7 de agosto de 2014

Cuentos de la selva



CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT -.

Difícil, en las circunstancias actuales del país, evitar hablar del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure, invadido, amenazado, protegido y desprotegido, en esa inercia que aguarda el fin, tan común a nuestra época. Pero desviémonos del comentario televisivo, las malas artes gubernamentales, la ira sabihonda de los intelectuales y la simple furia de los paisanos, para mencionar el bosque, u otras áreas de vida salvaje, en detalles tal vez triviales, quizá no, que nos atraen a esas regiones uterinas del alma.

Compré un libro de Ben Fountain, sin saber quién era, por lo atractivo del título: Brief Encounters with Che Guevara. Hallé una delicia literaria, una joya de humor sutil que traslada al lector a situaciones algo ridículas pero cuyo desenlace tórnase vital, ejemplificador, sin caer en la conseja. Ocho historias, a cual mejor, que le valieron a su autor el prestigio del Premio Discover Great New Writers, entre otros -luego supe- obtenidos por su pluma.

La primera historia lleva -traducido- el título de Aves casi extintas de la cordillera central, y se desarrolla en Colombia. Un ornitólogo norteamericano, que a duras penas paga sus estudios superiores en Duke, viaja al país del sur para estudiar sus abundantes y coloridas aves. Por esas casualidades que transforman la vida es plagiado por la guerrilla y catalogado como espía. John Blair, el personaje, intenta convencer a los comandantes que está en viaje de estudios y que retenerlo con ellos significará perder una ayudantía en su universidad y no tener medios para continuar su carrera. Los comandantes, impertérritos, lo ponen en su website pidiendo rescate de 6 millones de dólares. Transcurre el tiempo y John, luego de acceder a cierta libertad para hacer sus observaciones, descubre con los binoculares una especie de loros que se consideraba extinta, o casi, y comienza un detallado seguimiento escrito sobre su hábitat, subsistencia, reproducción, siempre acompañado por un guardia joven cuyas espeluznantes historias parecen salidas de un cuento de terror. El único problema, para el momento que sueña, al retornar a los Estados Unidos, de presentar su descubrimiento entre académicos es que no dispone de cámara fotográfica: la decomisó el jefe guerrillero. Sabe que sin fotos, el papel no vale nada. Desespera en ello.

Un día se entera que llega al campamento una delegación de paz. Norteamericanos incluidos. Con dificultad logra contactarse con una de ellos. Resulta que no son del Departamento de Estado sino de Wall Street (¡!), y que han venido, acompañados por empresarios, a ofrecer a los rebeldes las maravillas del mundo capitalista, a hacer negocios. Contempla a los insurrectos aguantar la risa escuchando las argucias del presidente de la bolsa de Nueva York. Sin embargo, cuando le piden ayuda en alguna dificultad de traducción, se entera de que la guerrilla está realizando un trato con la industria de la madera; se habla de precios de tablones de madera preciosa y todo lo relacionado a su exportación. Enloquecido, interviene en la conversación y le dice al comandante que no es posible que haga eso, que la existencia del Purpureicephalus feltisi, loro de cabeza carmesí, nunca más avistado desde 1973, depende del bosque. ¿Cuánto dinero más necesitas?, le echa en cara ¿No basta con todas las plantaciones de coca? Hay que salvar al país, responde el insurgente, quien, ya cansado por la intromisión del gringo al que piensa debía haber ejecutado hace mucho, pide a los madereros que como parte del convenio se lleven a John Blair. Este se niega, protesta, dice que es importante para el mundo que se quede allí… en vano.

Cuando lo suben al helicóptero, en medio de los rubicundos y alegres millonarios, ve a Hernán, su guardia y por qué no compañero, que corre hacia el aparato y alcanza a John un rollo de fotos de 35mm. Allí termina, como en los cuentos de O. Henry.

¿Moraleja? No. Reflexión. Y la triste certeza, de autor, personaje, lector, de la inviabilidad de sostener la poesía, de proteger la naturaleza de la depredación irracional de los hombres, de cualquier origen o tendencia política. La única posibilidad de supervivencia para el entorno es la desaparición del hombre. Porque aunque este haya arrasado con todo, si deja una planta ella se multiplicará hasta convertirse en selva, y cubrirá los rastros de la ignominia humana. No siempre. Si bien el monte recuperó terreno de la insensatez maya en Mesoamérica, no lo logró en la Isla de Pascua.

Además, y como bien presenta el escritor Ben Fountain, los John Blair son pocos, extraños, incomprendidos, rara avis en universo de asaltantes. Está tan solo en medio de la selva colombiana, o en las austeras aulas de Duke como lo estaría un prisionero. Claro, desde el punto de vista de un extraño al medio. Otra sin duda es la perspectiva del nativo que vive allí, y se considera a sí mismo, como parte de la totalidad.

La narración se maneja con gran humor. El San Diego Union-Tribune comentó que Fountain escribía la clase de historias que favorecían Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad y Graham Greene. Ese humor que convierte la sonrisa cómplice en rictus, y que sin embargo -tenemos que volver a O. Henry- cargan un notable dejo de esperanza, una de la que quizá carecemos en Bolivia, en nuestra pobreza, o al menos no podemos defender. La virulencia con que se encara hoy la destrucción de una reserva ambiental, indigenal como la del Isiboro-Sécure, nos recuerda al comandante de la guerrilla alegando que se debe talar la selva para salvar el país. Pensamiento lógico, si creemos, obnubilados por siglos como estamos, que el progreso, desarrollo, etc., en términos materiales es lo que garantiza nuestra felicidad y, sobre todo, reafirma el poder.

En Breves encuentros con Che Guevara es el lorito de cabeza roja el que va a perecer. En el TIPNIS, seguro que habrá loros también, pero la primera víctima serán las personas, las mujeres indias que tornarán grises en pútridos burdeles de carretera.


27/09/11
Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 02/10/2011
Publicado en Semanario Uno 430 (Santa Cruz de la Sierra), 07/10/2011
Imagen: Niño indígena en la Tierra Comunitaria de Origen y Reserva de la Biósfera Pilón Lajas

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