22 de julio de 2013

Pedantería cultural

GONZALO LEÓN -.

Parte del equipo (de izquierda a derecha: Rafa Toriz, Guille Piro, Omar Genovese y
Demetrio López) con los invitados María Kodama y Edgardo Cozarinsky (al centro).
Durante un par de meses he sido columnista en un programa de radio llamado Libros Que Muerden, aunque columnista es un decir, porque lo que hago es entrevistar, decir lo que estoy leyendo, intervenir erráticamente. Aun así me gusta ir al programa, pese a que se hace todos los miércoles entre las once y la medianoche en Radio Cultura. Como voy programa por medio, las veces que no asisto tengo la oportunidad de escucharlo en la tranquilidad de mi hogar.

Una de estas veces me llamó la atención la agresividad de una invitada, una académica y escritora argentina, María Negroni. Todo iba bien con ella, hasta que a uno de los conductores se le ocurrió rebatirle. De un programa plano, que amenazaba con aburrir a los trescientos escuchas, se pasó a un “acalorado debate” y por supuesto a la descalificación: la señora Negroni, ante cada intervención del conductor decía: “Es más complejo que eso”. Sin embargo, más que explicar qué cosa era lo más complicado que eso, se quedaba en el enunciado. “Es más complejo que eso”, volvía a sonar, como una expresión de que todo lo que tú digas, aunque lo veas simple, siempre será más complejo. En el fondo el mantra-descalificación operaba como un modo de atajar a quien osaba interpelar. Cuando el conductor preguntó qué era eso tan complejo, la escritora y académica se quedó sin argumentos: “Cuál es tu nombre”. En otras palabras pasó al ninguneo. Por suerte yo escuchaba el programa desde, reitero, la tranquilidad de mi hogar.

Creo que la tranquilidad de mi hogar me hizo levantar el teléfono y llamar a una persona que estaba escuchando el programa para compartir nuestra indignación. Le conté que uno de mis mejores amigos en Chile tenía un postdoctorado en Harvard, que había enseñado en una universidad estadounidense hasta el 2005, que tenía la misma edad que Negroni, pero que jamás hubiera descalificado de ese modo a nadie, y menos públicamente.

Pero como esto no bastó, me puse a leer Notas para la definición de la cultura, de T.S. Eliot, un libro publicado en español en 1982 (mi edición al menos) y que encontré muy barato en una librería. En él, Eliot analiza las cuestiones que hacen que la cultura se produzca: división de clases, división territorial y una religión. Según Eliot, si llegara a faltar uno de estos aspectos, no habría cultura. Pero también se refiere a ciertos aspectos o características que por separado, a menudo, se confunden con cultura: urbanidad y civilidad, erudición, filosofía y artes.

Muchas veces, de hecho, escuchamos a un artista hablar que él es el único autorizado para hablar de cultura. Eso siempre me ha aparecido como afirmar que los políticos son los únicos autorizados para hablar de política o los meteorólogos para hablar del clima. La verdad es que vivimos hablando de política y del clima, sin ser expertos, e incluso a veces lo hacemos con toda la autoridad del mundo. T.S. Eliot pone en su lugar a los especialistas, vale decir al hombre de buenos modelos (o refinado), pero también al erudito (o aquel que posee conocimiento íntimo de la sabiduría acumulada), al intelectual (aquel que manifiesta interés por las ideas abstractas) y al artista, cuando señala a modo de ejemplo que “un artista de cualquier clase, aun cuando sea un gran artista, por esta sola razón no es un hombre de cultura”. En otras palabras, ser un “hombre de cultura” no es un asunto fácil, ya que se necesita que las actividades señaladas se practiquen por igual, de lo contrario se corre el riesgo de caer en algunos vicios: “Sabemos que las buenas maneras, sin instrucción, inteligencia o sensibilidad para las artes, tienden hacia el mero automatismo; que la erudición sin buenas maneras o sensibilidad, es pedantería”. Concluye afirmando que “las artes sin el contexto intelectual, son vanidad”. Me dieron ganas de haber leído este libro antes y de haber ido corriendo al programa de radio.

Pero ahora que pienso en cultura, me vienen a la memoria algunos recuerdos inquietantes, sobre todo porque en Chile hay clima electoral. Suele decirse que los más indicados para hablar de cultura son quienes practican alguna disciplina artística (danza, teatro, artes visuales, literatura, cine), y para muchos eso es una verdad absoluta. Pero también suele compararse la calidad de los equipos de cultura de las candidaturas presidenciales con la calidad de artistas que los integran, en otras palabras mientras mejores bailarines, actores, artistas, escritores y directores de cine, mejor será tu equipo de cultura. Ante este panorama, Eliot nos llama la atención y plantea que hablar de cultura y generar las condiciones para que un país posea cultura es mucho más difícil que hacer un equipo de campaña con figuras. Cultura no es la forma más adecuada para administrar los fondos de cultura, eso es burocracia, administración eficiente de recursos, pero no cultura. Tampoco se trata de elevar el nivel tan alto para que nadie pueda hablar del tema, pero sí un poco para estar conscientes sobre lo que estamos hablando.

Publicado en el blog del autor el 13/06/2013

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