18 de agosto de 2014

Roberto Haebig o de cómo cargar el infierno a cuestas, tercera parte y final

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Trece maletas, tres arcones, una caja de herramientas y un par de baúles. En eso se resumía el equipaje que Roberto Haebig Torrealba había logrado acumular en sus 35 años de viajes por el mundo y que la mucama del hotel del barrio Mapocho –por quien no pudo evitar sentir atracción sexual al contemplar sus muslos desnudos- ayudaba a ordenar en su habitación, tras su llegada a Chile desde Estados Unidos.

A pesar del deseos de recuperar a su familia –en especial a sus hermanos, porque a su padre, a esas alturas, él lo asumía bajo tierra-, Haebig tenía dudas de cómo sería recibido por sus integrantes. Después de todo, había abandonado la casa paterna en la niñez para ir al seminario y, luego, para recorrer el mundo. Por si fuera poco, no hubo ningún contacto entre ellos en todos estos años. Sus dudas aumentaron cuando se percató que su padre había tenido otros hijos de su segundo matrimonio que ni siquiera alcanzó a conocer.

Pero sus temores fueron infundados: sus hermanos Otto, María Otilia, Otella y Octavio (los dos últimos hermanastros), más sus cónyuges, lo recibieron en la casa del primero con calidez y alegría. Se mostraban ávidos de saber de sus viajes y aventuras, por lo que se volvió el centro de sus atenciones durante una semana.

Al enterarse que su hermano trotamundos aún permanecía soltero, todos acordaron ponerse en campaña para conseguirle una novia. Fue así como conoció en una reunión social organizada por el clan Haebig a María Jesús Portales, una mujer quince años menor que él, proveniente de una familia tradicional y acaudalada. Haebig se comportó como el galán de sus viejos tiempos en Hollywood y, tres meses más tarde, se casó con ella. Habitaron un departamento ubicado en la calle Teatinos, en el centro de Santiago.

Aunque los reportajes publicados al momento de conocerse los crímenes de Dardignac 81 detallaron una serie de delitos cometidos por Roberto Haebig en Estados Unidos –el mismo reconoce haber sido deportado por el incidente con las reclusas fugitivas, donde siempre alegó inocencia-, en sus recuerdos a Free Lancer no hace referencia alguna a estos hechos, como tampoco a lo ocurrido en Chile. Ni siquiera menciona tangencialmente el crimen de la anciana Zoila Troncoso Vergara, asesinada en la Semana Santa de 1955 y donde existieron presunciones de su participación que no se lograron acreditar.

Contrario a este proceder, Haebig asegura haber rechazado la oferta de hacerse cargo de la concesión de un casino –gracias a los contactos surgidos con su matrimonio- y optó por dedicarse a refaccionar las propiedades de su mujer, las cuales se encontraban en pésimo estado dada su antigüedad. Él asegura que, tras estos trabajos, las rentas de los arriendos subieron notoriamente, motivo por el cual consideraba que los dineros obtenidos de aquellos menesteres también le pertenecían.

Al finalizar su trabajo de restauración, Roberto Haebig asumió en 1953 como administrador de la Caja Bancaria, aprovechando que él vivía con su esposa en un departamento del décimo piso del mismo edificio. El viejo marinero le confiesa a Free Lancer que, junto con comenzar sus infidelidades con las empleadas a su cargo en un departamento desocupado del tercer piso, también fue el momento en que se topó con un personaje que marcaría para siempre su destino: Milo Montenegro Lizana.

Auxiliar de 22 años, encargado del aseo de la Caja Bancaria, Montenegro pronto se ganó la estimación de María Jesús por su simpatía y buena voluntad para abordar cualquier trabajo, inclusive aquellos que no guardaban relación con sus obligaciones laborales. Aún así, Haebig recuerda el rechazo que le provocaba la explícita condición homosexual de Montenegro. Cuenta, para ejemplificar su homofobia, que sorprendió en más de una ocasión al mozo teniendo sexo con otros hombres en el mismo departamento del tercer piso y también en los pasadizos del sótano. Al mismo tiempo, el anciano Haebig aprovecha de aclarar que el único vínculo que tuvo con él fue en su condición de jefe, como una manera de desmentir las especulaciones que surgieron en la prensa a contar de 1961, cuando sus crímenes salieron a la luz pública y se le denominó, entre otros epítetos prejuiciosos, “explotador de homosexuales” o “capo de la logia rosa”.

