13 de marzo de 2015

Para una epistemología del discurso literario



MANUEL GAYOL MECÍAS -.

Entre las cosas más interesantes que me pasaron a la hora de realizar este libro de Viaje inverso hacia el reino de Imago, fue el hecho de percatarme, casi de descubrir, digo, que existen dos tipos de discursos diferentes para escribir ensayos.

Un discurso o manera de expresar las ideas de características puramente racionales, lógicas, que se hace presente o visible por su relación directa con el mundo corpóreo; por su interés siempre de hablar desde una perspectiva objetiva y tratando de dejar muestra y prueba concreta de lo que se quiere patentar como cierto y real; incluso por su potencialidad anecdótica de decir algo que sirva como ejemplo y verdad científica de lo que se pretende persuadir. Es decir, un discurso que persuade a través del racionalismo, que usa lo histórico, lo actual y los datos estadísticos como proceso influyente que ha sido investigado y puede llegar a conclusiones lo más cercanas posibles a una realidad de este mundo.

Este tipo de discurso (o manera de decir) es innegablemente muy válido y viene dado, por supuesto, desde los comienzos del racionalismo cartesiano (desde los siglos XVII y XVIII con René Decartes), pasando por el positivismo de principios del siglo XX y los movimientos neoescolásticos, fenomenológicos y neotomistas. Es la expresión del científico sobre un tema que tiene que ser enfocado de una manera tangible y con resultados propiamente objetivos.

El otro discurso, o manera de expresar las ideas de características puramente intuitivas, subjetivas, se hace presente por su sentir e invisibilidad, mediante una relación indirecta con el mundo tanto íntimo, psicológico, nada corpóreo, y que puede aparentar estar ausente pero no lo está. Este discurso viene a ser con el que hice este libro, y conlleva la potencialidad intuitiva, de pensamiento por aparición automática; y se encuentra íntimamente relacionado con el proceso histórico y actual del inconsciente, muy ligado a los arquetipos de Karl Gustave Jung.

El discurso intuitivo permite siempre, y desde su principio, contar con la potencialidad subjetiva que individualmente llevamos dentro desde nuestros ancestros y, generalmente, también traemos desde el origen crucial y divino del ser humano de los primeros tiempos. Lo intuitivo no solo nos evita tener problemas, sino que además nos capacita para buscar en nosotros mismos el tiempo presente con el propósito de encontrar nuestra iluminación; nos conecta con el universo (o con el Unomultiuniverso) de una forma cuántica, en la proporción de grandes saltos, estrechísimamente ligado —es nuestra conexión esencial— con la imaginación.

El discurso intuitivo, por su connotación ilimitada, proyecta siempre las características y patrones de una creación. Es como una narrativa poético-filosófica de la invención. En este tipo de discurso funciona mucho la metáfora y los símiles, y casi siempre, de alguna manera, deja entrever la existencia de canales ocultos, vasos comunicantes, coincidencias entre creadores, entre situaciones de sincronía universal que se atraen entre sí, o perciben la conexión entre unos seres y otros, entre los seres y las cosas y entre unas cosas y otras. Lo intuitivo llega así a sus propios resultados de una manera cuántica, aun sin la comprensión lógica de nuestra ciencia y tecnología domésticas, y sí a través del impulso de la intención, del aserto de que “todo lo que podamos imaginar se puede convertir en realidad”.

Es de esta Realidad (ahora con mayúscula) de la que pretende hablar este libro, en su viaje íntimo, interior, al universo de uno mismo. Una Realidad que enlaza a ambos discursos, a ambas realidades, para darnos una sola que es el conjunto de lo corpóreo individual y colectivo con lo incorpóreo también individual y colectivo.

De esta Realidad, este libro mediante la intuición (y la metafísica, ¿por qué no?) intenta descifrar o converger en los diferentes caminos que tienen los creadores, jóvenes y nuevos, con los clásicos y reconocidísimos. Y todo a través del viaje que hacemos hacia el reino de la imaginación; ese lugar que yo llamo Imago (préstamo pedido a José Lezama Lima) y al cual nos trasladamos para re-crear nuestras propias intenciones de constructores, de hacedores, de demiurgos y hasta de semidioses que pudimos ser dentro de nuestra supuesta historia humana.

Apelamos a la mística, a la mitología, a la imaginación histórica que yace oculta en los rincones más remotos de este mundo para descubrir nuestras propias relaciones con las dimensiones invisibles, aparentemente ausentes pero siempre presentes en nuestro sentir. Y es el hecho de sentir la Realidad, que me conecta (y conecta) a los escritores tratados, lo que me incitó a escribir este libro.

