28 de abril de 2015

Oren por Nepal

PABLO CINGOLANI -.

Así de dura es la realidad: es evidente que no es lo mismo un sismo devastador en Chile o en Haití que el reciente y apocalíptico terremoto en Nepal.
Nepal es una pequeña y flamante república, nacida al calor de una guerra “popular y prolongada” ganada por guerrilleros maoístas contra el ejército de una monarquía podrida, de algunos siglos de historia, que cayó sin pena ni gloria, en medio de la apatía de los medios globales. Katmandú, la capital de la que oficialmente se llama la República Federal Democrática de Nepal, es una de las ciudades más contaminadas del mundo, la pobreza abrumaba al país, antes y ahora más aún con la devastación de este mega sismo que lo partió en dos como si la naturaleza le hubiera dado un hachazo.
A pesar de ello, Nepal, ubicada en el corazón de los Himalayas, posee una condición singular: es el único país de importancia –los otros dos son Sikkim y Bután, reinos enclaves perdidos en las montañas- situado entre los dos más grandes colosos del mundo actual.
Limita por el sur con la India, la potencia científica-tecnológica que más inquieta a Occidente. Limita por el norte con la China, la potencia económica-financiera que más nos irrita.
Nepal está en el centro del macizo montañoso más grande del orbe y está en el centro del centro del nuevo mundo del siglo XXI, en el centro del centro de uno de los centros duros, histórica y geopolíticamente hablando, del planeta Tierra. Los otros dos son el Atlántico Norte y la Rusia blanca.
Pero hay más. Nepal se ubica también en el centro de un imaginario muy arraigado en la cultura occidental. Oren por Nepal, la consigna que se masificó por twitter a raíz de la devastación sufrida, no es una casualidad. Sucede que en la cosmovisión occidental, dominante en el mundo entero, Nepal (con su vecino Tíbet, invadido por China en 1959) es uno, sino el más relevante, de los centros “místicos” del planeta, centro de esa espiritualidad funcional al poder más despótico y arrasador que los humanos conocemos.
Cuna del budismo y el hinduismo más puro, a sus pagodas y monjes, Nepal sumó, desde el principio, dos ingredientes “salvajes” que lo dotaron de un aura mágica, un destino manifiesto y de revelaciones para los occidentales: las drogas libres y el monte Everest, el más alto del mundo.
Los hippies pusieron a Nepal en el mapa de la modernidad. En la década del 60 del siglo pasado, se popularizó la llamada “ruta de los hippies”, una especie de recobrada ruta de la seda, y como nuevos Marco Polo (y nuevos Gurdieff), miles de jóvenes norteamericanos y europeos se lanzaron como moscas desde Turquía, atravesando el Irán del Sha –la URSS era territorio hostil- para llegar a tres destinos emblemáticos: Afganistán, Nepal e India.
Afganistán era el destino de los más osados. Allí, en Kabul, su capital, la heroína más fina y potente del universo, se vendía en las calles, sin problemas. Eso fue así hasta que los soviéticos invadieron esta tierra de pastores guerreros, y luego los rabiosos talibanes los echaron y luego para terminar de vedar el acceso a los occidentales o volverlo poco práctico por lo peligroso, vino Bin Laden, el ataque del 11S y la guerra.
A la India fueron los mismísimos Beatles, peregrinando detrás del Gurú Majarashi. Detrás de Los Beatles, fueron otra manada de músicos y artistas y millones de jóvenes, hippies y no tan hippies, ya que la India, de los tres, era el destino más suave, el que más comodidades y ventajas ofrecía a la mentalidad y actitud de los occidentales. Aún sigue siendo eso: la modalidad más sensata de sumergirse en el mundo de la espiritualidad (y el hedonismo) oriental.
Si Afganistán era el epicentro mundial de la heroína, Nepal lo fue de la marihuana, una planta que crecía libremente en todos los valles monzónicos de los Himalayas. Nepal, como Afganistán, estaba aislado, en medio de las montañas. Era fácil perderse allí, y algo de eso quedó reflejado en clásicos musicales de la época como el memorable Cry baby de la malograda Janis Joplin.
Pero los hippies pasaron, muchos, muchísimos murieron producto de las epidemias de droga que los asolaban, y otros muchos, muchísimos más, se cortaron el pelo y se pusieron a hacer plata, dinero, mucho dinero. Como los chinos y los hindúes. Muchos de ellos, de los ex hippies, de los nuevos yuppies y ramas anexas de la fauna empresarial que nace en los 80 y se multiplica hasta hoy, volvieron a poner de moda a Nepal pero esta vez por su otro magnético emblema: el monte Everest.
La escalada comercial y turística del monte Everest –de casi escalofriantes 9000 metros de altura- se convirtió no sólo en moda, sino en una de las manifestaciones más claras de la insania que perfora y blinda a los nuevos ricos del mundo. Subir al Everest, como sea, así sea llevado en andas por los sherpas, con el único objetivo de tomarse la famosa foto en el lugar más alto del mundo, se convirtió en uno de los anhelos más estimulantes para los CEOs del nuevo orden económico mundial. Uno de ellos, ya se informó, ha fallecido a causa de la súper avalancha que cayó sobre el campamento base.
Coronar la cumbre del Everest se convirtió en sinónimo de audacia –el mismo ingrediente indispensable para hacer negocios que podían devastar países enteros-, prestigio y gloria. Llegar a la cima de la montaña más alta se correspondía con las otras cimas alcanzadas en la lógica de los bisnes y la altura de los egos de quienes encaraban una faena que, antes, era sólo para un puñado de seres, heroicos y poéticos algunos de ellos, como Mallory, a quien no pienso juzgar o no juzgar aquí.