Tampoco Haebig menciona la serie de robos que habría perpetrado mientras trabajó en la Caja Bancaria desvalijando departamentos ante la ausencia de sus moradores, logrando que se culpara de ello a otros empleados, sin ser jamás descubierto gracias a su fama de hombre honesto. Para su cometido contaba con un plan perfecto: cada cierto tiempo, encontraba billeteras con dinero –preparadas por él obviamente- que entregaba a sus jefes. Como nadie las reclamaba, se le permitía quedarse con ellas. Contrario a estas prácticas, él señala que su renuncia como administrador, en 1957, se debió a que no le concedieron las vacaciones que le correspondían por los días trabajados.

Su relación con Maruja –así él apodaba a su esposa-, en un principio muy promisoria, se fue volviendo cada vez más distante. Haebig reclama a Free Lancer la frialdad de ella ante el sexo y su trato de madre comprensiva más que de amante, todo lo contrario a lo que esperaba él, un hombre (esto lo repite en el libro una y otra vez) de una fogosidad sin límites.

Sus puntos de encuentro eran las lecturas conjuntas de clásicos de la literatura y los discos de Liszt, Chopin, Beethoveen, Tchaikowski, Mozart y Schubert.



DARDIGNAC 81

Tras renunciar a la Caja Bancaria, Haebig decidió adquirir una casa propia. No contaba con dinero fresco por lo que decidió poner en venta parte del patrimonio reunido de sus viajes por el mundo. Obtuvo dos mil dólares por sesenta y cinco piezas de marfil de parte del dueño de una agencia de juegos de azar de Santiago. También quedó en poder de un comerciante texano su colección de monedas de plata, mientras que piezas de porcelana china, floreros de cobre de la india y otras antigüedades las llevó a remate. Fue en ese lugar cuando conoció al segundo personaje que lo arrastraría al despeñadero: el anticuario y reducidor, Leonidas Valencia Chacana.

Haebig lo describe como alto, macizo, de vestir descuidado y de mucho dinero. No menciona, como ocurre en otros relatos periodísticos, que se tratara de un homosexual ni que fuese amante de Milo Montenegro, como el mismo especularía años más tarde para aminorar el peso de la justicia.

Con el dinero obtenido y tras barajar un par de alternativas, Haebig adquirió una casa de su total agrado, ubicada en Dardignac número 81, en el barrio Bellavista de Santiago. Se trataba de una vivienda de cuatro piezas –dos con ventana hacia la calle-, dos pequeñas habitaciones unidas entre sí por un baño privado, un largo pasillo, cocina, un segundo baño, un patio embaldosado y un jardín de sesenta metros cuadrados, más un parrón y gallinero. 

Según reflexiona el propio Haebig, influenciado por las creencias esotéricas de su segunda esposa, desde el momento en que habitó aquella casa comenzó su mala fortuna.

El primer indicio de aquello ocurrió cuando limpiaba una pistola en el dormitorio y baleó en la oreja a Maruja, según él, por accidente. Sólo se libró de ser detenido por la oportuna acción de su cuñado, el juez del Crimen, Domingo Núñez Galeno, quien tras un llamado telefónico dio la orden a dos carabineros que esperaban a Haebig a la salida del hospital para que se retiraran. Sin embargo, a partir de ese momento sintió que los ojos de la familia de Maruja comenzaban a observarlo con sospecha y otros, con evidente terror.

Tras el incidente, la esposa de uno de sus hermanos y amiga íntima de Maruja, la convenció de que dejara la casa y se fuera con ella argumentándole que el disparo no había sido accidental y que, tarde o temprano, su marido acabaría matándola.  Haebig aún sospecha que, entre ambas, hubo algo más que amistad: demasiado secreto, demasiados abrazos, demasiadas caricias...

Pasadas las semanas, y a instancias de la propia Maruja -quien decía preocuparle el desorden de su esposo viviendo de nuevo como soltero-, se produjo la llegada a Dardignac del ex auxiliar de la Caja Bancaria, Milo Montenegro, para hacerse cargo de los quehaceres domésticos. Haebig asegura que sólo aceptó para complacer a su esposa y darle motivos para que regresase, pues no le agradaba en absoluto el comportamiento del muchacho.

Como corolario de esta supuesta debacle de su vida, le llegó una interesante solicitud de la baronesa María Van Door: ella debía viajar a Dinamarca a reunirse con sus familiares, por lo que necesitaba guardar cuarenta cajones con joyas, antigüedades, porcelanas y tapices en un espacio amplio. Dardignac 81 resultaba ideal. Al principio, Haebig se negó, pero terminó accediendo.

La tentación fue demasiado grande para la supuesta cleptomanía de Haebig, enfermedad que usó de coartada durante el juicio en su contra. Decidió hurtar las especies de la baronesa y vendérselas como propias -a muy buen precio para él- a Leonidas Valencia Chacana. Sin embargo, no contaba con la perspicacia del anticuario quien, al enterarse del origen de la mercancía, intentó sobornar y obligar a Haebig a entregarle más objetos de la baronesa, pero ahora bajo sus propias condiciones. De lo contrario, amenazó, lo denunciaría a la policía.

