3 de agosto de 2014

Amores perros

Lorena Ledesma

Lloraba desconsoladamente cuando entró al cuarto. Me abrazó pensando que me había dado un ataque de desasosiego romántico por él. Sin poder contener las lágrimas me expliqué con una cita: Su hogar no es Tomás, sino Karenin. ¿Quién le dará cuerda al reloj de sus días cuando él no esté?

Me deslizaba velozmente por las últimas páginas de La insoportable levedad del ser de Milán Kundera y me enteraba que el perro de Teresa tenía cáncer en una de sus patitas justo cuando atravesaba una de las mejores épocas de su vida. No se iba a salvar. Estaba más que segura y me dejé conmover por aquella realidad literaria sin querer aceptar que Karenin no volvería a pelear con su amo por su pancito todas las mañanas. Karenin era la personificación de la alegría simple del despertar cada mañana y sentirse feliz por haber renacido, algo que los humanos no experimentamos seguido (o tal vez nunca). Karenin tenía el timing de la felicidad. Karenin era Adán, hombre que no es hombre que se puede amar sin culpas ni miedos (aunque era hembrita).

Al cabo de un momento volvió a apoyar la cabeza sobre las patas. Teresa sabía que nunca nadie más volvería a mirarla así.

No fui capaz de proseguir mi lectura esa tarde. Salimos al jardín a tomar aire en compañía de los perros de la casa. Master, el viejo ovejero, refunfuñaba adolorido mientras Roncito, el cachorro, le buscaba para morderle las barbas ya cansado de masticar a los gatos y corrertear ovejas. En un rincón del camino de las ovejas al campo leí el verano pasado Flush de Virginia Woolf.

Cuando comencé aquella obra pensé en La dama del perrito, y aunque no encontré algún parecido con la obra de Chéjov me sumergí en ella con entusiasmo. En aquella obra Virginia rompe sus propias líneas creativas, aquellas que hoy le caracterizan y de las que hablan los críticos para encumbrarla. En sus páginas encontré a Flush, el perrito de una dama de alta sociedad que da cuerda al reloj de su ama con su respiración tranquila al dormir o sus pasitos mientras camina por las calles. En su momento sufrí el corte de pelo del cocker dorado, su secuestro extorsivo y palpité con su canina agonía al sentir que perdía la atención de su ama frente a un caballero refinado que enviaba cartas aromáticas.

¿Por qué no había de salir? Ansiaba tomar el aire y estirar las patas; sus miembros se anquilosaban de tanto estar echado en el sofá. Además, nunca llegó a habituarse al olor a agua de Colonia... No, no... Aunque la puerta estuviera abierta, no abandonaría a miss Barrett, pensó ya cerca de la puerta, y volvió al sofá. «Flushie», escribió miss Barrett, «es mi amigo - mi compañero - y me prefiere al sol que tanto le atrae desde fuera...» Ella no podía salir. Estaba encadenada al sofá.

De todos los perros de mi vida, Toy es el último, aunque el amor que él me inspira para nada opaca a los que quedaron atrás. Verna, ovejera belga era cochina hasta las náuseas y que mi madre nunca pudo adoctrinar; Chiqui era el enorme ovejero alemán con pedigree que trajo papá de un viaje en camión como recompensa por haber facilitado una entrega difícil de bananas en Tucumán; Laica no duró nada pues su inconducta produjo estragos en la casa y en el humor de mamá por lo que tuvimos que entregarla a dueños más aptos que la entrenaron para policía; Lobi era el más insoportable pequinés del planeta y murió joven y en su ley, atragantado por un hueso que no quiso compartir; Daisy nos llegó de repente y la adoptamos como acto solidario pues su dueña había decidido remodelar la casa y la peque no combinaba con el mobiliario.