La Imago es así el reino de las imágenes; es el reino de todos los creadores; es el almacén que nutre a los creadores circunstanciales y a los creadores-en-Imago mismo.

OTROS ASPECTOS A TENER EN CUENTA

Por otra parte, busco los vasos comunicantes o enlaces ocultos que hacen que los caminos intelectuales de cada uno de estos escritores aquí analizados (Armando Añel, Ángel Velázquez Callejas, Rosa Marina González-Quevedo, Jorge Luis Borges, Alfredo Bioy Casares, Octavio Paz y José Lezama Lima) muestren, de alguna manera, que encuentran un humanismo en evolución, y que ese camino conduce hacia una dimensión poética que puede llegar a trascender espiritualmente.

Por estos enlaces ocultos logro encontrar que hay en todos ellos, a pesar de sus diferencias de generaciones (por las edades y épocas que conllevan cada uno) una visión con tendencia filosófica existencial, en la que todos ellos se preocupan por dar un acercamiento a las interioridades del ser y su creación.

Así nos encontramos con la Poiesis y su sentido griego de “lo poético” que puede aparecer lo mismo en una novela, como en un libro de ensayos, o en una prosa cualquiera, porque es lo que significa “creación”. Platón define en su obra El banquete el término poiesis como «la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser». Es decir, se entiende por poiesis todo proceso creativo. O sea, mi libro no trata sobre la poesía propiamente dicha, sino sobre “lo poético”, o ese proceso muy profundo que se da en cada creador, artista, escritor en múltiples formas y desde su profundo ser interior.

Tenemos entonces el ego racional, que es el proceso mental que viene desde los principios del hombre (desde su antropogénesis) y que surgió por el desarrollo de la mente humana cuando se desprende de su condición divina. Surge así el nacimiento del individuo en medio de la tribu colectiva. Ello significa un enorme avance para el ser humano desde que se desprende de su supuesta vida divina y paradisiaca.

De aquí brota el ego irracional. Y lo hace en la medida en que el ego racional evoluciona pero que también va encontrando obstáculos y regresiones muy negativas que dan paso a ese ego irracional que ya anunciamos. Bíblicamente podemos hablar de cuando, por ejemplo, Caín mata a Abel; o cuando Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo para Él; o cuando el hombre y la mujer comen la manzana, el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal. En resumen, es el desenfreno total…

Pero siempre en la oscuridad se hace una luz, y en este caso aparece el ergo proteico, un estado intermedio que puede durar un tiempo indeterminado (segundos, minutos u horas) de arrobamiento, podríamos decir: un momento de éxtasis entre el ego irracional y el racional, y entre el ego racional y el alma. Es un momento de transformación, de sublimidad hacia el alma (porque también todo de alguna manera obedece a una evolución de la materia al espíritu (esta evolución es descubierta por el sacerdote jesuita Pierre Teilhard de Chardin). El ergo proteico es un estado y al mismo tiempo energía que va siempre hacia adelante, en busca del alma, e incluso podría decir que cuando ya está en el alma, seguiría su búsqueda hacia su propio espíritu (hasta alcanzar su condición espiritual).

La evolución —tomada en préstamo de Teilhard de Chardin: antropogénesis, cosmogénesis y cristogénesis— no es biológica como lo es la darwineana exclusivamente, sino una evolución más abarcadora, que va de lo biológico a lo espiritual. Es una evolución ortogenética, finalista. La materia crea así su propia energía, y esa energía se va haciendo cada vez más fuerte, digamos, más compleja, y es lo que ayuda al ser humano a llegar a un estado más espiritual a través del alma siempre en lucha contra los dos egos, el irracional y el racional.

El ámbar simplemente es el nombre que le doy a esa energía que tanto se encuentra en el proceso de evolución (de la materia al espíritu), y es su impulsora, así como la energía que se arremolina dentro de uno en un momento determinado de su vida propiamente y crea el estado de ergo proteico, para la transformación hacia adelante.

Por último alcanzo a comprender lo que es la Realidad: dos caras, dos planos, dos dimensiones: la visible, concreta, corpórea, presente y que da lugar a los conceptos del Espacio y del Tiempo (humano) y al Mundo de las Formas (objetividad, materialismo, el Más Acá). La otra cara es la invisible, abstracta, incorpórea, aparentemente ausente (siempre presente) y que da lugar al Mundo de las No-formas y al No-Tiempo de la eternidad (subjetividad, idealismo, Más Allá o el Otro Mundo).


Ensayo publicado originalmente en Palabra Abierta - Revista y Casa Editora de Cultura Universal, el 28 de octubre de 2014. http://palabrabierta.com/

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