Desesperado, Haebig citó a Valencia Chacana a Dardignac con el pretexto de discutir nuevos negocios. Cuando este último se encontraba de espaldas y distraído, recibió un certero balazo en la nuca. Haebig arrastró su cadáver y lo ocultó debajo de la cama.

Un segundo intento de soborno provino de Milo Montenegro cuando se encontró con el cuerpo del anticuario en los momentos en que aseaba la casa. Decidió encarar a su patrón y exigirle doscientos mil pesos por su silencio. Mientras discutían en el dormitorio, Haebig tomó el revólver que tenía debajo de la almohada y, sin que Montengro alcanzara a aminorar el ataque con una tímida defensa, le disparó en la frente. Haebig le asegura a su confidente Free Lance que el mozo portaba un revólver argentino, por lo que su decisión de apretar el gatillo habría sido en legítima defensa.

El doble homicida se dio un tiempo para pensar qué hacer con los cadáveres que yacían bajo su cama. Hizo su vida con la mayor normalidad posible hasta que contrató a un grupo de obreros para que cavaran un foso profundo en el patio de la casa, justo debajo del parrón. Durante la noche, en completa soledad y mojado por la lluvia, procedió a enterrar a sus víctimas junto con restos de antigüedades adquiridas en el Mercado Persa de Mapocho como monedas y jarrones.

A partir de los dos años siguientes, Haebig logró desviar las investigaciones por la desaparición de Montenegro y Valencia Chacana, haciendo que la policía concluyera que el primero había matado al segundo y que ambos eran amantes. El mozo habría huido luego de perpetrar varios robos, incluyendo la casa de Dardignac y, por lo tanto, los bienes de la baronesa Van Door. Una coartada perfecta que le dio resultados ante la justicia, pero que no satisfizo a los fantasmas internos que lo rondaban. 

Como broma macabra, el comisario, Mario Arnés, estuvo parado sobre las improvisadas tumbas mientras admiraba las nacientes uvas del parrón de Dardignac y tomaba notas de las denuncias del dueño de casa en contra de su ex mozo. Más tarde, Haebig decidió sembrar tomates sobre esta parte del patio pensando que, tal vez, los restos humanos serían un buen abono para las plantas.

Para calmar su conciencia, Haebig viajó a Buenos Aires, retomó la práctica del baile, se embarcó a Colombia, Venezuela, Panamá y llegó hasta Nueva York. No pudo encontrarse con sus antiguas amistades de los tiempos de la edad dorada de Hollywood. Asegura a Free Lance que rechazó un trabajo en una industria petroquímica, pues el llamado de su deuda de sangre con Chile era mucho más fuerte.

Pasados dos años, Roberto Haebig dibujó en un sucio papel, con pulso, letra y ortografía de niño, un mapa que indicaba el lugar del patio de la casa dónde supuestamente estaba enterrado un tesoro indígena. Se los enseñó a un grupo de obreros conocidos de Bellavista que descasaban en la acera. Los contrató para que lo desenterraran. La policía no tardó en concluir que unas "osamentas precolombinas" no podrían tener tapaduras en sus muelas, monedas aún vigentes en los bolsillos y prendas de ciudadanos de mediados del siglo XX.

INSALUBRE


Tras la conversación sostenida con el octogenario Roberto Haebig Torrealba en el asilo de Santa Rosa, Free Lancer se entrevistó con personas cercanas a él -entre ellas su segunda esposa-, revisó el voluminoso expediente del Tercer Juzgado del Crimen, documento tan o más apasionante que lo relatado en las conversaciones con Haebig. En éste aparecen fotos de la recreación de los asesinatos, las declaraciones de testigos, supuestas cartas manuscritas de Milo Montenegro desde Argentina, el diploma de ingeniero naval de Haebig, el ridículo mapa del tesoro indígena, entre muchos otros.

Posteriormente, Free Lancer se esmeró en transcribir, en el menor tiempo posible, las palabras de su entrevistado en un formato narrativo ágil que comentábamos al principio. Durante un par de meses, este relato se publicó a través de entregas en el diario Las Últimas Noticias. Luego de aquello, vino el proyecto de convertirlo en un libro editado por Royal en 1974.

