7 de marzo de 2014

De patrias y otros andares profundos

PABLO CINGOLANI.-


Se llama patria la luz primera,
y también la luz última;
y así también se llama el camino
que nos conduce hacia otras patrias
Jaime Sáenz: Felipe Delgado








Chapare

No en vano, demenciales caen tus aguas
Y las adoro en silencio, y me sobrecogen de sólo oírlas
Como si viese alumbrar la noche por primera vez
Como si el mundo ocurriese de nuevo
Y fuese esa voz, la de tus ríos, la que lo nombra
Todo otra vez, montañas, fuegos, helechos, colibríes,
Y fuese esa voz, esos hondos misterios líquidos,
Lo que empaña y revela a cada ser, a cada cosa

Patria verde, no anunciada
Demarcada sólo
En el coraje que te habita.



Illimani

Te apoderaste de todo
De las profundidades del cielo
De las distancias entre nosotros y el cielo
Y del cielo mismo
Donde dicen que habitan
Todos los clamores
Todos los temblores
Y los magos que cantan en la noche
Y que agonizan al alba
Cuando tú empiezas a cantar
Cuando tú, resplandeciente
Empiezas a cantar
Y empiezas, cada día
A apoderarte de nosotros.


Lípes

¿Por qué el temblor de tus colores incesantes
No descongela a los peces dormidos, peces anhelantes
Que te habitaron siempre hasta que los volviste piedras?

¿Para qué tus huellas sólo se arraigan allí donde el alma
Ya no sabe ni de exilios ni de brújulas ni de azares
Que no huelan sino a errancia, a vagar, a sed eternas?

He visto tus tenaces volcanes y escuchado su voz titánica
Más no clamaban ni por cardúmenes ni sendas
Con su sombra, singular compañera
Rememoraban los días cuando eran
Adorados, las noches cuando eran ofrendados.
No como ahora
Sin destino y sin gloria.


Karangas

En esta patria de arena y silencio
El viento es monarca

Los hombres lo saben
Por eso andan cautivos de su fe
Y persisten, como el tolar
Amarrados a su fuerza

Han aprendido que lo vano es vano
Y que nada suplanta a la nada
Y que el adiós no es moneda de acuñar

Van solos por los desiertos y no les temen
Por qué los Carangas son su Arcadia
Y la Cruz del Sur, su amparo y su guía


Sajama

Si tu apostura inmemorial
No derrumbase los palacios del vacío
Y si de cada una de tus grietas
No se hallase un mundo para recobrarlo
Un mundo para volverlo a encantar
Y celebrarlo así, de vicuña en estampida
Y de queñual victorioso

Si de tu aura de magmas por venir
Y de las colosales tormentas que te han forjado
No extrajésemos la esencia de eso
Que perpetúa lo cotidiano
Y que lo vuelve una fiesta de nave chipaya
Que avanza por el mar de las yaretas
Y las yaretas que danzan, y te reflejan

Y si ese reflejo no fueras tú, mística montaña
Dime, ¿dónde iríamos, dónde te peregrinaríamos
Donde atesoraríamos la fe, donde la magia?
Porque a veces veo una mole de piedra y nieve
Más si respiro hondo y callo, veo en la distancia
Sideral, veo en el infinito azul, veo con el alma
La más transparente de todas las presencias.


Pachene

Divagas dentro de mí
En epifanía de árboles
Que me alzan, que me abrazan
Helechos nublan mis ojos

Me buscas, yo sé
Laberintos vegetales
Libran la batalla final
Labran mi destino

Encontré a la luna en tu seno
Encontré la luna, en la selva
Frente a tanta adversidad
Ella no duda, ella no puede escapar

Ella, si muere
Se quedará a morir, se quedará a vivir
Con los chimanes, con sus guardianes
En la selva, entre los ríos, en el Pachene.


Amarumayu

Diez mil guerreros te bajan desde el Cusco
Diez mil guerreros que no saben dónde van
Y el mundo que queda cada vez más lejos de su ombligo
Y la sombra del amparo del antiguo Tawantinsuyu

Diez mil serpientes los muerden diez mil flechas
Araonas los asedian diez mil plantas los envenenan
Diez mil warmis lloran sus cuerpos rotos
Por el calor, la fiebre y las tormentas

El huayno más triste de todos. Acaso esa es tu memoria
Nada restaura la osadía. Sólo el dolor. Sólo el olvido
Acaso por eso, los que llegaron después te bautizaron
Para que los recuerdes siempre: Madre de Dios.


Madidi

Por ti he escrito
Casi todas las palabras
Salvo las que ni vos
Ni yo conocemos
Porque nunca las vamos a vivir
Porque jamás las vamos a morir
Por ejemplo: Adiós, Madidi.


[Pelechuco- Abuná- Muruamaya- Pacajes- Amboró-Apolo- Millumarka- Huacallani- Jupapina, etc.]


Nota final: como ya estoy escribiendo pelotudeces, la corto. Esto que les envío nació de un impulso (de un impulso poético) pero hasta el impulso, cualquier impulso, tiene sus límites, así que aquí acabo. En realidad, esto es el boceto de un proyecto de libro que buscaba enlazar poéticamente todos los lugares amados, entendidos como patria en el sentido de camino que plantea Sáenz –y que, por cierto, la idea no se la debo al tal Sáenz propiamente dicho, sino a Richi Trewhella Fernández, que me envió su ensayo sobre los aparapitas, y que es de donde copié la cita, esa gloriosa cita de Sáenz, que encabeza este impulso. El otro día, estaba angustiado (esto es vano), estaba desasosegado (esto es verdad) y el Richi (¡gracias eternas, Richi!) me envió su ensayo por el famoso y puto imeil, lo leí, me alegró y luego salí afuera, a la vida: allí estaba la Cruz del Sur, brillando, invencible. Así surgió la idea de este poemario. Como es meramente impulsivo, se acaba aquí. Quisiera creer en el trabajo poético, pero me cuesta. Quisiera suponer que si uno pudiese vivir de impulsos, de emociones, de sentimientos, seríamos todos más felices. Y escribiríamos mucha más poesía.

Nota final (2): este poemario le debe bastante de inspiración a Cerruto, Oscar y su Patria de sal cautiva que es la que enhebré, transmutada, con las patrias de JS. Todas las otras patrias, aquí aludidas, son del pueblo de Bolivia, de sus pueblos, y a quien rindo mi humilde homenaje y ofrezco mi eterna gratitud. Y basta ya, y al fin, de pelotudeces.

Nota final (3): más allá de la continuidad de la pelotudez, no puedo olvidarme de mis amigos Gastón Ugalde, Alfonso Barrero y Ricardo Solíz, con ellos también sentimos estas patrias escritas y soñamos cada uno y en conjunto, con todas y cada una de las otras y posibles y deseables y personales patrias que ellos, sobre todo, se merecen.

Fotografía: Chapare

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