19 de enero de 2014

El Chaco

PABLO CINGOLANI -.


El Chaco da miedo. Mar interior, mar seco, mar de arenas, mar insensato. El Chaco no te deja respirar: inmensidad de guayacán y tuscal, imposible de domar. El Chaco es una ilusión, salvo para ellos, salvo para los últimos sobrevivientes del exterminio, el veneno y las sectas, salvo para sus antiguos moradores: los ayoreos. Ellos no le temen. Lo veneran. Ellos lo aman como una segunda piel, por más escamosa y llena de espinas que sea. Ellos lo aman y lo veneran por más que duela.

El Chaco es un territorio carente de piedad. No hay misericordia para quien no sabe y menos para quien no tenga fe ni coraje. Laberinto e infierno para los forasteros. El oráculo ayoreo no es tierra para ir de paseo. No es lugar para caprichos. Es tierra para quedarse callado u orar o alejarse.

El recuerdo del Chaco me abruma, siento escalofríos. Una vez volamos por la frontera boliviano-paraguaya. Despegamos de una pista de pedregullos cercana al río Parapetí, en territorio guaraní. Aterrizamos y volvimos a despegar desde una pista de pasto en Fortín Ravelo. Moría el día cuando llegamos a San José de Chiquitos y no veíamos la pista. Fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida.

El bosque era un tapiz sin límites. Sentías que no cabía un alfiler en esa masa compacta, sin contornos, indefinible. No había nada más que bosque y cielo. Y de repente, en el medio de ese salvaje mar verde, en la mitad de esa soledad cósmica, aparecía algún cerro, a la manera de los tepuyes guayaneses., que te helaba la sangre y te dejaba sin aliento. Sentías la presencia de los dioses, en esas moradas que son sólo para ellos.

Nosotros osamos trepar a uno, uno de nombre emblemático, y el sol que te rajaba a hachazos no importaba, los mosquitos y los tábanos no importaban, lo que era avasallante y temible era la población de ofidios, era la tremenda cantidad de víboras que encontrabas a cada paso: era el sonar ululante y temible de los cascabeles, guardianes del santuario que aunque, sin intención, estábamos profanando.

Recuerdo la recompensa por subir hasta la meseta, el premio por llegar hasta allí arriba. Era otra vista inigualable del mar continental, del mar vegetal que se extraviaba sin medidas, acaso porque el Chaco mismo nunca las tuvo, acaso porque hablar de horizontes en el Chaco puede carecer de sentido, puede alucinarte, puede desdecirte, puede embriagarte, enloquecerte o matarte.

Mutas en el Chaco y algo se rompe y te conecta a un lazo tan esencial y tan atávico que desmiente todas tus nociones sobre lo que pueda ser la tierra, el territorio, el paisaje, la distancia, la geografía, el infinito y el vacío: en el Chaco no hay manera de encontrarse, no hay manera de mirarse, no hay manera de abrigarse si no es sintiendo que no hay nada que explicarse, nada que entender, nada que probar, sólo sentir, sentir tan hondo como puedas, sentir tan adentro para que te sea complicado o seas incapaz de regresar y te quedes ahí con todo el Chaco metido en los huesos, con todo el Chaco amparando tu alma.

Hubo tantos extremos vividos, extremos de felicidad experimentados, que a veces me vuelvo a sentir arena, arena del Parapetí o mejor: arena del Parapetí iluminada por la luna llena. Ahora que lo rememoro, me recircula toda esa fuerza expresiva de la naturaleza sin decodificarla, de la naturaleza en estado puro, de la naturaleza que viene a arrancarte dulcemente de la alienación y la estupidez urbana, y te despoja en un segundo de la ropa sucia de la modernidad y el hastío y te arroja desnudo y sin desdichas a su seno, donde sientes que no hay otra cosa que se pueda hacer que volver a nacer, volver a sentir que puedes renacer, en medio de los malabares del viento, en medio de ese resplandor en los médanos, en medio de ese fulgor de ámbar que se alejaba y luego se acercaba como si hubiese despertado tras siglos, milenios, eras, de estar dormido y se despertaba solo para vos, sólo para que te sacudas y te conmuevas y nunca, nunca jamás te olvides.

El Niño Lluvia anda por ahí y más adentro; vaga cantando la canción más triste de todas porque sabe que ya no habrá diluvios que puedan parar a los blancos; vaga cantando, vaga desolándonos, vaga astillando su corazón por las brechas.

Imagen: Willy Kenning 

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