9 de noviembre de 2014

La mujer del pelo rojo

ENCARNA MORÍN -.

Y pensar que llegó a la isla Chiquitita buscando una paz interior que en ese momento no tenía. Le costó un poco integrarse entre aquella gente algo recelosa. No querían que nada perturbara su calma y miraban a los extraños con cierta desconfianza. Hasta que cayeron en la cuenta de que eran potenciales turistas y aportaban dinero, lo cual terminó a la larga siendo una forma de vida menos complicada que la pesca.

Una pequeña reserva de la biosfera en medio del océano Atlántico que se recorría en apenas dos horas, parecía el soñado Edén de más de uno. Veintisiete kilómetros cuadrados y quinientas personas. El paisaje lo constituían los islotes del entorno, las gaviotas que sobrevolaban el cielo, los acantilados de la isla vecina que tanto bajaron y subieron las  bisabuelas con las cestas de pescado a la cabeza, que cambiaban por cereales, papas, y otros productos de la tierra para poder completar su dieta rica en productos del mar.

Y ahora su rutina diaria terminaba en aquella playa. A la espera de que llegara el barco de pasajeros si alguien quería salir de allí. Más de una vez algún experto intentó hacer aquella ruta a nado, pero la corriente era muy brava.

Cada mañana llegaban los turistas, y a las cuatro o cinco de la tarde se marchaban,  después de haber hecho algunas fotos, pasear por la playa y comer en alguno de los restaurantes de la isla.

Más tarde o más temprano recalaban en su tienda de suvenires.  Solían comprar alguna de las preciadas piezas de artesanía que ella adquiría a las ancianas del pueblo, cuyas primorosas manos producían bordados, rosetas, sombreros.... con esto, más la venta de algunos refrescos, helados y chucherías, alcanzaba para vivir más o menos holgadamente y hasta para enviar a los chicos  a estudiar fuera. Su esposo se encargaba de alquilar las bicicletas a aquellos que turistas  a los que les gustaba llegar a los rincones más lejanos. Lo de poner una docena de bicis  fue una buena idea.

Hacía tiempo que cada uno llevaba por separado su soledad. Pero compartían los hijos, la casa, el trabajo… tantas cosas que ni recordaban como fue que pudieron adaptarse a este islote grande, después de vivir en pleno continente. Pero juntos llegaron y juntos resolvieron quedarse.

Hablaban lo justo, aunque no quedaba otra que hablar de algo o morirse de asco. Luego estaba la gente del pueblo, que también hablaba y mucho. No había acontecimiento grande o chico que no pasara por la boca del vecindario, que al tiempo que comentaba, terminaba añadiendo algo de su propia cosecha, novelando hasta límites insospechados.

Cuando en invierno hizo un largo viaje hasta Buenos Aires para ver a su familia. Su marido quedaba a cargo del negocio, que por esta época del año aflojaba un poco.

A la vuelta sintió en su espalda las miradas. Luego estaban las preguntas indiscretas de las vecinas. Y las puyas en forma de dardos envenenados. Que si a los hombres no se les debe dejar solos, que si ándate con cuidado Sonia, que la que parece tu amiga es la primera que te traiciona… una indirecta tras otra, que en ese momento ella no fue capaz de hilvanar.

Y seguía sintiendo un extraño malestar indefinido, lo último que cabía en su cabeza era que Raul la engañara con otra. Era el hombre más de fiar del mundo. Y menos en la isla Chiquitita, donde todo el mundo se conocía y nadie respiraba sin que lo supiera el vecino.

Pero las imprevista salidas en barco, con motivo de ir a buscar mercancías para la tienda o repuestos para las bicicletas, eran cada vez más seguidas. Por eso fue que Sonia decidió vigilarle. Revisaba los movimientos de su tarjeta y la factura del teléfono a la búsqueda de algún indicio.

Una y otra vez se arrimaba a él por la noche, para encontrarle siempre profundamente dormido. Este desprecio le dolía, tanto, que comenzó a tomar sedantes.

Era un domingo tranquilo, él planchó su camisa vaquera y salió sin dar explicaciones. La ventaja de vivir en un sitio tan escueto, es que solo hay dos o tres posibles lugares a donde ir en mitad de la noche. Así que Sonia se levantó de la cama y se dirigió a la discoteca. Les vio salir por separado y abrazarse en la oscuridad. Esperó, muy inquieta y enfadada, pero no hizo nada en ese momento, él se fue para casa y ella volvió a entrar en el local.

Sonia se dirigió hacia ella enfurecida, la zarandeó, le dijo:

-¡Me has traicionado, no te lo puedo perdonar, si yo creía que eras mi amiga! –gritaba tan iracunda que la otra le propuso salir de allí y hablar fuera, al tiempo que negaba una y otra vez.

Ya en la calle, se lanzó sobre su  melena pelirroja y tiró de ella con fuerza, al tiempo que seguía con sus improperios. Alguien acertó a verlas y por fin Sonia soltó a su presa y salió disparada para casa a encararse con el  marido, quien ante la evidencia de los hechos terminó por aceptar que sí, que quería a la  pelirrojita, que era una mujer interesante y que llevaba mucho tiempo manteniendo este amor oculto, pero ahora ya no había que fingir más.

-No quiero que vos sufras, por eso he intentado que no lo supieras. Yo también te quiero a ti. Por los chicos, lo mejor que podemos hacer es llevar esto de una forma civilizada -dicho esto se volvió hacia su lado de la cama y quedó profundamente dormido-

Sonia, que seguía portando entre sus dedos algunos de los rojos cabellos de su contrincante, no pegó un ojo. Toda la noche dado vueltas a su cabeza. El bochorno que sentía por haber sido la comidilla del pueblo le subía la ira de forma paulatina. Aquella noche tomó una decisión, y al día siguiente fue noticia de portada de todos los periódicos locales.

“La agresión se produjo este lunes por la tarde, cerca de la Iglesia. La víctima, de 40 años, fue operada de urgencias en el Hospital Doctor Marcial Betancor. Una de las puñaladas, la más grave, le alcanzó el pulmón, otra el estómago, mientras que el resto tenían un carácter más superficial. La mujer tuvo que ser operada de urgencia y, aunque su estado es grave, se encuentra fuera de peligro.  La agresora, que fue detenida inmediatamente, se encuentra ingresada en el mismo hospital, debido las lesiones que accidentalmente se produjo en su mano con el cuchillo que portaba.

Fuentes cercanas a ambas mujeres aseguran que los motivos de la pelea podría tener un origen pasional.”  

Fotografía: Kristhóval Tacoronte.

2 comentarios:

  1. A los hombres les cuenta mucho terminar una relación generalmente especulan hasta que es demasiado tarde y todo termina peor que si hubiesen animado salirse de la rutina de la vida familiar. Que si los hijos, que si la que queda sufre.. todas excusas para no afrontar el cambio.
    Buen relato Encarna!

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  2. Un tema universal. Muy bien narrado.

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