4 de abril de 2014

Una rana en el bolsillo

ENCARNA MORÍN -.

Un niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado y la esperanza del futuro con una rana en el bolsillo. (Enrique Rambal)

No sabemos si somos primos o parientes, pero nos hemos asignado ese título. Llevamos los mismos apellidos y vivimos a ambos lados del Atlántico, pero es una curiosa coincidencia llamarse casi igual.

Mi  primo mejicano se llama Armado Morín de León. Dice haber escuchado sus apellidos juntos, fuera de de su propia familia, solamente cuando la maestra pasaba lista en la clase. Yo también. Así que siguiendo mi curiosidad en pos del niño que hay detrás de cada adulto le he pedido que me cuente algo de su infancia.

Fue un chico que acudió a una escuelita tradicional, allá en Piedras Negras en el Estado de Coahuila, México, muy cerca de la frontera con los Estados Unidos. No tuvo una infancia llena de cosas. Ni bicicleta, ni patines, ni golosinas… nada de eso. Pero si fue muy rica en vivencias y experiencias personales.

Tenía una casa en un árbol, vivía a cincuenta metros de la ribera del río en el que pescaba muy a menudo. Incluso podía pasear en su propia balsa hecha por él mismo. Ahora no sería imposible, porque el río está contaminado. Correteaba por aquel lugar con libertad absoluta. El cielo, la tierra y el horizonte eran de su propiedad.

-Lo primero que hacía al salir de la escuela era descalzarme. Corría más recio sin zapatos que con ellos. Traía en la bolsa siempre un metro de cordel, un clavo sin cabeza, un soldado de plástico, una resortera, un anillo con compartimiento secreto. De hecho he escuchado un poema, creo que de Enrique Rambal, que dice exactamente lo que te estoy contando. Cuando lo escuché me dio mucho gusto que dijera lo que un niño es capaz de traer en su bolsa del pantalón, porque me consta que es muy cierto.

-Me encanta...una especie de Tom Sawyer. Todos los niños lo son en la medida en que se les permite.

-Nunca se sentaron mi madre ni mi padre a hacer la tarea conmigo. Éramos diez hermanos, lo cual suponía un gran trabajo. Sin embargo cursé estudios satisfactoriamente. Ahora fíjate, no hay día en que yo no les pregunte a mis hijos que les encargaron de tarea, y hasta que no la hacen no ven tele, etc… yo muy puesto en mi papel de padre responsable. Una cosa curiosa que acabo de recordar: cuando iba a la escuela como no tenía mochila, me fui al río corté dos pedazos de carrizos, que son una especie como de bambúes, pero más angostos. Les pasé por en medio un cordel, y allí enredaba mis cuadernos a manera de que los llevaba colgando a la escuela y bien amarrados. En esa época a la escuela siembre íbamos caminando, bajo la lluvia  o el sol. Ahora yo a mis hijos los llevo en vehículo y los traigo.

-Así es la vida. Eres un padrazo y ellos son muy afortunados por tenerte.

- Yo veía que mi padre nos cocinaba cuando mi madre no estaba o andaba de viaje, y fíjate que eso yo lo hago ahora, aunque mi señora no esté ausente, porque como ella también trabaja, yo les hago a mis hijos e incluso a ella, el lunch, y cuando puedo también la comida y la cena pues allí nos compartimos ella y yo. Me gusta cocinarle a mis hijos y esa es una ventaja ya que le quito un peso se encima a mi esposa.

-Tuviste un buen modelo. Creo que tienes una linda familia y haces mucho para protegerles.

- Aunque éramos de medianos recursos, no recuerdo que le haya yo pedido algo a mi padre y que me dijera que no, siempre que estuviera en su mano. Cuando que le pedía dinero para ir al cine o a la tienda a comprar, él siempre me daba, nunca me negó casi nada. Yo tampoco pedía imposibles. Fueron unos buenos padres. A veces los pobres es que no tenían suficiente para tanta familia. Esa fue nuestra historia, pero vivimos al aire libre y en la naturaleza. Me gustaba ir con mis amiguitos de pesca y a comer en el monte. Cada uno llevaba algo y allí mismo cocinábamos. Correteábamos conejos, escalábamos montañas, hacíamos chozas con hierbas y ramas. Nada era imposible para nosotros, aunque tuviéramos que hacer algún esfuerzo para conseguir lo que queríamos.

