18 de junio de 2015

Esquela de ausencia

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

El reciente domingo volví al cementerio de la isla de Manga a visitar a mis muertos. Algo ocurría. La policía, en la calle sin aguas negras empozadas, revisaba Hondas y Yamahas. La florista, Felipa, en la puerta, parecía haber espantado a un muerto enamorado, y ahora lucía un corte nuevo en su cabeza cana, la piel oscura de un brillo sin cansancio, y su sonrisa otra vez joven y esperanzada.

La luz del Caribe, a esa hora esplendente, quieta, lámina sin ruido, no dañaba la bella invisibilidad de mi madre, la sombra sin rechazo de su ausencia.

Al entrar, entre el portal y el sendero principal, un desnivel del piso lo resuelve la mitad del tronco de un árbol aserrado. Está allí por años, después de la caída de tantas cajas funerarias por el tropiezo de los cargadores. La madera está pulida por los pasos a los cuales el dolor los hace más pesados.

El cementerio volvía a estar limpio. La maleza cortada, los árboles podados, y los caminos despejados por la escoba. Estadígrafo de tumbas, pude contarlas esta vez. Pocos pájaros celebraban la conservación hecha por el municipio, sencilla, humilde, rescatado del abandono de ese mal invento de trasladar lo público a la explotación privada que por lo general arruina.

En una dimensión reducida recordaba el de La Habana confiado a la santa Amelia.

El de Cartagena de Indias quedó incrustado entre viviendas, como un signo de urbanización de muertos. Sería amable con los difuntos comprar la tierra de los alrededores y hacer un parque con escaños y bongas y puestos de flores y buzones de correo para el infinito del recuerdo.

Me gusta hablar con mi madre y sentir cómo su silencio risueño me dice otra vez que toda pregunta verdadera se la hace uno a uno mismo. Ese adentro de uno donde sé que ella está y se continúa. Lo mejor de la muerte es que todo lo innecesario sobra.

Entonces, en la claridad sin viento, veo sus pañoletas entre las ventiscas de arena en el malecón del casi demolido Cabrero. Allí nos llevaba al paseo de la tarde, tomados de sus manos con una sortija de aguamarina que debe conservar alguna de sus hijas, hasta la punta donde crecían los tejidos de verdolaga y los matojos de mangle entre los cuales crecían los caracoles.

En este campo santo cuidado, sin ratas ni borrachos enredados en la guardarraya de la vida, veo a mi madre, aún joven. Es el tiempo de la muerte que el reloj de la memoria de los vivos desconoce.

Le digo que me vuelve complejo el tiempo, abandona su carril. A ella no le importa la historia. Puede recorrer su infancia en medio de naranjos paridos de amarillo y el ruido nocturno de los mameyes sembrándose solos. El cobre fibroso de su pulpa y la cáscara de arcilla en la tierra insaciable que guarda porque el aire transparenta secretos. Vocación de cangrejo la de la vida. Tierra eres.

Allí te miro madre, en las llanuras de la eternidad, donde se conmuere con cuánto se vivió.

1 comentario:

  1. Uno de los escritos más hermosos y emotivos que he leído en mi vida.

    Gracias, Roberto.

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