11 de enero de 2014

La base

ENCARNA MORÍN -.

Él cierra una etapa en su vida para comenzar otra y, una vez más, yo permanezco cerquita para verlo. Todas las palabras del mundo no suelen servir de gran cosa, frente a la propia experiencia de cada uno. En la jerga canaria se dice sabiamente: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.

Y el niño al que no le regalábamos juguetes bélicos, el fanático de los aviones y helicópteros, el que era capaz de dibujar con apenas pulso para sujetar el lápiz debido a su corta edad, el que montaba piezas de lego con una habilidad insólita, ese mismo, ha ido creciendo hasta hacerse un hombre adulto capaz de decidir sobre su propia vida y formarse sus personales opiniones sobre el mundo. 

No sabemos si sirvió de gran cosa llevarle “aupa” o en cochecito a todas las manifestaciones pacifistas de entonces, en las que clamábamos por el NO a la OTAN con las típicas consignas actualmente ya manidas de “Menos gastos militares, más escuelas y hospitales”. 

Cuando llegó a su mayoría de edad se alistó en el ejército, y ahí tuve que respetar que los hijos son los dueños de sus propias vidas. Tres meses en la Sierra de Madrid en pleno invierno fueron una dura proeza que sufrimos juntos desde los dos mil kilómetros de distancia y sin apenas comunicarme con él -eso fue lo peor, he de admitirlo-. Era su decisión y yo iba a apoyarle como fuera. Desde mi corazón de madre desprecié a las personas que eran capaces de idear tremendas pruebas físicas y psicológicas para que alguien pudiera convertirse en soldado profesional.

Y una parte mía también se amigó con los militares, mirándoles como seres humanos. Mi hijo estaba entre ellos por decisión propia. Incluso para él fue una conquista personal llegar a la meta entre el sesenta por ciento de supervivientes que no se quedó en el intento.

Su afán aventurero de viajar fuera de la isla terminó cuando suprimieron aquella plaza en la que tuvo su destino por dos años. Entonces retornó a casa para seguir desempeñando lo que era su trabajo. Ganado con sudor y cansancio, con horas de insomnio, guardias interminables, maratones de hasta casi la veintena kilómetros y noches al raso durmiendo en el suelo. Todo por el módico salario de un mileurista. 

Aunque quizá el peor momento llegó cuando comprobó que estaba como pez fuera del agua, que aquel no era su sitio. El hombre que es ahora: maduro, creativo, con criterios y opiniones propias, se ha ido forjando paralelamente al tiempo en que su vida militar era más que ejemplar, aunque allí mismo terminó por aprender todo lo que las miles de palabras externas no fueron capaces de explicar.

Ayer finalizó su contrato y cogió puerta tras seis años de sumisión voluntaria. Digno hijo de su padre, no se deja comprar en pos de una falsa seguridad. Tiene proyectos que va a llevar a cabo en un futuro inmediato.

Pero hoy tuvo que volver, ahora siendo ya un civil, a entregar un carnet olvidado. Y hemos hecho un recorrido en el coche por el interior de la base para llegar hasta las oficinas. Todo verde militar, hasta los amenazantes e inservibles cañones antiaéreos que solo están para decorar en los flancos de la entrada. Puede ver el perímetro por el que caminaba mi hijo de noche, guardia tras guardia, con las alambradas de espinas al fondo. Mucho más inofensivas que las concertinas de la frontera con Melilla, ideadas para despellejar a las personas a pedazos. 

La base militar es un sitio frío, triste y aburrido. Cuerpos humanos se confundían con el color verde oliva, casi grisáceo del entorno, solo que se movían y caminaban. Dos de ellos, algo entrados en años, llevaban por delante sus orondas panzas. Está claro que no corren los kilómetros semanales que suele hacer la tropa.

Y en medio de nuestra conversada mi hijo me dice que las escuelas no están tan lejos de todo esto y he de admitir que razón no le falta. Lugares creados a la medida del sistema que se pretende perpetuar. No es la primera vez que hacemos juntos esta reflexión, no lo es. Un chico talentoso que aún no terminó estudios por tener la osadía de cuestionar el sentido de lo que se veía obligado a memorizar para obtener un título. Uno de tantos segregados por el sistema educativo. Los hacemos nosotros mismos, con nuestros propios alumnos y hasta con nuestros hijos. 