Armando fue un niño feliz y actualmente es un orgulloso padre. No sé si habrá vinculo genético entre nosotros pero quiero pensar que sí, que en algún momento nuestros antepasados no quedaron en Canarias, sino que probablemente cruzaran al otro lado del Atlántico dejando constancia de que la tierra es un solo país.

Él trabaja vendiendo Bienes Raíces en México y yo voy cada día a la escuela para encontrarme con las caritas de los niños y niñas.

Mi regalo cuando llego al colegio es el momento en el que los pequeños se me tiran a los brazos buscando calorcito. Tienen la habilidad de ponerme los pies en la tierra. Son miradas inocentes, cándidas, esperanzadas, que saben a ciencia cierta que todo el tiempo del mundo les pertenece. 

Un niño es feliz con una mirada de aprobación, con un gesto de afecto, a veces simplemente con que acariciemos su pequeña mano entre las nuestras y le llamemos por su nombre. Es la seguridad que da el cariño, mucho más allá de las palabras, a menudo vacías de contenido, de los textos y lecturas escolares.

Están aún lejos de darse cuenta de que tienen que desarrollar una feroz competitividad para hacerse un hueco en el mundo de la productividad. No es un camino de rosas, es un largo tormento que va a durar más de media vida.

Da un poco de pena saber que en breve van a dejar de ser felices. La infelicidad aumenta de forma directamente proporcional al crecimiento cronológico. Tendrán que memorizar muchas cosas incomprensibles, la mayor parte de las veces alejadas de sus intereses. Pasarán tiempo aprendiendo normas, que en ocasiones cambian transcurrida una etapa. 

No tardará mucho hasta que les cueste levantarse a la mañana y emprenderlas con una pesada mochila llena de mamotretos que irán sacando a medida que transcurran las horas. Llegaran las temidas y ansiadas notas que determinarán el precio de su autoestima personal. Nada que ver con la mochila de bambúes de mi primo.

Los tiempos aquellos en que aprender era una tarea apasionante quedan poco a poco rezagados en la niñez. Ahora solo consta que algo se ha aprendido si lo certifica oficialmente una nota o un examen.

En medio de la "titulitis" generalizada, la estadística dice que en Europa, para el año 2020, solo podrán conseguir empleo un diez por ciento de los “sin título”, un nuevo término para agregar a los “sin papeles”, “ilegales” “anti sistema”… Al menos es lo que nos transmiten a los docentes las esferas oficiales. Parece ser que sin título bajo el brazo, no estamos en condiciones de tener una vida digna. 

Y aporreamos las mentes lúcidas de nuestros niños, que anhelaban ser felices, abrumándolos con fórmulas, retahílas y conceptos… para al mismo tiempo doblegar su identidad, su carácter, la espontaneidad, el lado más humano de cada ser humano.

Esto de transmitir inseguridad es una cadena. Primero nos sentimos nosotros bastante infelices e inseguros, y después ya estamos en perfectas condiciones de trasladarlo a nuestros jóvenes alumnos.

Cuando creemos que por fin tenemos toda la experiencia acumulada para ser perfectos educadores, alguien desde arriba viene y nos cambia la terminología. Cuanto más enrevesada menos operativa, pero eso no importa. Hay que estar al tanto de todos los términos burocráticos necesarios para perder mucho tiempo rellenando una interminable lista de documentos actualizados. Así parece que estamos en la onda, en la última y que no somos unos carcamales vegetando a costa de nuestra intuición, la experiencia acumulada y poco más. Hay que saber qué es cada cosa y como se llama “ahora”. Los títulos de la tan cacareada Europa están a expensas de la capacidad que tengamos de ser ininteligibles, abstractos, aburridos e inhumanos.

