9 de enero de 2015

En la mar y sin remos

ENCARNA MORÍN-.

Unos gritos histéricos y espectaculares penetraban por la ventana, procedentes de la calle. En un primer momento supuse que sería alguna madre enfadada con su hijo, pero el tono y contenido de las voces despertaron mi curiosidad y discretamente me fui a fisgar desde lo alto, lo que estaba ocurriendo a pie de calle en la acera.

Efectivamente, se trataba de dos personas adultas, aunque una era la madre y otra, la que gritaba, era la hija. En un tono rotundo, enfadado, reiterativo y gesticulante, increpaba a su madre, una persona de edad indefinida que podría rondar la cincuentena.

La joven podría ser una adolescente de edad también imprecisa, que podría estar entre los diecisiete y los veinte años mal contados. Llevaba una melena lacia negra y muy cuidada, iba maquillada e impecablemente vestida con vaqueros a la moda y chaqueta deportiva y a su lado descansaba un bolso grandecito que hacía las veces de barrera improvisada entre madre e hija.

-¡Que no te vayas  sin responderme!  ¡Respóndeme! ¿Pero por qué no me contestas, dime por qué? ¡Y no te vayas sin contestar a mi pregunta, grandísima hija de puta!

La cabizbaja y cohibida madre, no hizo lo esperado en estas circunstancias, que era o bien salir de allí y darle la espalda o simplemente propinarle una bofetada.  Hizo amago de parar un taxi, el cual ante las increpaciones de la joven, vista la polémica y que la señora no subía, terminó por seguir su camino.

Tras la siguiente tanda de gritos en forma de monólogo, la madre dijo bajito que se iba hacia la parada de la guagua, y caminó tres precisos pasos en esa dirección para terminar retornado al ladito del bolso.

-¿A dónde crees que vas? ¡Te he dicho que contestes de una vez a mi pregunta! ¡Qué contestes, qué contestes, que contestes de una vez!- aquí los gritos aumentaron en decibelios.

- ¿Y a qué quieres que te conteste?- respondía casi en un susurro-

-¡Ya te lo he dicho mil veces! ¡Qué me digas por qué a mí me tratas distinto que a los demás, que por qué no me tienes en cuenta ni me consideras! ¡Y no te vayas dejándome así! ¡Eso es lo que haces siempre, darte la vuelta! - casi se le abalanzaba encima, a punto estuvo de arrojarse sobre su madre. En cualquier caso, la violencia verbal estaba servida.

No supe en qué terminó la trifulca, porque cerré mi ventana, al tiempo que dije en voz alta “hay mucho seguidor Hermano Mayor suelto por ahí”.

Y reflexiono a reglón seguido acerca de la serie-reality  que se emite asiduamente en televisión con este nombre. Agotados a nivel de audiencia, el Gran Hermano, los buscadores de pareja, los falsos náufragos en islas desiertas, las familias antagónicas que se intercambian a sus madres por una semana en “Cambio de familia” y hasta la súper Nany… ahora se estila además, grabar en vivo y en directo la violentas actuaciones de jóvenes que tienen unas vidas un tanto complejas. Se exhibe su violencia contra sus familiares y parientes, al tiempo que rompen todo lo que está a su alcance, insultan y agreden, casi siempre a sus progenitores, todo esto mientras una cámara les graba. Más tarde aparece el Hermano Mayor, coaching  del programa televisivo, que por arte de magia consigue domar a los que antes parecieran unos energúmenos. Con unas estrategias  y actividades, a menudo sencillas. En algún momento del guión, se deja caer que él mismo fue una vez un joven problemático, aunque nadie lo diría.

Reconozco haber visto este programa en varias ocasiones intentando aprender algo de él. Pero no hay recetas, ni fórmulas. Hay en la escena personas muy heridas que exhiben públicamente  su daño y su dolor, supongo que a cambio de dinero.

Opino que no es educativo para los jóvenes y los menores ver estas cosas, ya que se hace alarde de violencia indiscriminada, de palabras soeces, degradantes y de todo tipo de insultos ¿Cómo puede ser que una persona joven castigue a su madre, a su padre o a sus abuelos, les rompa todo lo que hay en la vivienda, les insulte, les denigre, les humille y aquí no pasa nada porque cuando se le pide ayuda al Hermano Mayor, se va a transformar en un corderito y va a llorar un rato pidiendo disculpas? ¿Y asunto resuelto? ¿Quién asegura que el asunto está resuelto en el supuesto caso de que el problema no fuera puro teatro?

Ayer no estaba la cámara bajo mi ventana, al menos yo no la vi. Era un ataque verdadero en plena calle, ante los atónitos ojos de quienes pudieran verlo y oírlo, que no se iban a sorprender tanto, porque cada semana ven algo parecido desde el sofá de su casa.

Y la gran pregunta es qué es lo que está pasando para que naturalicemos la violencia de esta manera. Ya no solo es a gran escala en los conflictos mundiales, también está en cada pequeño acontecer de la vida cotidiana. En los patios de recreo de los colegios, en las plazas públicas, a veces hasta en las colas del supermercado… pulula por todos lados.

Hay una generación de jóvenes y niños en tierra de nadie, donde las necesidades materiales han podido estar más o menos cubiertas, pero los dibujos de la tele han suplido a los cuentos de las abuelas. La violencia está también en los argumentos de las películas y en los juegos de las videoconsolas. Pese a todo, ellos buscan abrazos y aprobación desesperadamente.

Cuando, en el reality, el Hermano Mayor explora en la familia, suele encontrar unos padres que se sienten muy culpables. Lo habrán hecho bien o mal, pero no consiguen expiar la culpa de  ninguna manera, ni siquiera colmando de objetos inalcanzables las vidas de sus vástagos que van a recordarles en cada instante que ellos no están en este mundo por decisión propia, siendo por  tanto quienes le dieron la vida, los culpables de cuanto les ocurre. Toleran muy mal la frustración y se llegan a convertir en pequeños tiranos, incapaces de distinguir a veces que los golpes verbales no dejan cicatrices en la carne, pero si en el alma.

Hay también un caldo de cultivo que no ha salido de la nada. Vidas insatisfechas y vacías, muchas carencias, miedos e inseguridades. Grandes discriminaciones en un sistema que valora más las cosas que a las personas. Consumo, a veces, de todo tipo de substancias tóxicas, al alcance de la mano de cualquiera.

Pero por encima de todo eso está la pérdida progresiva de nuestra verdadera naturaleza. Los seres humanos somos naturalmente buenos, cooperativos, cercanos, amorosos… y nos gusta estar bien con los demás.

Toda esa violencia en cualquiera de sus formas es adquirida, no inherente. Quizá el tremendo gran reto educativo esté precisamente en rescatar nuestra humanidad a la deriva.

Fotografia: Kisthóval Tacoronte


2 comentarios:

  1. Anónimo11/1/15

    Todo un "reality" sin cámaras... como la TV misma... como esa "ficción" hecha "realidad".
    A veces me gusta imaginar a este mundo sin TV ni cines.. o quizás con otros contenidos, de tipo positivo, creativo.
    Conciso relato de la situación social.
    Willyermo

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  2. hay muchas formas de violencia y una de las más sutiles y feroces es la que va contra uno mismo y sale de uno mismo (digo 'uno' pero quiero decir 'una')

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