20 de junio de 2014

Latinoamericano

GONZALO LEÓN -.

Creo que varios columnistas ya habrán hablado que la muerte de Gabriel García Márquez fue una crónica de una muerte anunciada; a los 87 años eso es así. Pese a ello, al domingo siguiente de esta “crónica anunciada” vi que la prensa chilena dedicaba páginas y más páginas a su figura y a su obra, con elogios; la prensa argentina y en especial la televisión actuó de la misma manera. Pero como siempre ocurre en estos casos: el periodismo no alcanza para dar cuenta de la obra de un escritor de cierto prestigio, sencillamente porque no está preparado para ello: escasa lectura, falta de formación intelectual, el yugo de la contingencia, todo eso hace que, algo que García Márquez señalaba como virtud del periodismo (estar en contacto con la realidad), impidiera abordar su muerte sin caer en el elogio, en el homenaje.

Quizá el periodismo no es el lugar apropiado para evaluar la obra de un personaje como García Márquez: la prensa está más preparada para la propaganda y la repetición del lugar común que otra cosa. Creo que este escritor pensó en esto cuando creó hace veinte años la Fundación Nuevo Periodismo, promoviendo el auge del género de la crónica tal como la conocemos hoy. Crónica o periodismo narrativo denuncia, en el fondo, otra falencia del oficio: lo mal escritas que están, por lo general, las notas periodísticas del continente latinoamericano: Leila Guerriero, Cristian Alarcón, Alberto Salcedo Ramos, con su pluma y por ende por oposición a lo que es la norma, hacen esa denuncia con cada reportaje, con cada libro.

Sin embargo, más que querer hablar de la crónica o del periodismo narrativo, la muerte de García Márquez me dejó con las ganas de hablar de lo latinoamericano y de lo que significaba antes ese término y de lo que significa hoy. El boom latinoamericano al que pertenecieron “García Márketing” (como lo llamó Fogwill en una entrevista), Cortázar, Donoso, Vargas Llosa fue una etiqueta comercial para vender lo latinoamericano en Europa, y como estrategia de márketing, atribuida a la agente literaria española Carmen Balcells, fue muy exitosa. Como ella misma explicó en una entrevista concedida hace cuatro años a Revista Ñ: “Aquello era un lobby, algo que tiene que ver con el poder literario. Con vender, ¿comprende? Vender. Y, tantas décadas después, aún funciona el invento. Venden millones de ejemplares”. En todo caso, hay que pensar que en el momento de crear la etiqueta, de diseñar la estrategia, no se sabía si iba a ser exitosa, por lo que se corrió un riesgo, que hoy quizá no se tomaría con ningún grupo de escritores latinoamericanos.

Para poner un solo ejemplo. Cien años de soledad fue publicada por Editorial Sudamericana en junio de 1967, y García Márquez vino a Buenos Aires dos meses después para ser jurado junto a Augusto Roa Bastos en un concurso de cuentos, que ganó Daniel Moyano. Fue la primera y última vez que visitó Buenos Aires. Aquí lo hicieron conocido Tomás Eloy Martínez, desde la revista Primera Plana, y Paco Porrúa, el editor de Sudamericana que confió en él sin haber leído la novela completa. Por eso cuando estuvo aquí, la gente lo saludaba en la calle o en los teatros. En dos meses había casi agotado la primera edición de ocho mil ejemplares. Empezaba la carrera de un escritor que ganaría el Nobel de Literatura en 1982.

¿Pero cuál era el peso del mercado argentino en el ámbito hispanoamericano? Según se sabe, casi el 60% de todo lo que se publicaba en español, hasta 1976, se vendía en Argentina, el resto se lo repartían España y los demás países de Latinoamérica. Es decir, la importancia del mercado argentino era altísima. Como dijo Alejandro Zambra hace dos años: Cuando uno publica un libro en Argentina, se da cuenta de su existencia. Hoy, sin embargo, el mercado argentino no es el de antes, como tampoco los escritores son los mismos, quizá porque el contexto cambió: ya no hay revoluciones ni paisajes exóticos que exportar. El mundo se acostumbró, por así decirlo, a Latinoamérica. A amarla y odiarla, a verla y leerla, a interpretarla y criticarla. No es casual entonces que una de las herederas literarias de García Márquez, como Isabel Allende, haya conquistado el mercado estadounidense y mundial.

Latinoamérica, en definitiva, ya no sorprende. Y no sorprende porque se la estudia. En Vladimir Nabokov: los años americanos, de Bryan Boyd, el autor cuenta cómo el interés geopolítico de Estados Unidos iba determinando las posibilidades del autor de Barra siniestra para conseguir un puesto estable en la academia estadounidense: si el interés geopolítico era escaso, Nabokov tenía que conformarse con enseñar ruso a un grupo de alumnas que se matriculaban como si asistieran a un curso de tejido; por otra parte, cuando se instaló la Guerra Fría, el autor ruso obtuvo, finalmente, su puesto estable en la academia, al crearse el Departamento de Literatura Rusa. En la actualidad, tal vez ese lugar lo ocupen los departamentos de Literatura Latinoamericana que pululan por las universidades yanquis, con profesores mexicanos, argentinos, chilenos, que imagino que se las arreglan para enseñar algo dentro de las posibilidades de esa academia. Los libros de “García Márketing”, sin ir más lejos, están en más de dos mil instituciones, entre universidades y colleges, mientras que los de Roberto Bolaño están en casi setecientas.

Publicado en Revista Punto Final y en el blog del autor (01/mayo/2014)
          

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