La pequeña Daisy había muerto tras agonizar toda la noche. Su primera escapada de la casa había tenido un resultado trágico. Mamá estaba sola en Corrientes, esa idea nos dolía en el alma, así que nos pusimos a buscar un sucesor. Por internet dimos con un vecino que vendía perros. Tras una transacción de no más de diez minutos teníamos una nueva mascota para mamá. Un caniche mediano, con la colita cortada, con manchitas café imperceptibles a simple vista. Le dimos sus vacunas y quedamos de mandarlo a Corrientes. Lo llamé Toy. El veterinario rió maliciosamente ante mi evidente falta de creatividad para bautizar al perrito previo a hacerle su ficha médica. No me retracté y así quedó. Hice una carta de presentación y sumé advertencias. Horas más tarde papá abordaba un bus para recorrer mil kilómetros con este regalito del corazón.

De todos ellos albergo anécdotas con las que podría extenderme hasta el infinito y los acompañan mis perritos literarios preferidos.

¿Se puede uno sentir tan acompañado por un perro? Un gran sí grita desde adentro con mis propios recuerdos y me abrazo a ese sí cuando termino de leer Viajes con Charley. John Steinbeck va en busca de los Estados Unidos en una experiencia carretera siendo ya un consagrado de las letras con la única compañía de su perro caniche Charley. Todo el libro es Charley, es la crónica del viaje y de la relación de ambos, lo mucho que se conocen y respetan mutuamente.

(...) llevé un acompañante en mi viaje: un caniche francés viejo y caballeroso llamado Charley. (...) Es un caniche muy grande, de un color llamado bleu, y es de verdad azul cuando está limpio. Charley es un diplomático nato. Prefiere la negociación a la lucha, y muy oportunamente, ya que se le da muy mal lo de luchar. Sólo una vez en sus diez años de vida ha tenido problemas: cuando se encontró con un perro que se negó a negociar. Perdió en esa ocasión una parte de la oreja derecha. Pero es un buen perro guardián... tiene un rugido como el de un león, destinado a ocultar a los extraños que vagan en la noche el hecho de que no sería capaz de salir a mordiscos de un cornet de papier. Es un buen amigo y compañero de viaje y no hay cosa que le guste más que andar de un sitio a otro."

Por qué el amor de un perro complace tanto. No creo que exista una respuesta genérica. Cuando leímos Encender una hoguera de Jack London no encontramos mejor forma de narrar la ausencia de humanidad de un perro sino la simpleza de su naturaleza.

El perro seguía sentado frente a él, a la espera. El breve día daba paso al largo y lento crepúsculo. Nada indicaba que el hombre fuera a encender una fogata, además, el perro nunca había visto a un hombre sentado así, en la nieve, sin hacer antes una buena hoguera. A medida que avanzaba el crepúsculo el ansia del fuego se apoderó del perro, que no paraba de levantar las patas para cambiar el peso de la una a la otra, al tiempo que gemía débilmente y agachaba las orejas presagiando el castigo del hombre. Pero el hombre seguía en silencio. Al cabo de un rato el perro lanzó un gemido más hondo. Y aún después se acercó al hombre y detectó el olor de la muerte. Se erizó y retrocedió.
Las relaciones hombre-perro sin variadas, pero entre todas ellas me siento como Teresa y su Karenin, por eso quizás lloré y porque extraño mucho a Toy.

"Ninguna persona puede otorgarle a otra el don del idilio. Eso sólo lo sabe hacer el animal, porque no ha sido expulsado del Paraíso. El amor entre un hombre y un perro es un idilio. En él no hay conflictos, no hay escenas desgarradoras, no hay evolución. Karenin rodeó a Teresa y a Tomás con su vida basada en la repetición y eso mismo era lo que esperaba de ellos."

No quise retomar la obra de Kundera, las noches lectoras que siguieron las rellenamos con otras. En el finito universo de mi biblioteca virtual el tiempo que necesito para leer todo parece infinito.

2 comentarios:

  1. Una campesina se enojó con Teresa por llorar por un perro ¡Es un perro! fue su reproche. Yo también lloraría si se me muere mi perrito compañero.

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  2. Conmovedor texto. Ya sabía sobre las andanzas del azulado Charley. Junto a Flush y Karenin se suman a la galería de los grandes perritos literarios. Posiblemente a estas alturas filosofarán junto a Cipión y Berganza en el cielo de los perros. Triste el desprecio inicial a Daisy y mis saludos al señor Toy, el perro existencialista que tuve el privilegio de conocer.

    Muy buen texto, querida Lorena. Un fuerte abrazo.

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