Casi todo lo interesante que ha aprendido lo ha hecho fuera del sistema educativo reglado, por el que pasó sufriendo mucho y aburriéndose un rato. En casa del herrero cuchara de palo, nunca mejor dicho. Yo no lo supe detectar a tiempo y me culpo por ello. Los padres y madres siempre nos culpamos por todo, ese también es nuestro sino.

Salimos de la base tras entregar el salvoconducto y aparqué el coche para rebuscar en mi bolso.

-¿Qué buscas mamá?

-Espera un minuto, espera…

Y por fin he encontrado la fotografía recién rescatada hace dos días de la casa de mi madre. Un bebé gordito y feliz de dos o tres meses, blanquito, de ojos verdes y con los puñitos cerrados. Mi niño grandote de ahora, del que me siento tan orgullosa, al que voy a apoyar en cualquier circunstancia, y en el que confío para abrirse su propio camino.

Tengo un hijo que probablemente no haya elegido una andadura fácil, pero hace lo que le gusta y elige siempre su libertad. Cuando asume un compromiso, lo cumple a pies juntillas, pero no se ata a seguridades que atenazan la garganta. De todas las experiencias de la vida se aprende algo. Y su mochila de camuflaje va repleta de vivencias.

La madre gallina que ha pretendido cobijar a sus pollitos bajo el ala vuelve a asomar de vez en cuando. Al tropezar con la barrera de la entrada de la base militar, me vienen a la cabeza los madrugones que hemos compartido cuando él no tenía medio de transporte y un taxi nos salía demasiado caro. Por entonces no había visto las entrañas, solamente la fachada de toda esa parte de la isla que al parecer está diseñada para "defendernos" de los mismos que nos venden las armas que más tarde o más temprano servirán para decorar un portalón, para ser exhibidas en un museo o para venderlas de segunda mano a quienes están mucho más “inseguros” que todos nosotros, aunque vivan a la vuelta de la esquina intentando saltar la valla concertina.

Quizá un buen día alguien decrete que una de ellas es tan atroz como las bombas de racimo, y entonces, después de haberlas pagado con sudor y sangre, podrán ser destruidas sin más.

Además de aprender a disparar, a montar tiendas, a conducir todoterrenos, a caminar durante horas interminables, a cerrar la boca cada vez que alguien menciona al caudillo dictador y golpista como un héroe glorioso… sabe diseñar el logo de las camisetas de las compañía, puede hablar de historia con el nivel de un licenciado y es habilidoso con las manos. Le encanta rodearse de amigos auténticos y es emocionalmente muy estable. 

En cualquier caso, todos hemos aprendido de esta experiencia. Yo la primera. Y si… será manida la frase, pero seguimos clamando por menos gastos militares y más escuelas y hospitales. Hay que añadir a esto tantos matices, que mejor dejamos el mundo como está y cada uno hace su parte para defender la paz en la parcela del planeta en la que le toque actuar.

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

6 comentarios:

  1. Anónimo11/1/14

    Lo he leído conmovido. Conociendo parte de la historia, me alegro tanto de la dicisión de ese hermoso hijo Encarna, pero tanto, que ya ni me da para felicitarte a vos por el magnífico texto, sino por haber parido a ese hombre. Te abrazo.

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    1. Querido amigo... me acabas de desatar unas emotivas lágrimas. Abrazos.

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  2. Soli Cillero11/1/14

    El hombre se hace
    a sí mismo...Lo parimos,
    educamos, mimamos...pero
    al final, antes o después,
    se crea a sí mismo.
    Es la vida.

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    1. Sin duda. Pero tantos desvelos no caen en saco roto. Ahí apoyamos con cariño a forjar al ser humano que se hace a sí mismo. Abrazos Soli.

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  3. Con tu permiso lo publico en mi muro de facebook. Me resisto a llamarle "biografía". Lo de "muro" me parece más representativo, y, hablando de escuela, me recuerda a la película homónima. Gran película. Felicitaciones, Encarna.

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    1. Un tremendo honor estar en tu muro y en tu corazoncito. Compartir emociones y pensamientos crean lazos de afecto verdadero.

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