El mercado encontró la veta. No hace falta que seas ni tan osado ni tan lirico: vos ponés las rupias, yo te llevo. Pagar medio millón de dólares por una expedición, no era problema. Ellos tenían el dinero, se les caía de los bolsillos, y sobre todo los nepalíes, los primos pobres de los hindúes, estaban dispuestos a todo, con tal de quedarse con esas divisas frescas. Fueron los sherpas, los guías nativos para concretar la temeraria ascensión, los que más se opusieron a cualquier tipo de regulación que desincentivara el negocio del Everest. Tenían un argumento convincente: si se van los turistas, nos moriremos de hambre. Es el eterno drama que promueve el capitalismo: desestructura modos de vida tradicionales, corrompe y contamina a las personas creando necesidades ficticias, luego: tú no sabes vivir de otra manera si los muy cínicos no te tiran una moneda, ni se acuestan con tu hija, si no te vomitan en la puerta de tu casa que ahora tiene un cartel delante que dice: BAR. Así y todo, se sabe, los sherpas se llevan una ínfima parte del negocio global: la gran tajada es para los operadores turísticos que están en Nueva York o en Sydney.
Fue así que el Everest, otrora montaña sagrada para budistas e hinduistas, se volvió un gigantesco basurero y un inverosímil cementerio, ya que con el auge de la escalada comercial, se multiplicaron las muertes por accidentes de manera dramática. Como siempre, los primeros relatos de lo que empezaba a suceder en el Everest, escandalizaban y causaban noticia. Luego, como todo en este mundo despiadado e híper veloz, se normalizó. Ya pocos hablan de los cadáveres que nadie recoge de los hielos, ni de las toneladas de porquerías que dejan atrás los nuevos montañistas, a los cuales el misticismo y la espiritualidad de la montaña les importan un carajo.
Cuando los continentes empezaron a separarse de sus núcleos originales, lo que hoy conocemos como el Subcontinente Indio (la India propiamente dicha, Pakistán, Bangladesh y una parte de Nepal) era parte de la Antártida, y setenta millones de años atrás, se desprendió de ella y empezó a mover en dirección a Asia, a lo que hoy es el Tíbet y el resto del centro del continente.
Cuarenta millones de años atrás, ese pedazo de la Antártida terminó de atravesar el océano y colisionó con Asia pero deslizándose por debajo de sus orillas. Este cataclismo colosal, fue lo que alzó a los macizos montañosos más alto de todo el orbe: el Himalaya y el Karakorum, donde está el K2, la segunda montaña más elevada después del Everest.
Esta colisión alucinante nunca ha cesado de producirse, la India sigue avanzando hacia el corazón de Asia y en el centro del centro de ese avance, de esa colisión permanente, de esa violencia geológica perpetua, está Nepal.
De allí, el terremoto que acaba de devastarlo, y que seguirán produciéndose, como en la costa del Pacífico americano, otro de los sitios del mundo donde la geología sigue viva.
Signo de los tiempos, los primeros testimonios de la catástrofe no vinieron de las miles de víctimas de Katmandú –que son pobres y mueren como siempre, desolados y olvidados, con sismos o sin sismos-, sino que vinieron de los escaladores, de los cientos, miles, que se hallaban al momento del terremoto ascendiendo o esperando ascender al Everest.
Las descripciones de las avalanchas de nieve y hielo que se precipitaron montaña abajo producto del movimiento descontrolado de la corteza terrestre son apocalípticas, estremecedoras. Algunos hablaron de “un mensaje de la montaña”, de que la montaña “no quiere ser subida”.
Cuando arreciaron las muertes por efecto de la mercantilización de la subida al Everest, se armó un tibio debate entre los defensores de la pureza de la escalada y los otros, los que insistían que eso, subir a la montaña más alta del mundo, era simplemente un negocio. Vos pagabas, vos subías.
Lo más atrevido que se animaron a proponer los puristas fue que se prohibiera el uso de oxigeno extra, y que ello desanimaría a la mayoría. A nadie se le ocurrió reflexionar sobre el hecho mismo de sí la cumbre de la Diosa Madre del Mundo[1] debía seguir siendo profanada. Desde ya, no sólo no se aprobó ninguna prohibición, sino que, hoy por hoy, la trepada se ha estandarizado, y con unos 80 mil dólares, pagas, subes y te tomas la bendita foto. 60.000 personas intentan hacer cumbre por año, unas 700.000 pululan temporalmente el campamento base, cuyo camino de aproximación, se ha poblado de cibercafés y de cantinas. La deforestación del lugar es evidente. El motivo: los turistas quieren bañarse y los arboles proveen la leña que sirve para calentarles el agua.
Hasta hoy que escribo este texto, se ha informado que 18 escaladores habían muerto en el Everest, producto de los deslizamientos de hielo. Otras fuentes ya hablan de más de 200 escaladores y turistas desaparecidos. Oren por ellos y por todas las victimas desconocidas del terremoto. Oren por Nepal. Oren también para que la locura de ese mundo post industrial, que está empeñado en terminar la tarea de desacralizar y desencantar la Tierra, amaine o cese, se esfume o se pierda, caiga dentro de una grieta, y se olvide para siempre.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 27 de abril de 2015


[1] Esa es la traducción de los nombres originarios de la montaña. Chomolungma para los tibetanos y Sagarmatha para los nepalíes. Everest es el nombre impuesto por el colonialismo inglés en el siglo XIX.

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