26 de junio de 2013

El Zumbambi

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

“No solo vivimos en 
un planeta amigable,
sino también en un
Universo amigable”

“El Espejismo de Dios”, Richard Dawkins

- ¿Sabí’ de lo que nunca me voy a olvidar? –dijo el Pelao sentado tomando vino de una garrafa de plástico–, es de ese monstruo negro con lomo plateado que se iba engullendo las luces de celulares.

El Pelao se refiere a la noche del terremoto de 2010 en Constitución, una de las ciudades más afectadas con ese episodio.

Esas luces de celulares eran los últimos vestigios de vida, suerte de despedida de las ciento y tantas personas que se encontraban en la isla Orrego esa noche en que el tsunami arrasó sin compasiones con almas y techos de casas.

Esa noche el Pelao estaba en su casa y alcanzó a despabilar. Quedó en calzoncillos. Sin nada más. Su casa fue arrancada con furia e ironía por el tsunami.

- Pelao… ¿qué te hace falta? –le dijo al día siguiente Óscar al otro lado de la línea.

- Calzoncillos, hueón… calzoncillos…

Ya nadie cruza a la isla Orrego. Yo sí. Le pedí a un señor de un bote que me atravesara. “¿Y si viene un tsunami?”, me dijo y yo solo le sonreí. Era una especie de reportero de guerra.

Mientras cruzaba el río Maule sentía voces, gritos. El Pelao me había dicho que mientras corría a los cerros y le gritaba a las ancianas “¡corran, viejas culiás!”, sentía ese monstruo negro de lomo plateado que devoraba los árboles cuyos troncos sonaban como huesos quebrándose.

Esas luces de los celulares iban desapareciendo poco a poco mientras el monstruo avanzaba sin pedir salvo conductos ni explicaciones. 

Tal vez eran las almas de esas personas, niños, jóvenes, familias, ancianos, que daban la señal de que partían definitivamente, así como avisan los barcos a los que están en la costa de su paso.

Pensaba en esas luces, en la desolación. “Ahora hay pescadores que vienen a robar leña, son los únicos que cruzan. Y dicen que está lleno de ratones”, confesó el botero y yo lo miré con una sonrisa sorda.

Le pedí que me pasara a buscar dentro de una hora. Al otro lado del río Constitución se movía lentamente. Solo destacaba un puñado de personas que iban a despedir a un fallecido lanzando sus cenizas al río, cosa que era estrictamente vigilada por dos marinos, suerte de pacos de agua. Moví la cabeza… la estupidez casi siempre se viste de uniforme.

No había ruido en la isla. Los árboles estaban secos. Pisaba una especie de fango. Comenzaba a llover. Algo espeso se colaba por mi pecho. Había banderas chilenas carcomidas por el viento y el tiempo. Se movían tristes. Una gran bandera negra recordaba la desesperación y la muerte.

Por un segundo sentí que toda esa gente me tocaba. Que reían como esa noche que celebraban el cierre de la popular Semana Maulina con bailes, música y mucha felicidad.

- Esa noche íbamos a hacernos un pito de marihuana y al Javier se le cayó toda la marihuana a la arena. ‘Ese es un mal augurio’ le dije yo riendo. Mientras el Javier recuperaba lo que podía de la marihuana, sentí un olor como a azufre que venía del río, un olor que nunca había sentido, el mismo olor que después sentía antes de cada réplica –sentenció el Pelao tomando otra caña de vino y agregaba que esa noche también había estado en la isla Orrego, pero que se había ido a casa mejor.

Fotos. Había fotos. Un matrimonio. Una mujer joven. Varios niños. Un muchacho. Gente, como dice mi madre, llena de vida. Estaba estampada su presencia y su silencio en ese lugar donde solo el ruido de unos patos interrumpía los cuadros que tomaba con mi cámara.

Orillando la isla me encontré con el sitio exacto donde esa noche un grupo de jóvenes vendía cosas en un kiosco… de raíz se llevó todo el monstruo negro del lomo plateado: kiosco, golosinas y las vidas sonrientes de esos jóvenes entusiastas.

Allí me senté en una de las bancas habilitadas como en una especie de santuario y guardé unos minutos la cámara. Le dije a toda esa gente cuya esencia retumbaba en mis sienes, que les venía a robar un poquito de su esencia para llevarla al otro lado del río.

Ese silencio eran esas vidas muchas de las cuales aún no saben que están muertas. Era las luces de los celulares. Era el capricho de la Naturaleza que a veces es tan buena y otras veces tan inexplicablemente torpe.

Después de cruzar el río volví a la casa del Pelao.

- ¿Cómo te fue? –me preguntó sonriente, como siempre, como estuvo de todas formas esa noche en calzoncillos.

- Bien… oye, Pelao, dime… ¿por qué al tsunami acá le dicen el “zumbambi”?

- Ah… porque a todos nos hizo zumbar –dijo y me sirvió un vaso de vino con harina tostada.

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