14 de febrero de 2013

Porque no y porque sí

LORENA LEDESMA -.

Mamá se despertó con ganas de hacer cambios en el negocio. No tardamos en tener todo patas para arriba y acabamos llenas de polvo. Lo que más me gusta de este tipo de arranques inesperados es poder encontrar objetos perdidos. Los objetos antes perdidos y ahora encontrados gozarán por un par de días de la gracia de ser mis favoritos por la cantidad de recuerdos que ellos despiertan en mí.

Esta vez quedé prendada de un cuadro viejo que en su interior tenía una postal en blanco y negro. Era una foto tomada por Pierre Testaul que había sido pasada a ese formato por ganar el Prix du Jury Noir et Blanc Ilford (1997). La postal francesa había llegado a mi mano de las del propio Pier cuando se alojó en el hotel en que trabajé hacia principios del 2000.

Recuerdo al francés como un hombre alto, elegante y cortés, todo lo que se puede llegar a esperar desde los preconceptos de un francés que se dedica a la fotografía. Lo veía pasar todos los días frente a la conserjería con su cámara en mano y una sonrisa que anticipaba lo mucho que tenía por hacer. Sentía placer por su placer. Regresaba casi a la hora de mi partida. Caminando lento pues tenía la mirada puesta en el led de la cámara Nikon. A veces se detenía a mostrarme sus aciertos fotográficos y me narraba en un precarísimo castellano sobre los pormenores de las capturas. Me encantaba que tuviera esa deferencia conmigo.

Solía advertirle de los peligros de la ciudad, ilusamente. Los ojos claros de Pier no atendían a mis angustias de ciudadana tercermundista, sino que estaban atentos a la belleza que le rodeaba. Fotos de lugares, de rincones, de multitudes, de soledades, de viejos, de jóvenes. Había pocas fotos de mujeres como una cosa bella y me extrañaba pues Buenos Aires estaba lleno de mujeres hermosas. ¿Cómo no llevarse un recuerdo de ellas? Yo que las veía a diario hubiese querido poder fotografiar cada singularidad con forma de mujer para guardármelas para siempre.

Unos días antes de irse, Pier llamó por el interno del hotel. Anunció su partida en dos días y me pidió una cita a la salida del trabajo. La propuesta me dejó sin palabras. No sabía cómo expresarle lo mucho que me agradaba y lo orgullosa que me ponía ese convite, tampoco cómo hacerle entender con lo poco que nos comprendíamos cada uno en su lengua natural que eso me traería una catarata de chismes en el trabajo que me harían insoportable el resto de los días. No le diría nunca que no quería, que a mí me gustaba conservar mi espacio vital y estaba decidida a no dejar entrar a nadie en mi vida, ya que no quería llorar ni recordar a nadie, conmigo estaba más que bien.

No dije mucho, sino que dije mal. Quedamos para el día siguiente una hora antes de entrar al trabajo en Plaza de Mayo. A través del teléfono la voz de Pier me parecía más infantil, estaba evidentemente emocionado. En lo que pude decifrar, habló de mi singular belleza que merecía ser fotografiada y exhibida en su galería. ¿Yo? Jamás creí ser lo suficientemente bella como para laburar de musa a tan alto nivel. Lo que me decía me parecía un exceso y elucubraba sobre los fines oscuros que podían llegar a tener unas fotos de mi ser. Trágico. ¿Seré otra tonta más para su colección? ¡No!

Al día siguiente me presenté a trabajar con la misma puntualidad de siempre, esa que hostilizaba a Inés porque favorecía a la encantadora Rosa. Mi jefa se iba contenta a su otro trabajo en el Hospital, me regalaba un sabroso beso y yo me quedaba feliz leyendo los diarios que me dejaba de regalo. A las pocas horas Pier bajó con sus bolsos. Se iba un día antes. Me lanzó una mirada de reproche pero no dijo nada. Sentí culpa por no poder excusarme, por tenerle en mala fe.

No sentí culpa por elegir hacer lo que me viene en gana o porque antes de pensar mal ya no quería. En lo íntimo de mi ser aquellos días sólo estaba interesada en ir a trabajar y estar tranquila. Quería ganarme algo de dinero para mi futuro incierto y ganarme un lugar en la casa de mis viejos. Para entonces tenía en marcha el plan B de mi vida, ya le había dado de baja a las esperanzas de llegar a ser algo más. No veía futuro ni en el turismo ni en el periodismo. No me veía haciendo itinerarios para viajeros, vendiendo pasajes ni haciendo crónicas periodísticas. Desde que puse un pie en Buenos Aires estaba convencida que volvería a mi nido tarde o temprano. En aquello tiempos a quien me mirara con buenos ánimos le habría dado mil razones para no amarme pues yo tenía otras diez mil razones para no enamorarme.

Ahora la foto de Pier me mira desde una esquina del mostrador. Veo en escalas de grises una multitud de manos que se enlazan para llegar hasta un balcón. Es una foto interesante, no muy buena. La veo y me recuerdo, sólo por eso la rescaté de entre el polvo.

7 comentarios:

  1. Me hizo recordar a Los Puentes de Madison. A veces simplemente no es el momento, o los planes de vida se espantan ante las circunstancias imprevistas, o en el punto de intersección de dos vidas hay una neblina que no deja ver lo suficiente.

    Hermosa y bien narrada historia, querida Lorena

    Un abrazo fuerte

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  2. Lorena, lectura evocación fundidas, como si tus lectores estuvieran ahí mismo, acompañándote o tu acompañándolos... ya lo d ijo Lennon, la vida es lo que nos pasa mientras hacemos planes... gracias por compartirlo...

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  3. La frase magistral del protagonista de los puentes de Madison:
    "No quiero necesitarte porque no puedo tenerte".
    Muy bueno Lore.

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  4. Hay que cuidarse de los galanes oportunistas como los pintores, escritores, cineastas, fotografos de chicas inocentes!

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  5. Raúl de la Puente14/2/13

    El tono intimista del relato y el retrato del francés son muy buenos.
    Visto a la distancia es imposible saber cuál hubiese sido la actitud correcta. Simplemente fue lo que fue.

    Un placer leerla

    Raúl

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  6. Le hubieses dado chance y en una de esas te llevaba al primer mundo. Nada mejor que ser la querida de un loco romántico y con pasaporte europeo.

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  7. Catalina Cienfuegos16/2/13

    La imposibilidad o los atajos que uno mismo se va poniendo en el camino.

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