechace —sentimiento válido también— hay que intentar analizarlas y, al mismo tiempo, respetarlas, para que la parte mala en la que las ha convertido el propio hombre, no nos nuble el razonamiento de saber diferenciar lo bueno de lo malo en cuanto a ellas. Eso es una de las cosas que trato de dejar un poco claro en mi escrito, el hecho de mencionar, de alguna manera, las aberraciones de los fundamentalismos religiosos. También cuando digo que ”la ideología y la religión, sin la libertad de una genuina democracia y una sana y verdadera interpretación de la fe, se transforma en estrategia política y teología del sofismo, y la política y la evangelización se convierten en técnicas deshumanizantes, simplemente ilusionistas”. En fin, amiga mía, habría que escribir un kilométrico ensayo sobre este tema nada más que toca, como tú sabes, el origen de la humanidad.
    Por último (por el momento, claro) te agradezco esta profunda observación tuya, porque es algo que se encuentra en la esencia de nuestros sentimientos, debido a nuestras propias experiencias. Por eso, mi fe en dios está basada en mi imaginación. Detrás de todo lo que escribo (o bueno, de mucho de lo que escribo) siempre intento dejar ver que la imaginación es un camino hacia nuestro Dios individual; por lo que Dios tiene la configuración y los deseos de cada persona, y no exclusivamente de una religión dada… Gracias milo, y seguimos en contacto, un abrazo, Manuel

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  14. Como el tema es tan interesante, recurro a mi propio archivo y rescato un texto que publiqué un 8 de septiembre de 1995 sobre la Cuarta Conferencia Mundial sobre la mujer que se desarrollaba en PEKÍN. Precisamente, en uno de los temas que traté sobre la religión, escribí lo siguiente: "LA RELIGIÓN, COMO SISTEMA CULTURAL, PRESENTE EN TODAS LAS CIVILIZACIONES, IMPLICA DE MANERA DIRECTA LA CONDUCTA HUMANA PORQUE EXPRESA LA REALIDAD O EL "ETHOS" DE UN PUEBLO, QUE NO ES MÁS QUE: EL TONO, EL CARÁCTER, LOS ASPECTOS MORALES Y ESTÉTICOS Y QUE QUIENES LOS CONOCEN Y LOS EXPERIMENTAN, SABEN QUE MERECE LA PENA VIVIRLOS. EL HOMBRE SABIO, PRUDENTE Y RAZONABLE, NO SE ESFUERZA POR ALCANZAR LA FELICIDAD, SINO QUE ASPIRA A UN TRANQUILO ESAPEGO QUE LO LIBERE DE ESA OSCILACIÓN ENTRE GRATIFICACIÓN Y FRUSTACIÓN. NO ES NECESARIO POSEER PROFUNDOS CONOCIMIENTOS TEOLÓGICOS PARA SER REFINADAMENTE RELIGIOSOS PUES LA PREOCUPACIÓN, Y ESTO ES FUNDAMENTAL, POR LA ÉTICA Y EL DESASOSIEGO ANTE LA SENSACIÓN DE QUE EL CONCEPTO DE NUESTRA MORAL NO VA ACORDE CON NUESTRA EXPERIENCIA MORAL, ESTÁ TAN VIVA EN TODAS LAS RELIGIONES PRIMITIVAS COMO EN LAS CIVILIZADAS. Y ES AHÍ PRECISAMENTE DONDE NUESTRA CONCIENCIA HACE ACTO DE PRESENCIA, EMERGIENDO DE NOSOTROS MISMOS COMO GUÍA QUE CONDUCIRÁ NUESTROS PASOS."

    No sé si es procedente, o no, esta reflexión mía de hace más de 20 años, pero puede aportar algo al debate.
    Abrazo a todos.

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  15. Mi primera intervención fue arbitraria. Reconozco, tal como lo dice Concha y Manuel, que las religiones son a la par que depositarias de las esperanzas de millones de personas, verdaderos sistemas filosóficos. Nuestro diálogo se ha circunscrito hasta ahora, y quizás porque yo lo conduje a ese punto, a la religión católica, pero si hablamos de religiones no podemos dejar afuera la profundidad explicativa del budismo o el sintoísmo o incluso las religiones animistas.
    Respecto a tratar a algunas religiones como seudoreligiones, me parece inapropiado. Es como intentar hacer preponderar lo propio, pero afirmado en una nube.

    Un abrazo a todos ustedes

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  16. Anónimo11/1/11

    Gracias, estimado Manuel, por estas reflexiones en voz alta. Sabes que te estimo mucho, pero creo yo que he sido católico práctico bajo el sistema comunista de Cuba, habiéndolo como tú padecido, y remitiéndome al pensamiento de María Zambrano, que al final lo que ella inicilamente llamó esperanza, y lo transformó el poético "aurora", debo poner una nota desafinada: y la del envilecimiento del hombre en medios del caos donde intenta sobrevivir. Nuestras vidas no están cimentadas sobre la esperanza sino sobre los bancos, y ya vez entonces la importancia de la economía, que es la base del pensamiento de Marx en "El capital". No soy marxista pero que la superestructura (cultura, religión, etc) está cimentada sobre la economía es una verdad infalible: de hecho la crisis que vivimos lo testifica. Y padecemos.Lo cierto es que el hombre desde si conciencia sigue solo en su soliloquio o monólogo existencial. Gracias por hacernos pensar. Alberto Lauro

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  17. Les doy las gracias a todos por sus comentarios, que lo que más me gusta es que algunos discrepen un tanto (o mucho si fuera el caso) con mi ensayo, porque eso es lo que realmente me le da una calificación de interesante (o de bueno, si también se pudiera decir así). Esto de las religiones, por supuesto, es un tema inagotable, que tiene muchas aristas, infinitas posibilidades. Yo no estoy en desacuerdo con aquellos que rechacen la estructura o el montaje de las religiones, cuando se ha tratado de ver en todas (no sólo la católica, por supuesto) el turbio e histórico montaje de sus estructuras relacionadas directamente con sus onveniencias de intereses económicos y políticos, sino que les pido que, por rechazarlas, no las echen a un lado, y que con respeto y ecuanimidad analicen los pro y los contra, aun cuando en mucho haya toda una historia que despreciar. Desprecio que aun así no se puede ignorar, pues las religiones constituyen una parte principalísima en la esperanza o degeneración del ser humano. Por otra parte, quizás podamos estar de acuerdo en que la esperanza del hombre en sí mismo, en lo que respecta a mucho de su historia, principalmente la contemporánea, esté basada en los bancos. Pero hay también una historia primigenia, probablemente la del cristianismo primitivo, o a no dudar, más atrás aun, la de nuestros orígenes, que tiene que ver más con lo poético lírico y místico que con lo poético épico, en que el hombre buscó a Dios como una necesidad de armarse sobre su propia imaginación. Esta esperanza basada en y sobre la imaginación y lo corpóreo es a la que más me refiero, sin desdorar incluso la esperanza sobre lo económico. Es un problema de tratar de rescatar lo bueno que aun tenemos y que no creo que sea despreciable. De aquí se podría pasar a la idea de la “utopía posible”, esa que yo baso en la “imperfección de la perfección”, a modo de algo así como la “paradoja de la salvación”. Gracias a todos ustedes por sus estupendos comentarios. Otro abrazo, Manuel

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  18. Existe una relación ineludible entre el progreso y la necesidad de maximizar las utilidades por parte de los grandes poseedores. La codicia es la gasolina del progreso.

    Sin embargo, si bien la codicia descontrolada ha contribuido al avance en numerosos campos, también ha contribuido a la depredación del planeta y a la desigualdad social.

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