El último recuerdo que guardaba Free Lancer de Roberto Haebig, una vez concluido el repaso de su vida, era más auspicioso que al inicio: superada la enfermedad que lo tenía postrado en cama logró consolidar su negocio de lámparas de bronce como cliente de una fundición del paradero 21 de Santa Rosa, de un taller moldeador y de diferentes ferreterías. Utilizó estas herramientas, además, para construir una habitación con tablas, palos y fonolas que denominó "Villa El Marino" y así tener algo de intimidad.

Pero ni aún así, Haebig se libró de la miseria. Llegado el invierno, su pieza se anegaba de tal manera que debía dormir hecho un ovillo para esquivar las goteras del techo. El consuelo llegaba para el anciano con las visitas de curiosos que deseaban conocer al antiguo enterrador de Dardignac 81 y, de paso, ayudarlo con víveres, ropa y otros enceres.

Una vez que contaba con el libro impreso, Free Lancer intentó ubicar a su entrevistado para ofrecerle que el mismo vendiera ejemplares para ganar unos pesos. Sin embargo, cuando fue en su búsqueda, descubrió que el asilo de Santa Rosa había sido declarado insalubre y sus moradores trasladados a diferentes lugares de Santiago. Publicó un dramático aviso en el diario La Segunda el 13 de septiembre de 1974 para dar con su nuevo paradero.

Existen datos dispersos sobre los últimos días de Roberto Haebig en este mundo. En varias publicaciones coinciden que los pasó plácidamente en un asilo de ancianos de Paillaco, en el sur de Chile, hasta 1981. A fines de los años noventa, el periodista Patricio Amigo –que cubrió el caso Dardignac para la Revista Vea cuando se hizo público- realizó para un canal de televisión un nuevo reportaje donde, en una de sus imágenes, mostraba la tumba de Roberto Haebig. No he podido dar con ella.

Dado que esta historia se encuentra plagada de fantasías, falacias, exageraciones y algo de verdad, me detengo en un dato que entrega el ilustrador barcelonés Miquel Zueras en su blog: existe el proyecto de llevar al cine la vida de Roberto Haebig Torrealba teniendo de protagonista al actor Billy Drago, aquel que interpretó al sicario Frank Nitti en “Los Intocables” que era lanzado por Eliot Ness (Kevin Costner) desde la azotea de la Corte de Justicia en venganza por la muerte de sus colegas Oscar Wallace y Jim Malone (Charles Martin Smith y Sean Connery). Véalo usted, amigo lector, y opine.

Aunque ignoro más antecedentes de esta noticia, la considero adecuada para ponerle fin a esta crónica tripartita que tanto dolores de cabeza me ha dado. No sé si a usted.

10 comentarios:

  1. Eugenia Nuñez3/12/11

    Por fin el fin!! Que bueno que no se demoró mucho. Buena y muy buenas las tres. Saluditos

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  2. Anónimo3/12/11

    q pena q se acabo ya me habia acostumbrado a seguirlo

    fabiola c.

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  3. Muy bueno, disfruté mucho leer la trilogía de una sola vez. Me gusta mucho esta temática y lo hace de maravillas. Saluditos, siempre es un placer pasar por acá.

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  4. -toda mentira, falacia, artificio y exageración vinieron bien para hacer del personaje un inolvidable, aunque en el peor de los sentidos! De qué sirve? para que la sociedad vea el mal modelo y la tragica vida que se puede tener si se siguen esos pasos. Terrible! Me gustó mucho!

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  5. Muy, muy, muy buen trabajo Claudio! Te pasas! El género, tipo y estilo me encanta y lo impecable de tu tecleo está a la vista. Claro, preciso, armónico, colorido y lleno de vos.. con tu sello! Gracias, gracias doy al cielo que te interesen estos asuntos.. porque me da mucho gusto leerte.
    Abrazos

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  6. Un artículo muy completo y bien escrito. Probablemente el más prolijo que se haya realizado en torno a uno de los casos más emblemáticos de la historia policial chilena.

    Felicitaciones, amigo Rodríguez. Desde un tiempo a esta parte, tanto Plumas Hispanoamericanas como Chile Literario son, entre otras cosas, selectas páginas de consulta.

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  7. vivo en un apartamento en buenos aires hace poco, me gustaria leer la trilogía, donde puedo conseguirla?

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  8. Anónimo26/5/12

    Hola.Roberto Haebig fue mi tio abuelo. Donde puedo conseguir más información sobre este caso?
    Saludos

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    1. Anónimo16/10/16

      me da profunda tristeza que hagan festin con un caso tan triste, era un enfermo, mis padres fueron grandes amigos de su cuñado, don Domingo , quien por este hecho no pudo seguir en la escala del poder judicial. una familia muy respetable y buena que tuvo un integrante muy enfermo.

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  9. Hola, hàganos llegar un correo electrònico u otro modo de ubicarlo y con gusto lo contactamos.

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