Pepito Pérez fue una vez mi compañero de trabajo. Digamos de él que era un poco rígido e inflexible. Hacía su tarea con algo de insatisfacción y no emitía pensamientos propios. Todo cuanto opinaba se podía leer en algún libro. No tuvo una niñez como la de Armando. Cuando jugaba, jamás se ensuciaba y siempre quería ganar a cualquier precio.

Estuvo de tránsito por aquella escuela que también fue la mía, aunque su aspiración era ser dirigente educativo. Y de manera incomprensible Pepito ascendió en la escala hasta llegar casi a lo más alto. No conforme con eso, obtuvo además una plaza como profesor universitario. 

Se convirtió en el terror, la pesadilla nocturna de los estudiantes y de los docentes a los cuales supervisaba e su trabajo diario. No era extraño encontrar en aquella universidad a personas con todas las asignaturas aprobadas, a excepción de la materia que impartía Pepito el nuestro. Se cargaba a todo hijo de vecino hasta que pasaran un par de convocatorias. Le gustaba hacerles sudar y tener fama de “hueso duro de roer”.

Pepito Pérez se cree dios aunque sea un mediocre redomado. Su falsa seguridad le sirve para viajar a congresos mundiales, para ser convocado a tediosas conferencias estatales, para convertirse en un experto educativo, por más que siempre se haya caracterizado por su alergia a la tiza y al olor peculiar de las aulas llenas de niños de verdad.

Un día le tropezamos por la avenida de la playa saliendo del agua. Llevaba entre sus manos una estrella de mar recién capturada. En ese momento, mi hijo de seis años tiró el prestigio del erudito por los suelos.

-Mamá ¿Quién ese señor tan grandote que ha cogido a un animalito tan pequeñito? ¿Pero por qué no le ha dejado tranquilito en el agua, si no le sirve para nada?-me preguntó el niño-

-Es un colega, un profesor que conozco desde hace tiempo -si Pepito llega a escuchar lo de colega, no sé si estaría de acuerdo, yo soy una simple maestrilla de a pie a mil años luz de sus logros profesionales-

-Pues está muy mal lo que ha hecho, ¿y cómo puede ser que un profesor haga esto?

Aún mi hijo no estaba al tanto de que considerar que ser profesor no significa ni mucho menos ser perfecto. Pero este “error” en cualquier otra persona podría ser disculpable, en manos de Don Perfecto, era verdaderamente imperdonable.

Hemos aprendido muchas cosas importantes fuera de las escuelas. Por ejemplo a coser un botón, planchar la ropa o a cocinar un exquisito plato, colocar un enchufe, cambiar el cilindro de una cerradura o incluso a pescar, a hacer una balsa… 

Las escuelas no han existido siempre y, sin embargo, la especie humana hace mucho tiempo que aprende. La curiosidad es inherente a las personas y por tanto el aprendizaje debería ser siempre divertido y apasionante. 

La institución escolar se encarga de que se sistematice la información desde edades muy tempranas. Lo que sigue siendo cuestionable es el precio que pagamos en pos del preciado título y el que hacemos pagar a nuestros hijos. ¿En qué lugar del curriculum está previsto desarrollar la competencia para ser felices?

En algún punto del ahora contaminado río, navega aún el niño que fue mi primo. Atesora sus recuerdos entre las cañas de la mochila de su memoria.

Por los pasillos fríos de aquella universidad, sigue repartiendo codazos el niño que fue Pepito Pérez. Acumulando títulos y escalando posiciones ha debido extraviar su alma, porque no quiero pensar que llegó a este mundo sin ella.

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

3 comentarios:

  1. Me encanto, Un abrazo y un gran beso a la autora de esto: Encarnación Morin de Leon

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  2. Un abrazo, primo. Me despierta mucha ternura el niño que hay dentro del adulto, que ha sido capaz de convertirse en un padrazo sin perder para nada su entusiasmo y vitalidad. La vida no deja de ser una aventura apasionante.

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  3. Anónimo6/4/14

    ¿En qué lugar del curriculum está previsto desarrollar la competencia para ser felices?

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