13 de enero de 2013

Chiche Villagra. El que no podía olvidar

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

Entre las tantas líneas inocuas que podemos rescatar del poeta lanusense Edmundo Morales, nos hemos topado con una historia que apenas logra suscitar nuestro interés.

Por eso hemos extraído de su libro No me lee ni mi madre la historia de Edelmiro Villagra:

No se trata de aquel Funes, el memorioso que inmortalizara la pluma fantástica de Borges; tampoco de algún lejano y mnemotécnico personaje de la magna Grecia cuyo nombre no puedo recordar.

Se trata de Edelmiro ¨Chiche¨ Villagra, un modestísimo hombre de barrio cuya ocupación oficial era la de parroquiano en el bar de la esquina.

Edelmiro tenía la extraña virtud de recordar absolutamente todo. Su memoria era prodigiosa.

Más de una vez podía presentarse un diálogo parecido a este:

-Che...no me acuerdo!...a ver!... Edelmiro!!...¿cómo se llamaba aquel centro half de Lanús en el 56? 


Y Edelmiro respondía :

-"El nene Guidi, papá!...ése que jugaba con galera y con bastón".


Y fue así que Chiche era requerido toda vez que la memoria colectiva se hacía la rabona, para dejar perplejos a todos los presentes.

Edelmiro recordaba todas y cada una de las vivencias, todos y cada uno de los besos que había dado en su frondosa vida de amoríos naufragados. Lejos de ser un prodigio deseable, esto era una molestia difícil de soportar.

Las personas comunes tratan de encontrar en nuevos afectos el olvido de fracasos anteriores, pero Edelmiro lo único que obtenía eran futuros recuerdos, futuras angustias.

Aquello hacía inevitable la odiosa comparación: El beso de hoy de María no sabe como aquel beso inaugural de Sandra; la bocanada de humo del Benson & Hedges no presenta aquel aroma de prohibición que invadía el aire de su adolescencia. Tanto peor, los discursos de un caudillo riojano distaban demasiado de los del viejo Coronel Perón.

Edelmiro recordaba hasta el color y la distribución misma de todas las baldosas que había pisado sobre la vereda de la calle Pico; recordaba ordenadamente todos los naipes que había jugado.

Tanta información, revelada en recuerdos, no podía menos que provocar el colapso.

Fue así que Edelmiro comenzó a confundir (aunque no se sabe si esa es la palabra) el pasado con el presente. Todo lo que pasaba por su mente se transformaba en un hecho actual y no en una sombra de lo que fue. Esto es decir: él tenía ¨presente¨ todas las cosas, en el más literal de los sentidos de la palabra.

A veces quería describir esta cuestión con complicadas sentencias, que sólo los hombres sabios lograban entender (o simulaban hacerlo).

“Recordar es vencer a la muerte -decía Edelmiro- en tanto que el olvido es la muerte misma. Todos se confunden. Piensan que cuando uno está recordando, está trayendo al presente de lo que ha sido, y se equivocan:

Ayer no es hoy... sino mañana".


Los testigos de aquellas charlas preferían atribuir el discurso de Edelmiro al uso indebido y abusivo de la caña Legui.

Pero ante esta disposición mental de Edelmiro, turbada por recuerdos que pertenecían al hoy (e incluso al mañana), la cosa se fue complicando día a día.

Cuando iba en busca de los brazos de María, él sentía estar abrazando a Zulma, su viejo amor de diez años atrás. Cuando gritaba los goles del muñeco Gallardo imaginaba a Labruna abrazándose al festejo. Cuando besaba a Carmen, creía estar besando a María. (Al menos eso es lo que Edelmiro argumentó aquella vez que María lo encontró en plena demostración afectiva con Carmen en un banco de la plaza)

Pero una tarde, el corazón de aquel que todo lo recordaba se olvidó de latir. Como dándole la razón a Edelmiro, a su funeral concurrieron personajes de todas sus vidas: amigos de la infancia, novias de su adolescencia y amistades y afectos actuales. Parecía una lista de recuerdos convocados por Edelmiro por última vez.

Todos se ocuparon en recordar las distintas porciones de vida que pasaron junto a Edelmiro. Algunos se jactaban de recordar casi todas las vivencias de Chiche desde la infancia a la adolescencia. Los amigos que lo frecuentaron en los últimos años alegaban que ellos también conocían las vivencias antiguas a través de Chiche, el que todo lo recordaba, con el aditivo que además podían esgrimir sus vivencias finales.

Aquello se convirtió en un aquelarre de recordadores.

Ya ha pasado más de una década de la partida de Edelmiro. Lo recuerdo con afecto, y la evocación tiende a idealizar a las buenas personas.

Pero percibo una sensación amarga, un sabor que se instala en el alma...

...sé muy bien que, a pesar de su buena madera, Edelmiro sufrirá con el paso del tiempo lo inevitable.

Aquel que todo lo recordaba, algún día, y como todos, será olvidado para siempre...


Imagen: © Teun Hocks

5 comentarios:

  1. Recordarlo todo no es cosa tan buena. Quizás la evolución o la buena fe de un dios indescifrable, nos lleva a bloquear la mayoría de los recuerdos amargos y a resaltar unos cuantos buenos. Debe tener que ver con la calidad de vida, con la óptima sobrevivencia.
    Edelmiro cargaba con la autoconciencia de saber que caminaba con todos sus pasados a cuestas, al mismo tiempo, en un eterno y desgastador presente.

    Excelente historia, amigo Edu.

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  2. No puedo dejar de reconocer su experticia para tirar sutiles dardos políticos, amigo mío. El tema de recordar y comparar es duro. La comparación desimfla los globos de mala calidad, desnuda su hechura, sus orificios, su aire envenenado,aunque sean muy vistosos.

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  3. Pero claro que es así, Jorge! Cuando uno recuerda como lo hacía Edelmiro, todos los globos son de mala calidad. Incluso los excelentes. En contrario, a veces se dan por buenos los peores. Incluso hasta se los idealiza.
    Le agradezco que se detenga en los detalles que uno deja casi apoyados en el texto.

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  4. Nada importa amigo Eduardo ser olvidado después de muerto.Al final ni siquiera lo vamos a percibir.
    Comparto plenamente su amargura,pero cuando somos olvidados en vida.Que manera mas horrible de vivir (¿o de morir?)
    Buen relato.

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    1. Déjeme soñar, amigo Luis, que nadie merece ser olvidado. Y si me deja pedir más, nadie debería morir nunca

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