29 de marzo de 2011

Nostalgia



Por Concha Pelayo

De vez en cuando echo un vistazo a mis blogs que se me van quedando antiguos y olvidados. Los comencé con mucho entusiasmo, como, creo, nos ocurre a todos cuando empezamos con estas prácticas cibernéticas, para acabar un poco cansados de alimentar a estas bestezuelas que tanto nos aportan y entretienen. El caso es que hoy se me ha ocurrido navegar por uno de ellos y encontré esta fotografía y su texto. Se trata de una imagen que tomé cuando fui a Australia a la boda de la Princesa Liala de la que ya he escrito en este blog de Plumas Hispanoamericanas. 

Han aflorado los recuerdos a aquel lejano país, de población, en su mayoría, asiática y joven, de grandes extensiones geográficas que se hace imposible recorrer en su totalidad. Ni siquiera pude ver sus famosos canguros pues habia que trasladarse a miles de kilómetros de donde me encontraba. Pero sí viajé durante todo un día en bus para visitar estos monumentos pétreos ante las costas de Tasmania donde el mar azota con fuerza y transforma el paisaje. Era el triunfo de la Naturaleza frente al mar. Me recibió esa mole triunfal cuyo arquitecto es mago de la erosión. Unas cuantas rocas, doce en total, junto a la abrupta playa. Se conoce el paraje por Los Doce Apóstoles. 

El arte también triunfó en París donde se yergue el Arco de Triunfo, en el que pensé inmediatamente al descubrir este otro. Desde el famoso Arco de Triunfo de la ciuad de Maria Antonieta se divisa una imagen que marea de tan bella y una se descubre ante la perfección arquitectónica de la ciudad. 

Contemplando este arco tallado en piedra por la tosquedad erosiva, recuerdo Paris y una historia que me contó una de mis hermanas. Siendo ella estudiante había ido en viaje de estudios con sus compañeros a la Ciudad Luz. Era muy joven y no había salido todavía al extranjero. En España las chicas éramos todas vírgenes y la censura estaba muy de moda. Gobernaba Franco. No veíamos nada. Ni sabíamos nada tampoco. Me contó que estando en Paris, como digo, había entrado, junto con sus amigas, a un café de esos que tienen terrazas en la calle cubiertas con paredes de cristal para guarecerse del frío parisino y aprovechar los pocos rayos de sol que se permite la ciudad. Mi hermana reparó en un hombre ciego. Estaba sentado junto a una mujer a la que le acariciaba los pechos. La imagen, me contaba mi hermana, fue tan brutal, que cuando me la refería yo sentía enrojecérseme mis mejillas. 

Estando sentada frente a esta mole de piedra incrustrada en el mar, yo evocaba las manos de aquel hombre ciego acariciando los pechos de la desconocida. Qué compleja es nuestra imaginación y nuestra capacidad de relacionar unos paisajes con otros cuando dejamos libertad a nuestra mente. 

3 comentarios:

  1. Tu texto me trajo a la memoria a Marcel Proust, sobre todo por la reflexión final sobre la imaginación y los pasajes. Aunque te confieso que a ti te leo con mucho mayor facilidad que a ese condenado francés, amiga mia.

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  2. La naturaleza triunfa sobre si misma a la vez que se carcome, se automoldea y juega como un pequeño Gaudí.
    Pasaste bajo el arco australiano y entraste a otra dimensión querida Concha. Así son los soñadores, los idealistas, los poetas, los grandes escritores. De proseguir con el recuerdo del ciego parisino habrías terminado en una tercera y cuarta dimensión, abriendo múltiples ventanas de la nostalgia.

    Un bellísimo texto.

    Un fuerte abrazo mi gran amiga.

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  3. Es cierto a este texto no le cabe otra descripción que BELLISIMO ¡¡

    Saludos

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