13 de junio de 2012

Las voces del útero

MARTA LUZ MANRIQUEZ -.

Las mujeres tenemos una voz interna que algunos llaman "intuición femenina",  otros "la voz del instinto". Yo la llamo "la voz del útero".

Leí una vez que nuestro vientre posee restos de celulas cerebrales, cosa que me pareció una burrada. Pero lo cierto es que el vientre "avisa".  ¿No les ha pasado alguna vez que al conocer a una persona sienten un rechazo "desde las entrañas"? o que "algo " les dice " no vayas a ese paseo, no salgas, no tomes ese bus". Bueno, la voz del útero.

Lo malo es que racionalizamos y decimos... "son tonteras, cómo me va a pasar algo". Y luego ... pasa.

La voz del útero es la conexión con lo más vital, lo escencial, lo más íntimo. Por eso, cuando publiqué mi primer libro lo titulé "Desde mi útero", porque mis poemas me salen desde muy adentro, no de la cabeza, no del corazón... desde mi matriz, el sitio donde gesté vida.

Pero quiero contarles a ustedes como algunas veces la voz de mi útero ha salido a la superficie y ha hablado o gritado más bien.

La primera anécdota la conocen mis lectores.

En los años 80 estudiaba en la Universidad de la Frontera, en Temuco. Formaba parte, sin saberlo, de la Generación NN, SUR . 

Soy una mujer tímida que huye de las confrontaciones y, por lo general, suave y educada en el trato con los demás. También soy pacífica, romántica y amante de la paz y la libertad.

Pues en esos años las protestas contra el régimen militar o dicho en buen chileno, dictadura, eran cada vez más fuertes y violentas. En este marco, estábamos un día en la Universidad en toma, por un lado los estudiantes y afuera, a pocos metros, los carabineros. Mis compañeros, armados de piedras, defendían el recinto universitario. Los carabineros, armados de balines, lanza-gases y escudos esperaban entrar a terminar con la toma. Varios buses verdes aguardaban.

Los muchachos hicieron barricadas y escudaban a los más débiles .

Yo miraba el panorama sin saber qué hacer. Pensaba que los carabineros más jóvenes eran casi como nosotros. Casi porque sin el uniforme y con su pelo más largo serían un joven más. Y los vi como personas, no como carabineros.

Entonces, mi útero gritó y gritó .

Recogí del borde del camino flores silvestres... margaritas, amapolas rojísimas y hasta un par de rosas rojas que me pincharon las manos. Y salí al campo de batalla armada de mis flores. Todo pareció paralizarse: mis compañeros, por temor a golpearme, dejaron de tirar piedras  y me gritaban que saliera de allí, que era peligroso. Por su lado, los carabineros quedaron alelados.  Avancé hasta el carabinero más joven, le alargué las flores y le lancé un discurso muy tonto sobre que todos éramos chilenos . 

El resto es historia. No me tomaron presa y el paquito (*) me recibió las flores casi sonriendo.

La segunda vez que mi útero hizo de las suyas fue cuando me hizo encarar a un guardia de seguridad en la misma universidad.

Cada día llegaban al campus niños mendigos. Algunos de no más de 6 años. Los estudiantes de Servicio Social los llevaban al casino y les daban leche y comida. 

Un día en que yo iba saliendo, veo a un guardia de seguridad, un hombre de 1,80 mts. y de contextura gruesa, coger con su manota a una chiquilla mendiga  y arrastrarla hacia la salida. Me dio una rabia tan grande que avancé como un celaje y me encaré con el desgraciado increpándolo: ¡Cómo se atreve a coger así a esta pobre niñita, suéltela inmediatamente! ¿me oye? 

La niñita, que se llamaba Yolanda, (yo la conocía, le había conversado y convidado desayuno alguna vez) temblaba y parecía que se iba a desmayar.

-¡Suéltela, bruto- grité- o voy donde Monseñor Contreras y le cuento que aquí maltratan a los niños!

El hombre masculló razones, era mandado, los niños no podían mendigar allí.
Pero no cejé hasta que la dejó ir. La llevé al baño, le lavé las manos y la carita, la peiné y le di leche y pan. Unos compañeros le compraron comida para ella y sus hermanitos.

Lo bueno vino después. Un compañero se reía a carcajadas mientras contaba la anécdota:

-Tan chiquitita ella, tan dulce, pero cuando se enoja ... ¡es una fiera!

-Yo no fui. Fue mi útero.

Dejen que su útero hable, escúchenlo, que grite cuando tenga que gritar... no lo desoigan.

Y varones, en el caso de ustedes... que hablen sus cojones.


(*) Chilenismo para referirse a los policías uniformados.

3 comentarios:

  1. Desde las entrañas! Hermoso relato, muy tierno y a la vez reflexivo. Parecerá mito o maña pero es tal cual, desde adentro algo nos dice por dónde ir y cómo hacer cuando estamos en una situación complicada.

    Me gustó mucho, saludos.

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  2. Fueron actos de gran arrojo, Marta. Esos años de dictadura eran peligrosos.
    Tu valentía amparadora para combatir la violencia y cobijar a los más débiles es admirable.
    Un gran abrazo.

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  3. Me ha gustado la voz de tu útero y la forma que tiene tu pluma de relatar lo sucedido. Un abrazo amiga,

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